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John Muir, pionero del ecologismo

En marzo de 1866, inmediatamente después de finalizar la Guerra de Secesión, un presunto prófugo del ejército nordista llamado John Muir (1838 – 1914) decidió alejarse de la provincia canadiense de Ontario, donde residía su hermano, y regresar al país del que había huido durante el invierno de 1864. Tras unos meses de idas y venidas, halló empleo en una empresa de Indianápolis dedicada a la fabricación de ruedas y piezas para carros. Detrás de este trabajo que, todo sea dicho, estaba muy lejos de ser de su agrado, había un propósito: ahorrar dinero suficiente para costearse un viaje por Sudamérica. Poco después, en 1867 sufrió un accidente que le provocó una ceguera bastante menos grave de la que le pronosticaron en un principio. Su milagrosa recuperación le produjo tanta alegría que decidió cortar por lo sano, abandonar el empleo y cumplir, por fin, su sueño. La primera fase de esta aventura, realizada enteramente a pie, se inició el 1 de septiembre de ese mismo año y concluyó en Florida, junto a las costas del Atlántico, un mes y medio más tarde. Tiempo después, en enero del 68, tomó un carguero para dirigirse a Centroamérica, pero un brote de malaria sufrido previamente y las vicisitudes que vivió durante sus estancias en Cuba y Panamá, le hicieron recapacitar y abandonar el proyecto que había acariciado durante años.

Después de abandonar la idea de regresar a su domicilio familiar en Portage (Wisconsin) y tras establecerse en San Francisco, John emprendió diversos viajes por el estado de California y… esa actividad le cambió la vida. Bueno, en realidad, lo que le cambió la vida fue el descubrimiento de Sierra Nevada y del Valle de Yosemite. Las cumbres, bosques, ríos, cascadas y praderas de este último lugar le hechizaron de tal manera que se prometió volver tantas veces como fuera posible o como sus medios económicos se lo permitieran. El enamoramiento acabó siendo tan irresistible que, finalmente, optó por construir con sus propias manos una rudimentaria cabaña a fin de convertirla en la base de sus exploraciones y residir intermitentemente en ella.

Poco a poco, la fama de Yosemite y sus extraordinarios paisajes comenzó a divulgarse entre los excursionistas y los lectores de diarios y publicaciones periódicas. Y algo semejante ocurrió con Muir y su cabaña. A medida que el flujo de visitantes iba incrementándose, uno y otra empezaron a cobrar relevancia a nivel nacional. Para no desaprovechar la oportunidad que le brindaba su recién estrenada popularidad, nuestro protagonista comenzó a desarrollar una prolífica carrera como escritor, divulgador, conferenciante, activista y defensor de la naturaleza. Sus publicaciones se cuentan por decenas y todas difunden el mismo mensaje, un mensaje que aparece resumido en el siguiente texto extraído del libro Our national parks: “Sube a las montañas para obtener sus buenas nuevas. La paz de la naturaleza fluirá en ti como fluye la luz del sol en los árboles. Los vientos soplarán con su frescura dentro de ti y las tormentas su energía”.

Entre los logros que cabe atribuir a Muir figuran los esfuerzos y la energía que consagró a la creación de una figura legal específica para proteger el valle de Yosemite. Sus contactos políticos, su activismo y la vehemencia que le caracterizaban, obraron el milagro y el 30 de septiembre de 1890, el Congreso de EE.UU. aprobó un proyecto de ley destinado a preservar ese espacio natural y otorgar su jurisdicción a California y no al Gobierno Federal, como él deseaba. Sin embargo, lejos de darse por satisfecho con la superficie demarcada y su titularidad, prosiguió la campaña a fin de incrementar su extensión e incluir áreas de reserva o particularmente sensibles que habían quedado fuera. Para lograrlo, no se le ocurrió nada mejor que buscar la ayuda y la colaboración de otras personalidades como los profesores universitarios Henry Senger y David Starr o el abogado Warren Olney. El resultado de esa alianza fue la creación, el 28 de mayo de 1892, del Sierra Club, una organización conservacionista sin ánimo de lucro que, durante los primeros años de su existencia, resultó decisiva a la hora de garantizar la integridad territorial de Yosemite y de defender la extensión de esas mismas medidas a otros lugares de Estados Unidos. Por otra parte, no hay que olvidar que, según algunos historiadores, la fundación de este club constituyó el acto inaugural o sentó las bases del desarrollo del sistema de parques nacionales norteamericanos y del movimiento ecologista del mismo país. En 1903, tras la lectura del libro citado más arriba, el presidente Roosevelt dirigió una carta a John Muir para anunciarle que deseaba conocer Yosemite y disfrutar de su compañía y conocimientos. La visita fue breve, se extendió desde el 15 al 18 de mayo de ese mismo año, pero esas tres noches de acampada consiguieron que la protección del medio ambiente fuera incorporada a la agenda política de la nación más poderosa del planeta.

No todo fueron alegrías y visitas presidenciales en la vida de Muir. Sus demandas para bloquear la construcción de una presa en el cañón de Hetch Hetchy fueron ignoradas, y en 1913, un año antes de su muerte, el gobierno presidido por Woodrow Wilson firmó un documento autorizando su construcción. Ese fracaso le permitió extraer una última lección que nosotros, todos cuantos nos consideramos defensores del medio ambiente, no deberíamos perder de vista u olvidar jamás: “nada que tenga valor monetario está a salvo por mucho que se proteja”.           

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