Embarazos más solitarios y frustración posparto: así es dar a luz en plena pandemia de COVID

Muriel, bebé nacido en septiembre.

Hugo y Muriel son dos bebés que no comparten ni fecha ni lugar de nacimiento ni familia. Les vincula algo mucho más llamativo. Ambos llegaron al mundo durante la pandemia por coronavirus. Las medidas de seguridad tanto en los hospitales donde nacieron como en sus domicilios y el cambio de rutinas han marcado sus primeros momentos de vida.

El 24 de abril nacía Hugo en el Hospital Universitario Materno Infantil de Gran Canaria. Mari Pino, su madre, reconoce que “al principio estaba algo asustada porque llegaban noticias de que no dejaban entrar a nadie, que si ibas a estar sola, pero al final no”. El centro permitió la entrada a Tony, su pareja, durante los tres días que la madre y el bebé permanecieron ingresados. El 26 de abril, “justamente el día que dejaban salir a los niños” a la calle mientras seguía el confinamiento en todo el territorio nacional, abandonaron el complejo con Hugo entre sus brazos y con la recomendación de tener “las menos visitas posibles”.

Durante su estancia en el hospital solo podía estar junto a otra persona. El acompañante podía turnarse siempre que hubiera estado dentro un mínimo de 12 horas, sin posibilidad de recibir visitas, y tenía que ponerse mascarilla “cuando entraran los enfermeros” en la habitación. “Yo bajé a una simple revisión, porque ingresé unas horas antes para provocármelo, y durante el camino a Hugo se le antojó nacer y nació en una sala que ni siquisiera era el paritorio”, recuerda. El contacto piel con piel entre padres y bebé también se cumplió.

Hugo, que ya tiene cinco meses, llegó al mundo con el pie equino varo. Esta anomalía provoca la torcedura de un pie y conlleva dificultades de movimiento. “Tuve que ir todas las semanas al Materno”. Las visitas al traumatólogo iban dirigidas “a cambiarle el yeso todas las semanas”, lo que requería de citas presenciales. Mari Pino añade que “al ser un niño tan pequeño, nos daban la primera hora. Teníamos que ir a las 8:00 horas, cuando no había nadie. No estuvimos en sala de espera nunca. Llegábamos, yo decía el nombre y entraba el niño”.

La pandemia por coronavirus ha generado no solo cambios en las rutinas, sino también un sentimiento de frustración al no haber “recibido tanta alegría como se debe recibir cuando nace un bebé”. La madre, que tiene otro niño de dos años con su pareja, admite que a veces se siente frustrada “porque no se le ha dado lo mismo que a los demás. Hay personas, familia que todavía no conoce, y no se le dio tanto bombo como se le pudo dar al primero. A mi madre no la conoció hasta una semana después y a los abuelos, casi un mes y medio”. 

Muriel es la otra bebé de esta historia. El 9 de septiembre en el Hospital Vithas Santa Catalina  de la capital grancanaria, diez minutos antes de las tres de la tarde, llegaba al mundo la primera niña de Mónica y Cristian. La recién nacida entraba en sus vidas un día después del ingreso de su madre y tras tres jornadas de contracciones irregulares. “Todavía no estaba de parto, pero las condiciones sí eran favorables. Entre eso y que vivimos lejos, decidieron dejarme ingresada”, recuerda. 

Tras su llegada a Urgencias, donde una auxiliar acompañó a Mónica a paritorio para hacer una observación, “Cristian ya pudo subir y desde ahí fuimos juntos a la habitación”. En todo momento llevando mascarilla y usando gel hidroalcohólico, que estaba situado en la recepción. Ya en la habitación no hicieron uso de la mascarilla al encontrarse solos.

Igual que en el caso de Hugo, el padre pudo entrar a paritorio, a excepción del momento de administrarle a la madre la anestesia epidural. Las circunstancias en las que nació Muriel llevaron a una cesárea en el quirófano, a la que Cristian no asistió. Esta medida no impidió que la ingresada tuviera a su bebé "unos escasos dos minutos" sobre el pecho, estrechando lazos que, “después de su revisión y de tomarle las medidas”, también se sucedieron con Cristian. “Mientras yo seguía en el quirófano, estuvieron en la habitación padre e hija haciendo piel con piel. Hasta que yo subí a la habitación pasó una hora y poco”, señala Mónica. 

El 11 de septiembre, dos días después del nacimiento de Muriel, la familia se marchó con miedo y respeto por la nueva rutina. “En el hospital para cualquier duda o dificultad que teníamos podíamos llamar a las enfermeras en todo momento y acudían rápidamente a la habitación para ayudarnos”. Esta perspectiva no ensombrece la alegría de la recién formada familia. “Ningún virus es capaz de restarnos ni un ápice de felicidad que sentimos ahora mismo con Muriel en casa”.

Felicidad que sería mayor si, aparte de los abuelos, tíos y padrinos de la niña, que se desinfectan y se ponen la mascarilla para poder verla, sus amigos y el resto de los familiares pudieran conocer a Muriel. “No podrán venir hasta que tenga puestas sus vacunas y hasta que la segunda ola de la pandemia esté controlada o hasta que la pediatra nos diga que ya pueden venir a conocer al bebé”.

El coronavirus también se deja notar en las citas médicas. Dos visitas a la matrona, una al pediatra y otra a la tocóloga. Estos han sido de momento todos los acontecimientos sanitarios tras el parto de Muriel. “A la cita con la tocóloga solo puede ir yo”, apunta la madre. A las visitas previas al nacimiento también solía acudir sin compañía. “El padre no ha podido ver a su niña durante casi todo el embarazo, solo en las ecografías impresas. Y no es lo mismo. Lo ha pasado mal cada vez que tenía una cita y se tenía que quedar fuera esperando. Ni siquiera me pudo acompañar a la ecografía morfológica de las 20 semanas, que es la más importante de todas”.

“Lo peor de la pandemia ha sido el embarazo”, por las restricciones en las citas médicas, tanto por la Seguridad Social como por lo privado. Con la niña ya en casa y en plena segunda ola, las medidas de seguridad son una prioridad para estos padres primerizos. “Los contagios están ahí y tanto durante el embarazo como ahora con Muriel ya en brazos, estamos cuidándonos mucho y respetando todas las medidas”.

"Perdemos un poco de humanidad"

La otra cara de la moneda son los sanitarios. Fermín García-Muñoz Rodrigo, jefe de Neonatología del Hospital Materno, reconoce que por las restricciones a las visitas “perdemos un poquito de la humanidad, todo lo relacionado con el parto, pero ante todo a lo que damos prioridad ahora es a la protección tanto de los pacientes como del personal”. Evitar contagios entre las personas que se encuentran ingresadas y entre los trabajadores es el propósito principal.

“Hay escasez de personal”. Las cuarentenas que realiza el personal que ha estado con personas que han dado positivo y las bajas de “anestesistas, médicos o enfermeras que lo han adquirido aquí en el hospital” han reducido la plantilla y han obligado a restringir las visitas.

Las madres positivas por el virus, y debido a que “la transmisión vertical es muy baja, prácticamente nula”, pueden permanecer en una planta junto a su bebé siempre y cuando ambos se encuentren bien. Sin embargo, García-Muñoz apunta que, en caso de ser asintomáticas, los bebés son colocados “en una incubadora para que tengan aislamiento”. Solo en el caso de que la madre tenga que ir a una unidad de reanimación porque se ha hecho una cesárea o porque se encuentra mal o que el bebé tenga “algún problema porque es prematuro o tiene dificultad respiratoria” irían a reanimación y a la zona de cuidados intensivos neonatales. La prueba de detección a los bebés, por norma general, se debe realizar a todos aquellos con madres contagiadas por el virus, según determina la Dirección General de Programas Asistenciales del Servicio Canario de la Salud.

Aunque la transmisión vertical en el momento del parto es casi inexistente y no se ha contabilizado ningún positivo en un recién nacido en el Materno, como apunta el neonatólogo, los bebés también pueden contagiarse de COVID-19 a los 15 o 20 días después de recibir el alta. “Ese niño ingresa en una planta especial, pero con solo uno de los dos, el papá o la mamá. El que quiera y tenga más posibilidades de quedarse”. Este es el caso de un niño, que según reconoce el jefe de Neonatología, “vino de la casa a los 15 días con fiebre y dio positivo”.

Cindia Silva Gil, matrona en el centro de salud de La Isleta, también se ha enfrentado a esta nueva realidad. “Hemos tenido que adaptar nuestros protocolos y formas de trabajar, tanto en atención primaria como especializada”, reconoce. “Los cambios de tiempos en consulta, la implementación de la consulta telefónica en atención primaria, que antes de esta situación no estaba contemplada por nuestra gerencia, la adaptación de las nuevas tecnologías...” 

Las visitas presenciales se redujeron y se potenciaron las consultas telefónicas, los programas de preparación al parto fueron suspendidos en algunos centros y adaptados a las tecnologías en otros, los grupos de apoyo a la lactancia, posparto y crianza cambiaron sus dinámicas, con un número reducido de participantes -en ocasiones de forma individuval- y al aire libre... Son algunos de los ejemplos de nuevas rutinas que se han tenido que ir implementando debido a la pandemia. En todo caso, de tener que ir al centro de salud “se realiza la entrevista al entrar, preguntándoles por síntomas relacionados con la enfermedad” y se les proporciona una nueva mascarilla y gel hidroalcohólico. Además, se cumple el “distanciamiento social y hay mayor tiempo de espera entre consultas para que no coincidan los usuarios en las salas”.

Amamantar con medidas de protección

Una de las principales dudas que se han generado en torno a la COVID-19 y la maternidad es si las mujeres contagiadas pueden amamantar a sus bebés. “Sí, pero con las medidas de protección adecuadas”, confirma Cindia Gil. La Sociedad Española de Neonatología (seNeo) aborda este interrogante. Entendiendo que “la leche materna no parece transmitir el virus” y que “ofrece protección al bebé frente a enfermedades infecciosas y estimula su inmunidad”, la sociedad defiende el uso de mascarillas, sean quirúrgicas o de tela, “cuando el bebé esté al pecho”. Esa zona, por otro lado, debe mantenerse limpia “lavándose normalmente con agua y jabón”.

La matrona asegura que este año no ha habido un aumento significativo de la demanda de partos domiciliarios con respecto a otros años. “Creo que sí ha supuesto un estrés añadido para ellas y sus vivencias posparto”. Cindia Gil empatiza con las gestantes y sus familias por las actuales circunstancias sociosanitarias. “Con cambios día a día, el no poder estar acompañadas durante el proceso en algunos casos, las visitas familiares restringidas, la falta de apoyo por redes de madres o mujeres cercanas o familiares de las puérperas, los cambios en las relaciones durante el confinamiento...”, lamenta.  

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Publicado el
23 de octubre de 2020 - 12:04 h

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