La opinión pública israelí y el ataque a Irán
Netanyahu no ha tenido demasiado éxito en convencer a Obama de la necesidad de un ataque a Irán. Parece que tampoco tiene a su lado por completo a la opinión pública de su país. Según un sondeo de Haaretz, un 58% se opone a una solución militar que no cuente con el apoyo de EEUU. Una encuesta anterior dio resultados similares.
Como es habitual en los sondeos, la formulación de la pregunta influye en las respuestas. Incluir la opción de la intervención norteamericana condiciona la actitud de los interrogados. La disyuntiva de atacar sí o no con la información de la que dispone el Gobierno israelí podría dar un veredicto diferente.
No creo que estos números influyan mucho en la decisión que tome Netanyahu. En el momento en que un primer ministro israelí lanza los aviones, los sondeos giran en su favor de forma automática. Y la posición de partida de Netanyahu es muy buena. La misma encuesta le garantiza la reelección. El Likud obtendría 35-37 escaños y junto a sus aliados derechistas podría formar una coalición con 71-74 escaños (sobre un total de 120).
Por otro lado, cualquier guerra es impredecible por definición, como bien pudo comprobar Ehud Olmert tras el ataque masivo a Líbano en 2006. Los israelíes no habrán olvidado el desastre de la organización de los sistemas de emergencia y protección de la población que se produjo en 2006.
Netanyahu parece dispuesto a afrontar el coste político de una guerra. Recibir misiles en Tel Aviv es mucho menos dramático que arriesgarse a que Irán se acerque a las armas nucleares, dicen sus asesores.
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Las invocaciones al Holocausto no fueron las únicas referencias que hizo Netanyahu en EEUU destinadas a alejar el debate sobre el programa nuclear iraní de la esfera estrictamente política o militar. También regaló a Obama un ejemplar del Libro de Ester, libro que forma parte de la Biblia y escrito entre el siglo III o IV antes de Cristo.
Es lo propio de estas fechas cercanas a la festividad judía del Purim. Desde luego no perjudica nada que cuente la historia de un imperio persa embarcado en la eliminación de los judíos. Es Netanyahu el que convierte la rivalidad con Irán en una especie de continuación milenaria que se extiende durante siglos. Como dice Robert Wright en The Atlantic, imaginemos lo que se diría si un gobernante musulmán entregara a Obama un texto religioso que predicara la lucha eterna contra los judíos.
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