La ermita del siglo XVII en la que se fabrican los materiales del futuro

Los investigadores desarrollan biomateriales y bioestructuras a partir de tejidos vegetales.

Isabel Traver


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En la ermita de Aguaviva hace años que ya no se escuchan oraciones de culto ni los feligreses llegan en romería para venerar a Santa Bárbara, a quien debe su nombre. Sin embargo, cada día desde hace más de dos años este pequeño templo abre sus puertas con un propósito renovado, el de servir de laboratorio a ocho jóvenes que investigan sobre el desarrollo y aplicación de nuevos materiales basados en tejidos vegetales.

Son biólogos, diseñadores, químicos e ingenieros que trabajan en Aguaviva y residen en la propia localidad turolense o en municipios colindantes. Desarrollan su actividad con un doble propósito: demostrar que los materiales biodegradables pueden ser una alternativa tan buena o mejor que los derivados del petróleo y también que los procesos productivos pueden generar un impacto positivo en el medio en el que se localizan, a través de sinergias y de apostar por una economía circular, más sostenible y respetuosa. Actualmente están trabajando en tres líneas de investigación. Una de ellas relacionada con la creación de biomateriales a través del micelio de hongos, una segunda con el uso madera para impresión 3D y un último campo sobre cultivo controlado de especies.

Bivo –así es como se denomina este laboratorio rural– fue impulsado por las cooperativas de I+D+i Biocore, Xapa y Silvestrina, que a su vez operan bajo el paraguas de Zoocánica, una cooperativa de segundo grado. Sus miembros analizan el potencial que tienen los territorios para generar empleo y una vez instalados despliegan su actividad siempre ligada al marco de la investigación y el desarrollo. “La actividad que generamos en el medio rural promueve una estructura de trabajo ligada al sector primario, pero con vocación de transferencia industrial, para que las investigaciones que llevemos a cabo puedan, en poco tiempo, generar nuevas industrias. En el caso de Aguaviva, por ejemplo, ligadas a los biomateriales”, explica Oihane Ruiz, máxima responsable de Silvestrina, cooperativa que actualmente ostenta la presidencia de Zoocánica.

Un entorno privilegiado

La elección de Aguaviva como sede para su laboratorio no fue fortuita. El actual coordinador del centro, Sergio Mesa, estaba ligado al municipio por lazos familiares y aprovechando la oportunidad quiso volver a su pueblo. También la despoblación ha sido un factor clave. Para la cooperativa se trata “de un reto mayúsculo” que al mismo tiempo se presenta como una oportunidad. “Ahora existe un vacío de actividad, hay mucha menos gente y tenemos un territorio que nos permite pensar en grandes proyectos que generen más biodiversidad, que no sean solo extractivos, sino que planteen cuestiones de mejora de suelos o de cómo transformar la materia prima que se desecha de actividades productivas, y esto es precisamente lo que hacemos en nuestro laboratorio”, apunta Ruiz.

Otra de las razones para decantarse por Aguaviva fue precisamente el hecho de encontrarse en un entorno inmejorable para el aprovechamiento de recursos naturales, como la madera, los hongos y restos orgánicos procedentes de actividades agrícolas.

Actualmente en la ermita de Aguaviva se trabaja en tres líneas de investigación diferentes. La primera de ellas se sirve del micelio de los hongos para crear biomateriales con propiedades similares a las del plástico. Para ello, los investigadores recrean el proceso de alimentación y crecimiento natural del micelio en condiciones controladas. “Lo primero que hacemos es seleccionar la materia orgánica de la que se va a ‘alimentar’ nuestro micelio y para ello utilizamos restos procedentes de la agricultura de la zona, como por ejemplo la hoja del olivo o la cáscara de almendras. Una vez que hemos seleccionado el material, lo llevamos al laboratorio, lo trituramos, hidratamos y esterilizamos y una vez que está listo y en las condiciones que a nosotros nos interesa lo metemos dentro de unos moldes que ha creado nuestro equipo de diseño y que pueden tener la forma que deseemos, como la de un casco, por ejemplo”, explica Lucas Lecha, biólogo e investigador de Bivo. 

El resultado final es un material 100% orgánico y degradable, con propiedades que varían dependiendo del sustrato vegetal empleado para alimentar al hongo y también de los tratamientos que se le apliquen. “En general las propiedades mecánicas que tienen estos materiales son una buena absorción del impacto y el aislamiento térmico”, explica. Hasta el momento han realizado varios prototipos, entre ellos cascos de protección, paneles para aislamiento térmico y acústico o sustitutos del poliestireno expandido para embalajes.

En un proyecto previo, ya lograron algo similar al modificar las propiedades de la madera, densificándola y haciéndola más resistente mediante tratamientos de presión, temperatura y transformación bioquímica. El resultado fue un material con una resistencia capaz de sustituir piezas de metal.

Proyectos que echan raíces

Otro de los proyectos que están en marcha es el desarrollo de biotintas derivadas de la madera para impresión 3D. El objetivo, explica Raquel Navarro, ingeniera de diseño industrial y encargada de la investigación, es “sustituir los filamentos de origen fósil que se emplean en la actualidad por estas tintas 100% biodegradables”. Para ello, emplean residuos forestales como el serrín o madera desechada que después trituran. “Hacemos un proceso de molienda y tamizado y el polvo resultante lo mezclamos con acetato de celulosa y un disolvente orgánico para obtener la tinta semilíquida”. 

Su próximo reto, explica Navarro, es la impresión 3D con biotintas obtenidas a partir de residuos que se generan en la producción agrícola de la zona. “Eso nos acerca mucho a los productores locales. Ya hemos contactado con las cooperativas agrícolas de la zona y es muy enriquecedor porque sientes que aportas algo al territorio y que es un proyecto que tiene arraigo con la zona”.

El tercer campo de investigación en el que trabajan desde Bivo tiene que ver con el cultivo indoor de especies vegetales procedentes de otras regiones del mundo y de interés científico. Tal cómo explica Amada Garitas, bióloga especializada en biotecnología vegetal, la intención es hacer un cultivo vigilado para estudiar sus necesidades y comportamientos.

En estos dos años y medio de andadura, Bivo ha terminado formando toda una red de sinergias en Aguaviva y alrededores. Su actividad se articula con cooperativas agrícolas de la zona e incluso con el colegio de la localidad, donde han creado un refugio climático. “Apostamos por que el laboratorio sea una estructura permanente. De repente vemos cómo forma parte de esa red de generación de cultura, de conocimiento. Es muy importante que los espacios de pensamiento y de investigación estén dentro del territorio en el que se desarrolla la actividad”, apunta la presidenta de Silvestrina. 

Su intención, explica, es que esta red llegue incluso más allá y alance una dimensión comarcal. “Van creciendo los proyectos y con ellos la necesidad de más empleados, más espacio, por eso creemos que hace falta un planteamiento a nivel comarcal, donde además de Aguaviva haya otros nodos”.

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