Mujeres de ciencias y leyes: el legado de un centenar de científicas aragonesas en los siglos XIX y XX

Portada de ‘Mujeres de ciencias y leyes. Especialistas de la realidad’

Candela Canales


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María de la Concepción Diego Rosel nació en 1902 en Monzón, Huesca, y estudió bachiller en el instituto de Zaragoza, donde se graduó en 1919. Ese mismo año cursó el preparatorio de la licenciatura de Medicina y entre 1920 y 1926 llevó a cabo sus estudios, convirtiéndose en la primera mujer que logró culminar Medicina en la Universidad de Zaragoza. Entre 1896 y 1919 solo cinco mujeres iniciaron la carrera de Medicina en la capital Zaragoza y Rosel fue la única que logró terminarla. 

“La carrera de Medicina, pese a ser poco preferida por estudiantes españolas al principio del siglo XX, en Aragón fue una de las que más brillantes alumnas y profesionales formó”, expone Magdalena Lasala en su libro ‘Mujeres de ciencias y leyes. Especialistas de la realidad’. Aunque la Medicina y la Farmacia fueron muy demandadas por las mujeres del siglo XIX, no fue hasta la segunda parte del siglo XX hasta que todas las ramas médicas fueron de libre acceso profesional para las tituladas. 

Sin embargo, llegar a estudiar carreras científicas no era algo sencillo, “había profesiones admitidas para una mujer como la de maestras o los cuidados, pero las que querían recibir una formación superior eran consideradas raras porque la educación femenina estaba dirigida a ser buena esposa, madre y ama de casa”, expone Lasala. 

Las mujeres no pudieron estudiar formación superior sin necesidad de autorización previa hasta 1910, cuando se aprobaron dos decretos que permitieron el libre acceso de las mujeres a los estudios superiores y su profesionalización, es decir, se les permitía ejercer las titulaciones obtenidas. “Las mujeres iniciaron un camino ya sin retorno ya decididas a optar a profesiones superiores y por tanto a su emancipación a través de sus titulaciones universitarias. Un camino que como sabemos se vio interrumpido por la Guerra civil y posguerra españolas, hasta prácticamente los años 70”, recoge Lasala en el libro. 

1910 también fue determinante para la incorporación de las mujeres a los estudios jurídicos, la carrera que abría las puertas a la vida política. A principios del siglo XX, la mujer en España tenía prohibido el ejercicio de la abogacía puesto que aún se consideraba vigente el cuerpo legal de Las Partidas de Alfonso X El Sabio (1256) en concreto la que expresa: “Ninguna mujer cuanto quiera que sea sabedora, no puede ser abogado en juicio por otro”.

En el siglo XIX sucesivas leyes permitieron a la mujer acercarse al Derecho, primero como oyentes en la universidad y después obtener el título. Hasta que el 8 de marzo de 1910 se aprobó la Real Orden que permitía a las mujeres de forma expresa la matriculación oficial en igualdad con los varones en todos los establecimientos docentes, sólo cinco mujeres en toda España habían iniciado estudios de Derecho, ninguna de ellas se había licenciado en esa carrera.

La Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza, único centro universitario en Aragón donde se impartía esta licenciatura, tuvo a su primera licenciada en 1929, Sara Maynar Escanilla, “una mente brillante que abandonó el ejercicio jurídico por ver seguramente restringidas sus posibilidades como mujer en una época de grandes limitaciones para el desarrollo de lo que hubiera sido una brillante jurista”, se cuenta en el libro. 

“A lo largo de los años 30 las mujeres eran todavía minoría entre los estudiantes de Ciencias experimentales pero estaba quedando de profundo manifiesto la capacidad y el talento femenino también para las carreras científicas, si se comprueba la lista de premios extraordinarios y expedientes sobresalientes que realizaron muchísimas de ellas”, expone Lasala en su publicación. 

Sin embargo, la Guerra Civil y la posguerra “truncaron la rapidísima incorporación de las mujeres a los estudios científicos”, cuenta Lasala, que reivindica, entre otras, la figura de Silveria Fañanás, la mujer y colaboradora de Santiago Ramón y Cajal. Fañanás era su asistente de laboratorio y, gracias a su manejo de la técnica fotográfica, se pudieron divulgar los descubrimientos científicos de los investigadores. “Silveria fue la colaboradora esencial de su marido en los trabajos fotográficos donde se apoyaba su experimentación científica. Ella trabajaba sobre todo en el desarrollo de las placas fotográficas con la técnica del colodión húmedo y lo hacía en el laboratorio fotográfico que montaron en el granero de su casa”, relata Lasala. 

La Universidad de Zaragoza, destino de científicas 

Hay que esperar casi al final del siglo XX para el pleno acceso de las mujeres a todas las ramas científicas del saber, y al siglo XXI para su definitiva incorporación al ejercicio profesional de sus estudios en toda España, también en Aragón. Sin embargo, la comunidad tenía una característica crucial: el alto analfabetismo de mujeres en el ámbito rural, predominante en todo el territorio aragonés, y la propia dispersión territorial. 

La Universidad de Zaragoza fue destino principal de muchas futuras científicas, pues era una de las tres universidades españolas que contaba con sección de Exactas y de las pocas con Facultad de Ciencias. En Zaragoza podía cursarse Magisterio, Filosofía y Letras, con las ramas de Geografía e Historia, Derecho, Medicina, Ciencias Químicas (incluyendo Sección de Exactas) y la titulación de Matrona. El decreto de 1882 autorizó a ampliar los estudios de Ciencias hasta completar la Licenciatura de Físico-Químicas. 

Los estudios de Ciencias experimentales en la Universidad de Zaragoza habían comenzado en 1874, todavía con limitaciones, aunque no fue hasta 1919 cuando una mujer se licenció en Químicas en su Facultad, Donaciana Cano Iriarte, que había sido también su primera estudiante de Ciencias. 

Andrea Casamayor, autora del primer manual científico escrito por una mujer en 1738 abandera un proyecto en el que se encuentran otras mujeres que abrieron camino, como Angela García, primera catedrática de física en Instituto en España como número uno de su oposición o Donaciana Cano, primera licenciada en Químicas en 1919 y primera alumna de la Facultad de Ciencias de Zaragoza. Cano pronunció en 1916 el discurso inaugural del Ateneo Científico Escolar de la capital aragonesa sobre la ‘Formación científica de la mujer’ ante un auditorio totalmente masculino.

Pero hay muchas pioneras más, como Antonia Zorraquino, primera doctora aragonesa en Ciencias (1925), Blanca Catalán, primera botánica de España en 1879, Irene Monroset, farmacéutica oscense, natural de Fonz, y descubridora de la mercromina o Martina Bescós, la primera mujer cardióloga en España. Su biografía junto a otras, hasta casi un centenar, forman parte de este tercer trabajo de investigación que devuelve a estas profesionales el lugar en la Historia que les corresponde. 

Estos son algunos de los ejemplos de las cien mujeres científicas que Magdalena Lasala ha recogido en ‘Mujeres de ciencias y leyes. Especialistas de la realidad’, el tercer volumen de ‘Legados de mujeres aragonesas del siglo XIX y XX’, que reseña en ocho capítulos la vida de casi cien mujeres aragonesas dedicadas a la ciencia en el siglo XIX y XX. Se trata de un proyecto ambicioso que comenzó con las escritoras y periodistas de la época; continuó con docentes y maestras, y llega ahora al ámbito de la ciencia con vocación de continuar a largo plazo con compositoras, pintoras, actrices, empresarias y deportistas.

El catálogo lo componen científicas, geógrafas, físicas, médicas, abogadas, investigadoras, farmacéuticas, mujeres, en definitiva, que exploraron nuevas rutas del conocimiento, rompiendo las limitaciones de su época, que no fueron pocas. “En el siglo XIX se decía que la mujer no tenía el cerebro capacitado para la ciencia y hasta 1910 las mujeres no tuvieron libertad para ejercer profesionalmente como científicas”, expone Lasala. Las primeras tuvieron que demostrar su valía en campos de conocimiento que se consideraban propios de hombres, conquistando espacios médicos, jurídicos y tecnológicos.

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