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El aeropuerto de Ámsterdam compra tierras agrícolas para compensar su contaminación sin reducir vuelos

Aeropuerto de Schipol, el segundo de la Unión Europea.

Alejandra Mahiques

Ámsterdam —

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Desde hace casi cuatro años, el campo holandés y la actividad industrial de uno de los países más desarrollados de Europa viven sumidos en la llamada “crisis del nitrógeno”. En concreto, se trata del óxido de nitrógeno, que se emite principalmente por la quema de combustibles fósiles, y el amoniaco –nitrógeno e hidrógeno– procedentes del estiércol y de la actividad ganadera. Por su alta densidad de población, los Países Bajos siguen registrando una de las mayores concentraciones de estos gases de nitrógeno reactivo por hectárea de la UE, lo que ha llevado al gobierno a comprometerse en reducir a la mitad estas emisiones hasta 2030.

Para lograrlo, se ha puesto en marcha una regulación que pretende restringir la actividad agrícola e industrial, un tijeretazo que ha provocado protestas sin precedentes de los agricultores, que ven su futuro amenazado, y de las grandes empresas de construcción e infraestructuras, que no pueden dar un paso adelante sin el permiso que certifica unas emisiones mínimas de óxido de nitrógeno.

Otro de los principales afectados por este problema es el aeropuerto internacional de Schiphol. A mediados de 2022, el Gobierno holandés anunció que el aeropuerto, el segundo de la Unión Europea, deberá recortar en un 12% su actividad aérea de cara a finales de 2023 para cumplir con la normativa ambiental sobre la emisiones de óxido de nitrógeno.

Un mercado de emisiones de nitrógeno

Para sortear el problema de las emisiones contaminantes de nitrógeno, se ha implementado un lucrativo mercado de compraventa de derechos de emisión de gases. Para obtener la luz verde que le permita seguir operando al ritmo actual, Schiphol ha adquirido este mes granjas y derechos de emisión de nitrógeno por valor de 16 millones de euros. Se trataría de la compra de tres granjas con actividad ganadera por valor de 11,1 millones de euros y de la adquisición de 5,9 millones de euros en derechos de emisión de nitrógeno de otras explotaciones.

El intercambio sería el siguiente: la granja abandona su actividad ganadera, por la cual dejar de emitir amoniaco a la atmósfera, a cambio de ceder sus derechos de emisión al aeródromo, el cual compensa así los efectos contaminantes del óxido nitroso, otro gas de efecto invernadero compuesto por nitrógeno y oxígeno que emiten los motores de los aviones y que es 300 veces más potente que el dióxido de carbono.

La reacción del Ejecutivo neerlandés no se ha hecho esperar. Los ministerios implicados han pedido al Grupo Schiphol que deje de comprar a más granjeros estos derechos. Desde el Ministerio de Agricultura, Medioambiente y Alimentación califican la operación de “desagradable”, sobre todo porque se lleva a cabo poco antes del plan anunciado por el Ejecutivo de intervenir directamente en el mercado de las emisiones de nitrógeno con un derecho de compra preferencial.

Aunque las adquisiciones de explotaciones agrícolas por empresas y administraciones públicas locales son legales, resultan muy controvertidas, pues no está claro que sirvan para reducir de manera real las emisiones de nitrógeno reactivo. “Esto no tiene nada que ver con la protección de la naturaleza, es pura actividad económica”, explica Jan Willem Erisman, catedrático de Sostenibilidad Ambiental de la Universidad de Leiden. “Las emisiones de nitrógeno no están bajando porque todavía no hay una política real implementada para lograrlo”, denuncia este analista.

Además del aeropuerto internacional situado cerca de Ámsterdam, el Grupo Schiphol cuenta con otro más pequeño en la ciudad de Lelystad, renovado en los últimos años para acoger vuelos comerciales de bajo coste y rebajar así la presión del tráfico aéreo sobre su hermano mayor.

El gobierno ha aplazado su apertura por quinta vez, hasta mediados de 2024, ya que tampoco cumple con la normativa de emisiones de óxido de nitrógeno. Para acelerar la obtención de este permiso, Schiphol ha confirmado al diario holandés NRC la adquisición de derechos de emisión de hasta diez granjas. Erisman afirma no pillarle por sorpresa la operación financiera del Grupo Schiphol, ya que no es nueva.

No solo aeropuertos

En el último año, otras administraciones públicas de las provincias de Utrecht y Brabante Septentrional habían comprado a varios granjeros sus derechos de emisión con el fin de obtener el permiso para la construcción de una circunvalación y de un polígono industrial, respectivamente.

El mercado de derechos de emisión podría funcionar si, tal y como explica Erisman, los permisos se concedieran “después de comprobar que las emisiones descienden de manera estructural” y no al revés, como ocurre actualmente.

“El problema es que muchos de estos granjeros venden emisiones que ya no utilizan, por lo que al final, estas acaban aumentando en términos reales”, explica el profesor. Esas explotaciones no estaban emitiendo, pero conservaban los derechos vendibles. Y añade: “Una solución que evitaría esto es la que se lleva a cabo en Bélgica, donde los derechos de los granjeros no se pueden ceder a la actividad industrial, pues se consideran dos tipos de emisiones de nitrógeno diferentes, aunque su efecto contaminante sea el mismo”.

“Al hablar de reducir las emisiones de nitrógeno, hablamos de lograr el equilibrio entre nuestras necesidades como sociedad y la calidad de nuestro entorno”, incide Jan Willem Erisman, quien insiste en que hay muchas alternativas para seguir produciendo y desarrollando la actividad agrícola e industrial con menos emisiones perjudiciales de nitrógeno. “Los Países Bajos deberían ser uno de los primeros en experimentar esta transformación, este equilibrio, porque es un lugar muy densamente poblado donde se debe garantizar la seguridad alimentaria, la salud pública, el abastecimiento energético y el bienestar de los que vivimos en él”, apunta.

Naturaleza amenazada

Países Bajos no es uno de los mayores emisores de óxido de nitrógeno o de amoniaco de la Unión Europea pero la escasa superficie del país provoca que los gases contaminantes de las granjas se emitan demasiado cerca de los espacios naturales protegidos.

De los 160 registrados dentro del perímetro nacional y que forman parte de la red europea Natura 2000, 118 están seriamente amenazados por las consecuencias de estos gases derivados del nitrógeno. La degradación de la biodiversidad se produce cuando, por un lado, los fertilizantes de uso agrícola alcanzan los ríos y lagos, dando lugar a una floración excesiva de algas que emiten gases de efecto invernadero; y por otro, cuando las partículas de amoniaco presentes en el estiércol son liberadas al aire, viajan a estas áreas protegidas y desestabilizan su ecosistema natural.

Por su parte, el dióxido de nitrógeno en concentraciones elevadas puede resultar perjudicial para la salud, ya que provoca inflamación de las vías respiratorias, lo que aumenta la predisposición a contraer infecciones pulmonares. En la Unión Europea, las emisiones de óxido de nitrógeno se redujeron en un 44% entre 1990 y 2011 gracias a una mayor eficiencia de los motores de los vehículos y a un menor uso de los diésel.

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