De las ruletas y el oropel a la ruina y un crimen sin resolver: la historia del Casino de Montesblancos
En los años ochenta del siglo pasado, llegar hasta el Casino de Montesblancos significaba entrar en uno de los lugares más exclusivos del ocio en Aragón. A unos veinte minutos de Zaragoza, próximo al municipio de Alfajarín, el complejo reunía un hotel, restaurante y salones de fiesta en una época en la que el juego comenzaba a abrirse paso en España tras décadas de prohibición.
Pero el tiempo del oropel y el champagne terminó enterrado en una montaña de deudas. En la actualidad, la imagen ha cambiado completamente. Donde antes había ruletas, coches de alta gama y clientes que llegaban desde distintos puntos del país, hoy solo se encuentran paredes cubiertas de grafitis, ruina y escombros. La historia del casino quedó además inevitablemente ligada a un asesinato que, treinta años después, continúa sin resolverse.
El Casino Montesblancos abrió sus puertas en 1978 con una inversión que rondó los 250 millones de pesetas, alrededor de 1,5 millones de euros, una cifra muy elevada para la época.
Este gran complejo fue mucho más que una sala de juego. Contaba con hotel de lujo, restaurante, espacios para celebraciones y grandes salones destinados al ocio nocturno. Su ubicación tampoco era casualidad: lo suficientemente próxima a Zaragoza para atraer visitas, pero lo bastante alejada como para mantener la discreción de una clientela formada por empresarios, políticos, famosos y grandes jugadores.
Las dimensiones del antiguo casino comprende unas 300 hectáreas, repartidas en tres fincas que albergan diferentes construcciones e instalaciones. Además del antiguo hotel y casino, de cuatro plantas, el recinto conserva un edificio que actuaba como centro social, varias canchas de tiro de pichón y un palomar, junto a zonas de aparcamiento.
Durante años, Montesblancos fue uno de los principales referentes del entretenimiento en Aragón y uno de los casinos con mayor actividad de la zona.
La decadencia y el crimen
La situación sufrió un gran cambio durante la década de los noventa. Las visitas de los clientes disminuyeron, la empresa cambió de propietario varias veces y las dificultades económicas empezaron a hacerse más evidentes.
En 1996, con Alfonso Fuentes el principal accionista, la empresa se declaró arruinada y se suspendieron pagos frente al Gobierno de Aragón. A estas pérdidas se sumaban importantes deudas derivadas del pago de impuestos, las cotizaciones y las tasas de juego. Las cuentas del casino pasaron entonces a estar bajo foco judicial.
Dos años después, en abril de 1998, el complejo fue vendido a la empresa estadounidense Trans World Gaming por 722.000 euros, aunqeu el cambio de propietario no consiguió sacar adelante el negocio.
Aquí es cuando surge una nueva voz en la historia. El juzgado nombró a un equipo de tres personas, lideradas por Javier López Aldea, para intervenir la compañía. Ellos serían los encargados de analizar la situación económica de la empresa y aclarar posibles irregularidades en la gestión.
El 21 de noviembre de 1997, un viernes, López Aldea fue asesinado a cuchilladas en el garaje de su vivienda. Su muerte se produjo días después de que elaborará un informe que apuntaba a presuntas irregularidades económicas relacionadas con la gestión del casino. Con la indagación iba a caer, según le había trasladado a su mujer, “hasta la Diputación General de Aragón”, entonces presidida por Santiago Lanzuela (PP).
A pesar de sucesivas investigaciones sobre el caso durante años y de la existencia de dos imputados en el caso –uno de ellos, el propio Fuentes, cuya situación terminó archivada–, el crimen nunca llegó a aclararse y continúa formando parte de los casos sin resolver de Aragón.
Décadas de abandono
Para entonces, el futuro de la empresa de Montesblancos ya era irreparable. Fue en 2001 cuando el casino terminó cerrando definitivamente al público. Un año después, en junio de 2002, la Dirección General de Patrimonio anunció la subasta del local con el objetivo de recuperar parte de la deuda que presentaban.
Tras la clausura empezó una caída que nunca pudo llegar a frenarse. La ausencia de vigilancia allí facilitó numerosos robos. Ventanas, puertas, cableado, mobiliario y cualquier elemento con valor desaparecieron poco a poco del edificio. En 2014, el inmueble volvió a salir de manera infructuosa a subasta por 1,3 millones de euros, apenas una parte de la deuda principal, que no logró devolver a la normalidad a aquel complejo, ya que su deterioro era irreversible.
El Gobierno de Aragón embargó toda la finca para intentar recuperar la deuda, pero vender aquel gran complejo fue imposible. Por ello, desde entonces, todo el recinto continúa en sus manos, que asumió su control tras el embargo de la finca por las deudas acumuladas.
Casi cincuenta años después de su apertura, el Casino Montesblancos permanece abandonado. Hoy, entre todos los restos del edificio, apenas quedan huellas de aquel complejo que llegó a representar lujo, dinero y poder en mitad de la estepa zaragozana.
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