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ARAGÓN

“Me importa más a cuánto están el trigo o la alfalfa que el Trump”

El escritor y periodista Arturo San Agustín rinde homenaje a Aragón, la tierra de sus padres y abuelos, con 'Pluma de buitre', una singular novela

“Hace un tiempo me gritaron por la calle en Barcelona: '¡Puma!¡Puma!'. Querían decir “puto maño”. Su intención era insultarme por mis orígenes, lo cual para mí no es motivo para ello”

“Al aragonés le ha faltado dar una puñetazo en la mesa, algo que no ha hecho porque considera que llamar la atención es de fantoches”

El escritor y periodista Arturo San Agustín.

El escritor y periodista Arturo San Agustín. Agustí Carbonell

A Arturo San Agustín (Barcelona, 1949) le ha dado por escuchar por la radio las cotizaciones agrícolas. Le interesan más que lo que ocurre en Washington o Londres. "Me dicen que cada día estoy más loco", ríe al otro lado del teléfono. El veterano periodista, firma habitual de La Vanguardia, ha publicado este año la novela Pluma de buitre (Los libros del Gato Negro), una ficción que rinde homenaje a Aragón, sus paisajes y sus gentes. Un libro “singular” – cumpliendo el encargo que le hizo Laboderta- en el que se mezclan la crónica familiar, los apuntes periodísticos y el realismo mágico, todo ello aderezado con toques de western.

Esta novela surge de una dedicatoria que te hizo José Antonio Labordeta en un libro: "Para que este barcelonés redescubra su viejo país".

La primera vez que entrevisté a Labordeta, con motivo de un libro que acababa de publicar, le pedí que me dedicara mi ejemplar antes de empezar a hacer las preguntas, no fuera que luego se arrepintiera... Cuando le dije mis apellidos para la dedicatoria, exclamó: “¡Tú eres de aquellas tierras!”. Sí, mis padres y mis abuelos nacieron en Riglos. Entonces me dijo: Tienes que escribir un libro sobre tu viejo país”, un libro “singular”. “Tú ya me entenderás cuando lo empieces a escribir”, me respondió cuando le pregunté qué significaba aquello. Así, cada vez que nos veíamos en Barcelona, me preguntaba cómo llevaba el libro... Y este, posiblemente, sea el único libro que he tenido no solo ganas, sino necesidad de escribir. Además, quería que me lo editaran en Zaragoza, algo que conseguí gracias a Los Libros del Gato Negro.

“Nadie es de ningún lugar, pero a algunos hijos y nietos de emigrantes, cuando tienen graves problemas o la edad les obliga a consultar el reloj, creen que son del lugar donde nacieron sus padres y abuelos”, escribes en la novela.  

Nací en Barcelona. No he tenido grandes problemas por no ser independentista, pero en Catalunya hay un régimen: si participas, tienes acceso a los medios de comunicación públicos; si no participas, como yo, no tienes acceso. No diría que estoy desesperado, pero sí preocupado, porque en el resto de España no se es consciente de lo que se ha consentido: Pujol hizo lo que le dio la gana durante más de veinte años. Nadie me empuja fuera, pero tampoco lo necesitan para hacerte ver que no formas parte de algo que ni te planteabas. Así, puedes cometer el error de idealizar el pasado, mis orígenes en Aragon. Pero lo cierto es que los genes tiran, y a medida que te haces mayor, ves las cosas de forma más nítida: ahora veo el paisaje de Aragón como algo mío. En cualquier caso, un aragonés no es inmigrante en Catalunya, como algunos tratan de fijar en el lenguaje, porque de momento todos tenemos el mismo pasaporte. Sobre esto, una anécdota: hace un tiempo me gritaron por la calle en Barcelona: “¡Puma!¡Puma!”. No lo entendía, así que indagué y me enteré de que querían decir “Puto maño”. Su intención era insultarme por mis orígenes, lo cual para mí no es motivo para ello. No idealizo Aragón, es un sentimiento que tengo: es un lugar donde estoy en mi casa; va más allá de la política.

Y en Aragón, Riglos.

Allí conocí la libertad. Veía los agujeros en las puertas de las casas, y se reían de mí porque no sabía que aquello eran las gateras. Entonces supe que había un animal que había conseguido que se le abriera un orificio por el que podía entrar y salir cuando le daba la gana. Aquello no era una gatera: era una declaración de principios. Allí también vi los buitres, un animal denostado pero que ha sido beneficioso para el hombre y la naturaleza.

La familia es un elemento central de la novela. El padre de tu alter ego en el libro dice: “Para mí, perder es aceptar que con buenas maneras nunca se gana una causa justa. Y las buenas maneras son las únicas que me han interesado siempre”.

Mi padre las pasó canutas, porque fue un anarquista blanco, nunca cogió un arma ni quiso enfrentarse a nadie con violencia. No fue un hombre amargado, pero sí muy serio. Labordeta me ayudó a entender a mi padre, y ese carácter austero de Huesca.

De Riglos y de tu historia familiar sacas una poderosa imagen: “Un apeadero ferroviario sugiere más historias que una estación. La estación, en las grandes ciudades, es una aglomeración. El apeadero, en los pueblos pequeños, es una vida humana”.

Las estaciones de tren son un material literario de primer orden. Siempre me han entristecido, en contraposición a los aeropuertos, que me daban la felicidad. El tren era sinónimo de gente que se iba por necesidad; el avión, de gente que viajaba por gusto. La estación es un ir y venir constante, pero en el apeadero ves clarísimas las historias: si no hay nadie, porque notas su ausencia, y si lo hay, porque intuyes su vida completa. Los apeaderos tienen un atractivo brutal, y el tren de antes, cuando se viajaba y no se llegaba, como ocurre ahora, también. Además, mi familia era de ferroviarios.

La referencias a las películas del Oeste son una constante en Pluma de buitre.

De crío los mallos de Riglos me parecían un escenario del Oeste. Pero de este género también me fascina que encierra un canto a la amistad, a la belleza de los espacios abiertos... Era algo que también veía reflejado en Riglos.

Escribes: “En España solo en Madrid pasan cosas. Por Aragón no pasan ni los trenes” y “ojalá, sí, esta vez sí, Aragón abandone definitivamente el victimismo y la nostalgia y pase a la acción”.  

Esto de los trenes lo decía un tío mío que se fue a vivir a Madrid; tenía un ojo de cada color, impresionaba mucho. Mi madre, cuando le tocaban Aragón, se enfadaba mucho: había idealizado su tierra tras años en Barcelona. Sobre el victimismo, el aragonés que se ha quedado a vivir en Aragón no lo es, porque no se ha quejado. El aragonés, más antes que ahora, es muy prudente, nada fantasma. Como no ha sido comerciante, ese tipo de gente que te quiere joder la cartera, no ha sido ni de presumir ni de salir en las fotografías; van directos a las cosas: cuando tienen razón, te lo sueltan a la cara, y eso achanta al que está enfrente. Al aragonés le ha faltado dar una puñetazo en la mesa, algo que no ha hecho porque considera que llamar la atención es de fantoches.

Hablas, y mucho, de la despoblación. Pero también de cierta forma de entender lo rural: “Y luego están esos otros que cuando les da por regresar al pueblo de sus padres quieren que todo esté como hace cincuenta años. Todo muy bonito, pero aquello era duro, muy duro”.

Para ser sinceros, esa idea de querer que el pueblo esté idílico la tenemos todos, pero si lo reflexionas un poco, te das cuenta de que es imposible que esté como cuando yo tenía dos años y a la vez no padecer las incomodidades que significaban los tiempos de mis abuelos. La vida era durísima entonces. El individuo urbanita llega y se queja de las campanas, los gallos... ¡Si le molesta eso, quédese en la ciudad! Es una manera de pensar injusta: queremos que el tiempo se paralice para nuestro disfrute.

Citas a tres personajes aragoneses poco conocidos fuera de Aragón: Ramón Acín, Félix de Azara y Ángel Alcalá.

Y hay muchos más. En España, en general, para ser valorado había que irse a Madrid, y Madrid hacía suyos a estos grandes personajes. En Aragón están Goya y Buñuel, dos figuras a las que se debe buena parte de la imagen de España. Pero me gustaría destacar a Ramón Acín: para mí, es el verdadero García Lorca. Me refiero al personaje que se ha construido en torno al poeta que fue Lorca. Acín fue polifacético: profesor, escritor, pintor... ¿Qué pasó? Que era anarquista. Así que el Partido Comunista de España, al que se debe el encumbramiento de figuras como Lorca, no lo ensalzó como icono. Acín empieza a ser descubierto ahora, aunque Aragón tampoco ha hecho todo lo necesario para que sea conocido.

Afloran en Pluma de buitre las heridas sin cerrar de la Guerra Civil, y dices al respecto: “El miedo y el odio en los pueblos duran más que en las ciudades”.

Es algo que he vivido en mi familia, cosas de las que no se hablaba. La mayor parte de los asesinatos y  de la represión no fueron por ideología, sino por rencillas personales de otro tipo. Esto en los pueblos se hacía más grande que en las capitales. Y cuando paseas por ellos, hoy, sabes quién es hijo o nieto de la gente que protagonizó aquello.

En el libro hay también un pequeño alegato a favor de la prensa local y el valor de las cosas del campo.

Los medios locales cuentan las historias que todos queremos leer. Si los periódicos mueren, será porque no contamos historias. Eso exige tiempo, inversión... No es un reproche, es una simple reflexión. En los medios locales están las cosas reales. Ahora me ha dado por escuchar en la radio programas sobre agricultura: no entiendo nada, pero me encanta saber a cuánto está el saco de trigo, la tonelada de alfalfa, el lechón... Me importa esto más que el Trump, y eso que nos jugamos mucho con este tipo y con el otro payaso inglés. Los que vivimos en las ciudades desconocemos la realidad del campo, pero es muy importante: es lo que comemos. Algún amigo, cuando se lo explico, me dice que cada día estoy más loco...

En un pasaje de la novela, al protagonista se le aparece el fantasma de un antiguo soldado: “Sin una guerra carlista España no puede existir”. 

De momento, tristemente creo que continúa siendo así. Parte del independentismo catalán no se explica sin el carlismo. He conocido a algún carlista que cuando le dices esto se enfada: “¡Eh, nosotros somos gente seria!”.

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