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A la caza del vídeo: el patriarcado aún no ha acabado con Verónica

Hace menos de una semana que una mujer fue empujada al suicidio por sus propios compañeros de trabajo, pero eso no es motivo para que el patriarcado siga ensañándose con ella

Los motores de búsquedas de páginas porno echan humo a la caza del vídeo de Verónica

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Hace menos de una semana que una mujer fue empujada al suicidio por sus propios compañeros de trabajo, al difundirse de forma masiva un contenido íntimo de la víctima. Hace menos de una semana que dos niñas se han quedado huérfanas por culpa del machismo asesino. Pero eso no es motivo para que el patriarcado no siga funcionando a pleno rendimiento.

La actitud de los hombres en esta historia representa bastante bien el funcionamiento del patriarcado, esa palabra que no existe, ese sistema que nos hemos inventado las feministas, y que ni la RAE recoge en su diccionario.

Fase 1: un hombre acosa a una mujer, según el propio sindicato. El pan nuestro de cada día.

Fase 2: no sería la primera vez que hombre que no obtiene la respuesta que esperaba se vengue de una mujer. Porque como las mujeres somos posesiones de las que uno puede disponer y castigar si no nos doblegamos. La venganza, de confirmarse que ha sido él, es a través del porno de venganza, difundiendo un vídeo íntimo de su víctima.

Fase 3: el vídeo no se frena, es visto y reenviado por un número incalculable de personas, porque es divertido ver a una mujer en su intimidad. De hecho, en cada página sobre pornografía en la que busquen, hay categorías específicas sobre cámaras ocultas grabando a mujeres es cuartos de baños, duchas, habitaciones de hotel, ya sea masturbándose o simplemente cambiándose de ropa. 

No somos personas, somos mujeres, una subcategoría que ni siente ni sufre. Nuestro dolor, nuestro sistema nervioso central o nuestras emociones no son iguales a las de un hombre. Si un hombre llora, su dolor debe de ser inenarrable; si una mujer llora tiene un ataque de nervios, o le ha pasado cualquier tontería. Lo típico.

Además en ese recibir, consumir y reenviar contenido de una mujer en su intimidad está el plus sexual: ¿será puta? Mira lo que hace. Mira cómo disfruta del sexo. ¿Se habrá creído que es un hombre? Puta. Puta. No hay más nombres que ese.

Fase 4: si una mujer tiene la cara dura de grabarse mientras vive libremente su sexualidad, en el imaginario machista tiene que tener los arrestos suficientes para el castigo, que no es otra cosa que la mofa, la humillación, la falta de respeto y la indecencia de los que disfrutan castigándola y haciéndole daño con la difusión.

Fase 5: el daño ya está hecho, pero no es suficiente. Quienes no la conocen van a verla a su puesto de trabajo, más miradas, más presión, más humillación. Se lo merece. La única forma de no merecérselo es no haberse grabado. 

Fase 6: Su empresa es denunciada por el sindicato por no hacerse cargo de la situación ni activar ningún protocolo contra el acoso sexual, alegando que es algo privado. La violencia machista no es privada, es pública, es una lacra social.

Fase 7: la mujer muere. Ni siquiera contará en las estadísticas como víctima de violencia machista, aunque lo es, al igual que tantas otras víctimas invisibilizadas del machismo.

Fase 8: la tele hace su trabajo basura. Opina sobre el tema un torero votante de un partido fascista confeso, gran analista del machismo, confesando que "los hombres no somos capaces de tener un vídeo así y no enseñarlo". Acto seguido pide a las mujeres que no se graben. La presentadora agradece su reflexión. La bola machista sigue ladera abajo, arrasando a su paso a las espectadoras que en ese momento están viéndose culpabilizadas de antemano si se les ocurre grabarse, o haciéndolas temer si ya se han grabado. 

Fase 9: el sistema no ha acabado con la víctima aún, aunque ya esté muerta. Las mujeres somos un objeto de uso eterno. Los motores de búsqueda echan humo en las páginas de pornografía buscando el vídeo de la mujer. 

Las pantallas no nos deshumanizan como seres humanos. Las únicas deshumanizadas somos las mujeres, gracias a la industria multibillonaria que es el porno. Gracias a los hombres que acosan impunemente cada día en cada rincón. Gracias a las empresas que no mueven un dedo. Gracias a quienes no ven indecencia en acosadores sino en sus víctimas. Gracias a la Iglesia por la mojigatería impuesta en nuestras conciencias, con el beneplácito de cada uno de los gobiernos que han pasado por nuestra democracia. Gracias a los cómplices que miran para otro lado, que se encogen de hombros, que se ríen, que humillan, que toman parte del lado asesino. Gracias a quienes difunden contenido íntimo sólo porque es de una mujer. Gracias a las nulas medidas políticas y a los presupuestos insuficientes. Gracias a todos esos votantes que eligen a representantes que niegan la violencia machista y prometen invisibilizarla. Gracias a partidos políticos que persiguen a las trabajadoras y asociaciones que luchan contra una lacra que tendría que ser combatida desde el propio Estado. 

Cada día, todo estos actores, allanan el terreno del machismo que hace que muchas Verónicas mueran, sean asesinadas, se suiciden, sean violadas, acosadas y machacadas aún después de muertas. 

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