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ARAGÓN

Palabras nuevas

"La realidad de la vida te enseña que uno más no siempre es dos y que dos más dos tampoco tiene porque ser cuatro y que en la ecuación de la vida casi nada sale como nosotros habíamos soñado, dibujado, pensado o imaginado"

De niños aprendemos a sumar y pronto sabemos que uno más uno es dos y que dos más dos son cuatro y así sucesivamente. Luego nos hacemos mayores y entendemos que en ocasiones uno más uno no es dos, porque en cuanto esa suma la trasladamos al género humano, pronto comprendemos que uno más uno no es siempre dos, que uno más uno en ocasiones es uno y que en otras es gélidamente cero. Pero eso lo percibimos en la vida cuando ya no podemos olvidar las sumas de nuestra infancia, porque de forma reiterada hemos asumido que uno más uno es dos. 

En estos días de pactos -más bien diría de foto fija polaroid donde los pactos son solo el escaparate para que unos muestren su fortaleza política y otros intenten disimular su debilidad- no estaría de más que alguien les explicara que, aunque las matemáticas de nuestra infancia sean tozudas, la realidad de la vida te enseña que uno más no siempre es dos y que dos más dos tampoco tiene porque ser cuatro y que en la ecuación de la vida casi nada sale como nosotros habíamos soñado, dibujado, pensado o imaginado.

Hay tantas voces sobre nuestro actual escenario político, tanta escenificación forzada y gratuita, tanto discurso lleno de lugares comunes y frases manidas, tanto odio y desprecio, tanta humillación y tantas ganas de venganza y de sometimiento, que no solo andamos dando portazos a nuestro futuro más inmediato, sino que en esa suma tozuda y forzada algunos siguen pensando que uno más uno es dos, sin entender que en la aritmética humana los números son aún más caprichosos que el azar. Y casi tan endiabladamente perversos como una tormenta perfecta en alta mar.

Ya no reconozco ciertas palabras que me invitan a pensar que tendremos que repensarlo casi todo, desde el mismo instante en el que aceptamos que el fin justifica los medios y que para alcanzar un destino poco importa el cómo o el por qué, viejas interrogaciones a las que ya nadie quiere contestar. Ayer, en el cierre de la sesión de investidura, Adriana Lastra terminó evocando unos versos de Ángel González, que dicen más o menos: “necesitamos palabras nuevas para estos tiempos nuevos y habrá que encontrarlas”. No creo que sea solo un problema de palabras, que también lo es y que ayer y anteayer todos pudimos constatar ante discursos de odio, de falso patriotismo, de esperpéntica visión de la realidad y de la más absoluta negación de las posibles razones del contrario, el problema, además de cómo usamos y nos referimos a las palabras, es de estancamiento, de posturas tan enrocadas cada cual en su pequeño fango ideológico, que sin duda es más fácil e infinitamente más simple aferrarse al viejo algoritmo de que uno más uno es siempre dos, que intentar descubrir nuevas palabras, nuevas conductas que nos permitan renombrarnos en nuestras generosidad de seres humanos con futuro y de futuro.

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