Encontrar
Parece que todo el mundo trata de encontrarse. No hace mucho nos bombardeaban con el FOMO. Con esa ansiedad que la sociedad del panóptico y la hipervelocidad hacía nacer en nuestros cerebros al temer que nos estuviéramos perdiendo algo. Que no estábamos en el lugar en el que teníamos que estar. Que estábamos sin la compañía, la ropa, la música o los libros con los que teníamos que estar. Era un miedo a sentirse desubicado. A no encontrarse.
Como casi todo es pendular si uno no se controla, del FOMO hemos pasado al JOMO. Al placer de no asistir a las fiestas a las que nos invitan. De convertirse un poco en un monje cartujo. Se trataría de encontrarse a uno mismo de otra manera. El JOMO se canaliza, sobre todo, reduciendo nuestra adicción tecnológica. Especialmente nuestra adicción a las redes sociales.
Esta semana pasada el escritor Jacobo Bergareche nos anunciaba que llegaba la época de su veraniego retiro digital. Anunciar que no estarás me temo que es una forma un tanto retorcida de pedir a los demás que no se olviden de que estás. De recordar que estás en algún sitio. De pedir que te encuentren.
Luego está la modalidad ‘franja horaria’. Como cuando tuvimos que pasar en la pandemia el confinamiento domiciliario por las noches. Mi amigo Luis practica esta desintoxicación. El otro día descubrí que otro amigo, que también se llama Luis (quizás vaya en el nombre), la practicaba igualmente. Habíamos salido unos cuantos a tomar algo y se acordó de que tenía que apagar el móvil. “Anda –le dije–, haz hoy una excepción; no te vayas a pasar con las cervezas y luego no te encontremos...”.
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