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Joseph Roth y el juicio a 'el tapicero': cuando Hitler se sentó en el banquillo por intentar dar un golpe de Estado

Las crónicas más políticas de Roth sobre este período pueden leerse ahora en 'El portador de la esvástica' (Desvelo, 2026).

Olga Agüero

18 de octubre de 2026 21:46 h

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¿Qué escritor famoso asistió como periodista al juicio a Hitler por el intento de golpe de Estado de 1923 en Múnich? ¿Qué personaje famoso de las primeras décadas del siglo XX fue llamado despectivamente como El tapicero? ¿Qué general alemán fugitivo se hacía pasar por un sueco llamado Lindström?

El escritor famoso fue Joseph Roth, El tapicero era el propio Adolf Hitler y Ernst Lindström era el sobrenombre que Ludendorf, el general alemán por antonomasia de la I Guerra Mundial, usó para huir de Alemania en noviembre de 1918 bajo una identidad falsa.

El Putsch de Múnich o Putsch de la Cervecería es como se conoce el intento de golpe de Estado de noviembre de 1923 en el que participaron los dirigentes de un minúsculo partido de ultraderecha. El juicio en Múnich, entre febrero y marzo de 1924, contra Erich Ludendorff, Adolf Hitler y otros implicados como el jefe de las SA, Ernst Röhm, fue seguido como periodista por Joseph Roth. 

En aquel entonces Roth era más famoso que Hitler. Sus crónicas, cargadas de vitriólica ironía, eran devoradas por los berlineses, mientras Hitler no era más que un exaltado sobre el que nadie vaticinaría un futuro brillante, exponente más bien, de la degradación moral de la Alemania de la República de Weimar, caldo de cultivo de un emergente partido nazi.

Las crónicas más políticas de Roth sobre este período pueden leerse ahora en El portador de la esvástica (Desvelo, 2026), novedad editorial que recoge una recopilación de artículos de Roth entre 1919 y 1927, entre los cuales se encuentra el que da título a la recopilación, pero también los dos más directos sobre el proceso de Múnich: Ludendorff y el ganado para el matadero e Informe semanal soñado.

Portada del libro de El Desvelo Ediciones.

En Ludendorff y el ganado para el matadero, Roth hace un sarcástico sobre el intento de huida, con nombre falso, de Ludendorff. Bajo el título de Informe semanal soñado, publicado en el periódico Worwärts, el 2 de marzo de 1924, el autor de La marcha Radetzky aborda la figura de Hitler en dicho proceso, una figura menor en aquel momento, y concluye con su convencimiento de estar soñando. 

“Lo que ocurre en Múnich no es un «juicio político», sino un sueño de Carnaval [celebración coincidente con la celebración del juicio]”, escribe. “Niego la realidad del acontecimiento trascendental que ha afectado tan gravemente a Alemania esta semana: niego la realidad del juicio a Hitler”.

Para Roth, los acusados en el proceso son cadáveres del pasado aún con vida: “Esto no es una sesión judicial, sino una sesión espiritista. […] No me dejo engañar, por muy serio, objetivo o patético que sea el tono con el que los periódicos informen sobre este juicio. Porque, hermanos, ¿acaso no oís que los muertos hablan? ¿No veis que los taquígrafos transcriben discursos fantasmales? ¿No reconocéis en los dibujos de los «artistas especiales enviados a la sala» que están retratando a difuntos? En Múnich, las tumbas de la historia universal se abren y de ellas emergen cadáveres supuestamente enterrados. Un sueño grotesco se pone en marcha, y toda Alemania acepta este milagro con indiferencia, como si fuera lo más normal del mundo”.

Y aparece Hitler, o en palabras de Roth, «aparece un tapicero, se hace llamar “escritor” y todos le creen. Un zapatero, que no se amoldó a su horma, relata su insignificante biografía y describe cómo pasó de ser un “ciudadano del mundo”, como lo era en Braunau, a un “antisemita” en Viena. Y los periódicos alemanes lo publican diligentemente».

Hitler había trabajado como pintor y vendedor de sus propias acuarelas en Viena, pero no fue tapicero de profesión. Roth lo cita así para presentarlo como un artesano sin formación intelectual y subrayar el contraste entre su procedencia y sus pretensiones de convertirse en una figura política e intelectual.

Tras enmendarle la plana con notable sarcasmo al resto de acusados, Roth concluye que Alemania no estaba viviendo en un mundo real: “No cabe duda: estoy soñando un sueño de Carnaval, y ese sueño se llama Alemania”.

Roth cubrió el juicio informativamente, no solo por interés periodístico, sino por interés personal, ya que el autor austríaco era un ávido observador de la evolución del racismo y el nazismo en una Alemania asolada por la crisis y la degradación moral tras la I Guerra Mundial. Como periodista, Roth alcanzó una maestría extraordinaria en la crónica y el reportaje, colaborando en periódicos como Frankfurter Zeitung, donde destacó por su mirada precisa, su estilo sobrio y su capacidad para retratar una época en crisis. 

Roth junto al escritor Stefan Zweig.

Berlín fue para él la ciudad de la modernidad, la precariedad y el periodismo frenético; Viena, el símbolo de un imperio perdido que reconstruyó con melancolía, y en París encontró refugio tras el ascenso del nazismo, rodeado por escritores y amigos como Stefan Zweig, cuya amistad fue una de las relaciones intelectuales más importantes de su vida. 

Murió, precisamente, en París en 1939, poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, dejando una obra extensa y de una intensidad excepcional, en la que periodismo y novela alcanzan una misma altura moral y artística.

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