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Pascal Quignard: “El silencio fue el que me hizo escribir, estar en el lenguaje callándome”

El escritor francés Pascal Quignard.

Javier Fernández Rubio

Canfranc —

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Pascal Quignard dejó sus otros reinos para escribir en el último. Escribir es su 'ultimo reino', parafraseando una de sus series literarias más famosas, 11 libros de apuntes y reflexiones que publicó Gallimard, la editorial francesa para la que trabajó como lector y secretario general durante dos décadas. Entre la narrativa reflexiva, la poesía y la filosofía, los 70 títulos que conforman la obra del reciente Prix Formentor son un reino de la literatura, que se aparta de lo comercial y fatuo para adentrarse en la soledad del lenguaje y la mente humana, la suya, que es la de los demás. No deja de llamar la atención que, al igual que Samuel Beckett, quien ha hecho del silencio una divisa siga publicando a un ritmo tan intenso en vez de estar 'callado'. Para él tiene su lógica: “Este silencio sin duda fue el que me hizo decidirme a escribir; pude hacer el siguiente trato: estar en el lenguaje callándome”, afirma quien pasó por dos episodios de autismo en su juventud.

Pascal Quignard nació en 1948 en la localidad francesa de Verneuil-sur-Avre, en el seno de una familia de músicos y especialistas en literaturas clásicas. Ya adolescente, sus gustos se inclinaron por la música, el latín, el griego, los estudios etimológicos y la literatura. En 1968 estudió Filosofía en Nanterre. Trabajó para la editorial Gallimard, desempeñando varios cargos hasta que decidió retirarse a escribir. Está considerado como uno de los más importantes escritores franceses. De su obra destacan El salón de Wurtemberg (1986), Todas las mañanas del mundo (1991, adaptada al cine por Alain Courneau), Una terraza en Roma (2000), Villa Amalia (2006), Las sombras errantes (2002, premio Goncourt), Las solidaridades misteriosas (2011), Las lágrimas (2016) y El amor el mar (2022). También ha escrito numerosos ensayos en los que la ficción se mezcla con la reflexión, como Pequeños tratados, y los volúmenes de Último reino.

En 2019, Pascal Quignard fue distinguido con el Premio Marguerite Yourcenar por el conjunto de su obra. En 2023 ha sido galardonado con el Premio Formentor de las Letras, cuya entrega se ha realizado hace unos días en la histórica estación de Canfranc -ahora un hotel de lujo, el Royal Hideaway-, un galardón que él ha reconocido que se le concede por aquello a lo que le han conducido las letras, “a una manera de vivir”. “Para mí, este premio no solo es la recompensa por una obra. Es un ejercicio espiritual que está siendo reconocido. Se ha reconocido una manera de vivir, algo extrema, salvaje y libresca a la vez, apartada de todos, sin un día festivo desde hace más de cincuenta años”.

Abandonó su retiro monacal parisino para pasar dos días en la estación de Canfranc. Rodeado del boato de los hoteles con botones uniformados y cenas de gala y entregas de premio, no deja de sorprender verle deambular con una camiseta y sencilla americana, flanqueado por una traductora y su esposa, asaltado a cada paso por admiradores de su obra, concediendo decenas de entrevistas, él que ha hecho del silencio su divisa, una vida construida por, sobre y a partir de las letras, con una hondura y una sensibilidad de pensamiento que hace al lector subrayar sus libros como maniacos. Por eso recibió el Goncourt y premios como el Formentor: “Por la maestría con que ha rescatado la genealogía del pensamiento literario, por la destreza con que se sustrae a la banalidad textual, por haber resuelto las dimensiones más inesperadas de la escritura”, como reza el acta del concesión firmado por Ramon Andrés, Anna Caballé, Juan Luis Cebrián, Vítor Gómez Pin y Basilio Baltasar.

Asiste al espectáculo de la aurora todas las mañanas, sin faltar ningún día a la cita, y luego escribe. Él siente que las palabras están al acecho, le buscan, incluso le asaltan de noche “desde hace más de 40 años”. Es un hombre hecho verbo y música. “Es increíble lo exigente que puede llegar a ser la obra. No pueden hacerse una idea de lo que te exige. Te despierta en plena noche. Te atormenta, te amenaza. Exigente, no se aparta de tu lado. Está al acecho como una fiera. Como una fiera al acecho de cualquier cosa que pase”, declara. Esa fiera, esa leona, como dice, no entiende de componendas, porque en el fondo “el arte no se dirige a nadie”.

Todo ello lo ejemplificó en su discurso de recepción del premio con un relato en el que se entrecruzan los descendientes de Noé, los constructores de una Torre de Babel que se resquebraja y Ovidio, en cuya Metamorfosis, cuenta la historia de Píramo y Tisbe, amantes que se comunican, ella dentro de la torre y él fuera, a través de un resquicio, “un camino de voz”, un puente de unión. “El arte es la grieta en lo simbólico. La literatura es ese camino de voz en la muralla de Babel”. La huida de los amantes a la naturaleza es una suerte de metáfora entre “el abandono del discurso” y la “conquista del silencio”, parte capital en el discurso literario de Quignard.

Cuatro miradas sobre un mismo autor

Ramón Andrés, ensayista, estudioso de la música y poeta, no se anda por las ramas. Quignard es “el mejor escritor francés vivo”, al que adscribe a una “genealogía de los desobedientes”, en donde ubica también a Heráclito, Montaigne, Spinoza, Hölderling, Nietzsche, Borges y María Zambrano. ¿Por qué desobedientes? “Porque no imponen, no crean sistemas, son libres, desobedientes...”, dice.

El poeta extrae tres conceptos de la escritura del autor francés que le parecen reveladores: el anacronismo, la atemporalidad que traslada al lector; la melancolía, no tanto como nostalgia del pasado, sino por lo que se ha de cumplir -a lo que Quignard responde con la pasión-; y la precisión y exactitud de cada palabra que elige, como buen entomólogo de la lexicografía que es. “Europa está hecha por los solitarios y Pascal Quignard es uno de esos solitarios que construye Europa desde la cultura. Por eso me hice lector de Pascal”, confiesa Ramón Andrés.

Anna Caballé, escritora y profesora, caracterizó la obra del autor de El amor el mar como “un puente entre el alma del niño y el alma del adulto, en donde la incertidumbre y el miedo empiezan a hacer su trabajo”, un puente al que Caballé señala como el “destino”. En la obra de Quignard, “parece haber algo del realismo mágico de los autores latinoamericanos”, pero a diferencia de estos, “no endulza la vida”, sino que la refleja en todo su pavoroso esplendor sin ahorrar crudeza.

Juan Luis Cebrián, periodista, escritor y académico se declaró como un lector de Quignard de quien destacó la relación que establece en su obra entre “sexo y espanto”, parafraseando uno de los títulos del autor francés, entre sombras y luces y también entre música y literatura. “Sin la música no existiría la literatura de Pascal Quignard”, quien dirigió una orquesta barroca y es multiinstrumentista. “Su prosa emana de las tinieblas, de la contradicción de los sentidos. Su escritura exige la oscuridad y el silencio”, sentencia.

A Víctor Gómez Pin, filósofo y ensayista, le llama la atención “la continua interrogación filosófica” que hay en todo libro de Quignard. De hecho, considera que para el autor francés la literatura es “un laboratorio filosófico”, en donde el lenguaje “puede multiplicar los poros de la realidad para infiltrarse en esta hasta el infinito. Quignard se propone demostrarlo con la práctica literaria”.

Como sorprendido de concitar tanta atención, silencioso ante los discursos de elogio, Quignard recibe con afecto a los peticionarios de firmas que se le aproximan. Se calza sus gafas, busca la página de cortesía y estampa una dedicatoria de tres palabras y una firma. Luego entrega el ejemplar y abraza sonriente al interlocutor apretando sus brazos, antes de dirigirse al ascensor acompañado de su corte de colaboradores.

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