Saldos aragonesistas
El presidente Azcón quiere reforzar en el PP la filosofía y la línea política aragonesista. Por eso ha fichado sí o sí al presidente del Partido Aragonés (Par), Alberto Izquierdo. Una idea, solo es una conjetura, que se le podría haber ocurrido a algún sagaz ex presidente del Par con la que se pretende disimular políticamente la liquidación del partido aragonesista de centroderecha que fundara entre otros Hipólito Gómez de las Roces en 1978 y que llegó a sumar 19 diputados en las Cortes de Aragón en 1987.
En la liquidación se incluyen escisiones, deudas económicas y la desaparición del Parlamento autonómico. De cara a las elecciones locales del año que viene, en la liquidación también se valora, no sin riesgos, el activo de 90 alcaldes y alcaldesas sobre todo en pequeños municipios, especialmente en la provincia de Teruel.
Un apunte histórico. Antes de que naciera el Par, Gómez de las Roces se presentó a las primeras elecciones generales, las de 1977, por la Candidatura Aragonesa Independiente de Centro (CAIC). Salió elegido diputado por Zaragoza. La prioridad del que había sido hasta entonces presidente de la Diputación Provincial de Zaragoza no fue inicialmente la autonomía sino una mancomunidad de las tres diputaciones. La CAIC no apoyó oficialmente ni participó en la multitudinaria manifestación por la autonomía del 23 de abril de 1978.
Hablando de aragonesismo, otro apunte al hilo del futuro del Centro Aragonés de la calle Joaquín Costa de Barcelona, obra del arquitecto Miguel Ángel Navarro a principios del siglo XX. Cataluña, además de ser el principal destino de la emigración aragonesa durante ese siglo y también el principal mercado de nuestros productos, fue en buena medida el origen de la conciencia aragonesista.
Gaspar Torrente, nacido en Campo, fue el referente más destacado del aragonesismo político durante esos años. Pequeño empresario, periodista y promotor de la Unión Aragonesista, fue uno de los protagonistas del frustrado anteproyecto de Estatuto de Autonomía aprobado en Caspe en 1936, pocos días antes de que estallara la guerra civil, hace ya 90 años.
No fue el único anteproyecto que se movió al final de la II República. Sectores conservadores, tradicionales y académicos, promovieron otro anteproyecto de Estatuto de Autonomía de Aragón, el conocido como “Estatuto de los Cinco Notables”. En todo caso, lo que quiero subrayar es que el sentimiento aragonesista y autonomista está indisolublemente conectado con la emigración aragonesa a Cataluña, ese potencial humano que, en palabras del presidente de la Generalitat, Salvador Illa, “contribuyó a que Cataluña alcanzara las cotas de prosperidad de las que hoy disfruta”.
Al debatir sobre el futuro del Centro Aragonés de Barcelona (hubo otros como el de la calle Canuda y muy posteriormente el de Sarriá pero ninguno con el simbolismo del de la calle Joaquín Costa), estamos debatiendo sobre un patrimonio sentimental para los que fuimos a trabajar o a estudiar hace ya cinco o seis décadas. Fue un un espacio de acogida y de ebullición para todos los grandes debates y movilizaciones de la transición (la emigración, la despoblación, las centrales nucleares, la General Motors, el trasvase, los regadíos, los cantautores que estaban como en su casa, el apoyo al periódico Andalán…).
No se trata solo de recuperar cubiertas y fachadas, y de generar ingresos a través de elevados alquileres para poder mantener el edificio. Se trata también, y probablemente ese ha sido el desencadenante de la dimisión de la junta directiva, de respetar y de no arrinconar la memoria histórica y cultural del aragonesismo, de la emigración y de la integración en Cataluña.
Además de tener un flujo económico de más de 18.000 millones de euros, las dos comunidades compartimos proyectos y 350 kilómetros de vecindad y de lengua común en el Aragón oriental, desde la Ribagorza hasta el Matarraña.
Este patrimonio identitario y sentimental es mucho más trascendente que un fichaje muy a la baja del presidente de un partido aragonesista del que lo que más se recuerda es la expresión “Aragón va de cojón”. Lo de Izquierdo recuerda al capitán que se baja del barco que está naufragando y desde el bote salvavidas les dice a los suyos: ¡Sálvese el que pueda!
¿Qué ha quedado del patrimonio de ilusión y de entusiasmo por recuperar Aragón de los primeros años de la autonomía y de las movilizaciones de los 90?
La noche de San Juan, en algunas playas del Mediterráneo los vecinos aguardan expectantes a que lleguen las 12 de la noche para bañarse en el mar y pedir un deseo. Como si fueran las campanadas que preceden al Año Nuevo pero con agua salada en vez de uvas.
Es una tradición pagana de purificación acompañada de hogueras, en la que se comparte comida y bebida en las playas y en las calles, que, cual paradoja, coincide en Aragón con un Gobierno de coalición en el que uno de los dos partidos ni es autonomista ni quiere oír hablar de memoria histórica. Atentos al futuro que les puede esperar a museos como el de la Guerra Civil de Teruel o el del ferrocarril Canfranc-Casetas-Caminreal.
Para despedir el curso, le deseo al presidente Azcón que tenga un buen viaje marketiniano hacia el aragonesismo acompañado del vicepresidente copiloto de Vox, obsesionado este último con deshumanizar a los menores migrantes, desobedecer al Papa y negar el cambio climático.
A los ciudadanos en general les deseo que disfruten de las vacaciones, y que el que pueda hacer que haga. Que haga todo lo posible para escuchar a los otros, para favorecer la distensión, para desactivar la ira y el odio y para cuidar la convivencia. Hasta la vuelta, conmocionado por la tragedia de Venezuela. Ante esa catástrofe humanitaria, todo lo demás resulta insignificante.
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