Los últimos pastores de Canarias que mantienen viva la trashumancia en unas islas sin macrogranjas

Pastoreo en Gran Canaria.

Airam Rivero lleva casi una década dedicándose en cuerpo y alma a la ganadería extensiva practicando la trashumancia, una tradición con más de 2.000 años de antigüedad en las Islas en la que el pastor se traslada con el ganado en busca de alimento para sus animales. Tiene 36 años, es de lo más jóvenes de la veintena de pastores que mantienen viva una práctica que existe antes de la invención de la agricultura. Y tampoco ha sido ajeno a la polémica de las macrogranjas surgida a raíz de una entrevista del ministro de Consumo, Alberto Garzón, en The Guardian. Cree una obviedad decir que la ganadería extensiva “es mejor, porque el animal está en un ambiente libre, comiendo todo tipo de hierbas, si llueve. Se nota en la leche, que es menos grasa. ¡La hierba es la vida, hombre! Suelta un animal y déjalo salvaje para que veas lo bonito que está”. Pero en el Archipiélago, políticos canarios del Partido Popular (PP) también se hicieron eco de las palabras de Garzón en una islas que ni siquiera tienen este tipo de ganadería. 

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Nueve días después de la publicación de la entrevista en el medio británico, el senador canario del Partido Popular, Sergio Ramos, compartía en torno a las 10.00 horas del 4 de enero la pieza en su Twitter, tachando a Garzón de “impresentable” y pidiendo su dimisión; poco después, publicaba dos tuit más en los que le criticaba que comiera carne o lo tildaba directamente de “inútil”. Posteriormente, el presidente del PP, Pablo Casado, se hacía eco y se encendía la llama de la polémica que continúa hasta hoy. Otro senador canario del PP, Asier Antona, quien fue designado por el Parlamento y fue expresidente de la formación en el Archipiélago, incluso llegó a insultarlo en una entrevista el pasado 11 de febrero en la COPE de Tenerife: “Es un pollaboba” o “un metepatas permanente” fueron los términos que utilizó.

El director general de Ganadería en Canarias, Taishet Fuentes, explica que en las Islas “no existe una sola de estas macrogranjas”, entendiéndolas como “una concentración de miles de animales estabulados que no ven la luz del sol”, aclara, porque la mayoría son de tamaño pequeño o mediano. De hecho, añade que “con toda seguridad, la mayor de las explotaciones instalada en el Archipiélago ”será de pequeño tamaño para los estándares del territorio peninsular“. Las razones que explican la ausencia de este tipo de ganadería intensiva son, principalmente, económicas: ”Producir aquí es más caro que en territorio peninsular“, concreta, porque las Islas dependen de la importación para el autoabastecimiento de productos como la alimentación animal, lo que conlleva el consiguiente encarecimiento del transporte de las mercancías. ”Aunque hay ayudas que intentan compensar estas pérdidas por la lejanía, la realidad es que no pueden corregir estos costes de producción más elevados“, señala Fuentes.

Además, el director general de Ganadería considera que la producción de una macrogranja no podría ser absorbida por el mercado interno, que es de “aproximadamente 2 millones más la población flotante del turismo”. Por lo tanto, deberían exportarse, pero “si en Canarias cuesta más producir y luego hay que pagar gastos de transporte para ponerlo en el mercado peninsular o europeo, ya no cuadran las cuentas, y esta actividad tiene poco interés financiero para las empresas implicadas”. Pero también expone otro motivo, como el limitado espacio territorial para la instalación de macrogranjas, “que necesitan una gran cantidad de terreno”. Y es que el Archipiélago tiene el mayor número de parques nacionales de España, que están protegidos y no se permite la ganadería. Por todo ello, Fuentes dice que “resulta mucho más rentable producir en Península y trasladar la producción a nuestras islas”.

Sin relevo generacional

Todos estos factores también han puesto trabas a un mayor desarrollo del pastoreo. De hecho, el propio director de Ganadería reconoce que “debido a la escasez de base territorial para el desarrollo ganadero, es imposible trasladar a extensivo toda la producción ganadera de nuestras islas”. La creación de espacios naturales protegidos ha reducido las zonas de pastoreo en las Islas, tal y como expone Juan Capote Álvarez, biólogo, doctor en Veterinaria e investigador del Instituto Canario de Investigaciones Agrarias, en el artículo Expulsado de muchos sitios sin base científica. A esta circunstancia se ha sumado en los últimos años las condiciones climáticas o las coyunturas internacionales, que han mermado la actividad ganadera y, sobre todo, la trashumancia. 

“Entre el incendio (de 2019 que arrasó con 10.000 hectáreas en Gran Canaria, el mayor de España ese año), que no llueve, la pandemia, la subida de los precios de los piensos y que la leche y el queso se se venden al mismo precio… yo ya no sé si aguantaré; desde hace 4 o 3 años esto ha ido cayendo demasiado, es muy duro”, reconoce Rivero. La escalada de precios en la alimentación animal en el ámbito global, que puede suponer hasta el 60% de los gastos en una explotación, ha supuesto un duro golpe para este pastor, que además de realizar la trashumancia con sus 350 ovejas, elabora sus propios quesos en el Cortijo Daniela, en Santa María de Guía (Gran Canaria).

La escasez de lluvias impide a Rivero realizar la trashumancia. “¿A dónde vamos si no hay nada qué comer? Debería haber empezado ya, pero no hay nada. La última vez que hice la trashumancia fue en verano, cuando fui a la Cumbre. El año pasado sí llovió, no mucho pero sí a tiempo”, recuerda. La sequía obliga a Rivero a quedarse en su explotación y alimentar a sus animales con pienso que compra a las industrias canarias que lo importan. “El saco de millo siempre estaba a entre 3,10 y 3,70 euros el kilo y ahora está a 8 euros, eso me encarece la producción, pero el queso se vende al mismo precio: a 10 euros el kilo y yo, para tener algo de beneficios, debería venderlo a 14,5 euros. Desde hace 4 años no estamos ganando nada”, señala.

Rivero asegura que le gustaría seguir dedicándose a su actividad, pero no cree que pueda continuar. “Estoy día y noche, con las ovejas, vendiendo queso 24 horas los 7 días a la semana y vivo todo el día pensando que cuando llegue la factura a final de mes me quedo sin un céntimo en la cuenta… No se puede, es demasiado”, reconoce. Si abandona la actividad, cada vez serán menos y Rivero cree que “al final no habrá pastores porque somos muy pocos y no se ve continuidad en la juventud”.

El Cabildo de Gran Canaria anunció en 2017 durante un encuentro con pastores trashumantes que les pagarían para que sus rebaños pasten en los montes como medida contra los incendios, en una colaboración sin precedentes en las Islas. Sin embargo, problemas burocráticos retrasaron la puesta en marcha de la iniciativa hasta 2021. El método finalmente elegido fue encargar a la empresa pública Gestión y Planeamiento Territorial y Medioambiental (Gesplan) un contrato para el servicio de mantenimiento de áreas de cortafuegos mediante pastoreo “en el marco del proyecto Gran Canaria Pastorea”. 

El presupuesto de la licitación, publicada en diciembre del año pasado, es de 170.190 euros, con un plazo de ejecución hasta el final de 2022. Pero se desestimó el procedimiento elegido, abierto y de tramitación ordinaria, porque en los pliegos no se recogieron correctamente “los medios para cubrir las necesidades tan especiales del contrato, lo que conlleva que no se pueda ejecutar cumpliendo los principios que rige la contratación del sector público” al incurrir en “una infracción no subsanable en las normas de preparación del contrato, en concreto del artículo 28 de la Ley

de Contratos del Sector Público“, por lo que se procedió a su anulación. Y se ha iniciado un nuevo expediente de contratación. Rivero considera que esta iniciativa del Cabildo ”está bien“, pero pregunta ”¿cuándo llegan esas ayudas? Cuando ya estemos listos para sentencia; con el Cabildo siempre es la misma historia, siempre mal y tarde“.

Un sector al borde del abismo

La difícil situación que atraviesan los pastores se extiende a todo el sector ganadero en Canarias. Jorge Pelayo, secretario general de la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA) en las Islas, tiene en Tenerife una granja dedicada a la reproducción porcina, que cuenta con 120 madres y unos 1.100 cebos, única en el Archipiélago. “Es un tamaño tipo mediano, más bien familiar”, señala. Asegura que la mayoría de las granjas que existen en las Islas son familiares, a diferencia de las explotaciones industriales grandes e intensivas, “que tienen otro tipo de política económica: producir lo más barato posible”.

En su explotación, dice, intenta ser lo más sostenible posible. “Hay espacio y no tienen ese estrés de las granjas que son más grandes, con alta concentración de animales, porque no tienen espacio para moverse, hay otro cerdo que te pisa, que te empuja o no te deja comer y no puedes huir”, señala Pelayo. En este punto, aclara que una explotación intensiva también puede respetar el bienestar animal si se cumplen ciertas normas: “Que tenga determinados metros cuadrados por cabeza, para que el animal se mueva y pueda hacer ejercicio y disfrutar de un espacio”. La clave, a su juicio, es que “existan unas condiciones óptimas para que el animal esté sano y bien”.

Pero en la actualidad, Pelayo dice que las granjas canarias se están viendo “muy afectadas por la subida de los piensos, ya no llegamos”. Esto sucede en unas Islas que cuentan con 304.452 cabezas en total, entre caprino, bovino, ovino y porcino, según datos del Instituto Canario de Estadística en 2020 (por establecer una comparativa, en Aragón hay 9,2 millones tan solo de cerdos, tal y como recoge el último censo de ganado porcino). Y al inicio del siglo, el Archipiélago contaba con más de medio millón de cabezas, es decir, ha perdido en los últimos 20 años el 40%. Y los indicadores muestran que la tendencia es descendente.

“La gente se está quitando granjas. No queda otro remedio por la subida de los insumos. En 2021 ha subido un 70% la cuenta de la explotación. Es casi imposible seguir sosteniendo estos gastos. Esto ya no hay quien lo aguante”, manifiesta Pelayo, quien cree incluso que está en juego la propia supervivencia de la ganadería en Canarias. “El ganadero no tiene la capacidad de respuesta de un industrial; por ejemplo, una empresa que importa pienso, si le sube a 300 debe repercutir ese coste en el precio de venta. Y el pienso, en lugar de venderlo a 160 o 150 euros, lo vende a 300 euros. Pero el ganadero no tiene capacidad de subir sus precios. Si llegas a la industria láctea y pides 10 o 15 céntimos más para seguir pagando los gastos, la industria láctea te dice que no, que prefiere usar la leche en polvo que viene subvencionada”, ilustra Pelayo.

En este escenario, el secretario general de UPA en Canarias cree que los únicos ganaderos que tienen posibilidades de sobrevivir son la que vende directamente sus productos, es decir, que tienen una explotación, elaboran por ejemplo, quesos, y no lo venden a un intermediario. “Antes vendía a 8 euros y ahora puede vender a 9 euros. Uno así escapa. Pero el productor que tiene que darle su producción a una industria está condenado”.

Pelayo recuerda que para evitar estas situaciones y que el ganadero no reciba menos de los que le cuesta producir, existe la Ley de la Cadena Alimentaria. Al respecto, reclama “que se vigile todo eso” y se impida la venta a pérdidas y que la Consejería de Agricultura “eche una mano porque no llegamos debido a la especulación atroz en toda la escala”. Por su parte, Rivero va incluso más allá si en Canarias se quiere mantener a los pastores y la trashumancia. “Tienen que dejarse de subvenciones y contratar directamente a los pastores, fijando un sueldo a cambio de que produzcan una determinada cantidad de kilos de queso al año o limpiar todas las zonas contra incendios. Eso es lo que tienen que hacer si quieren salvar esto”, concluye.

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