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Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Feliciten a mi amigo Chufi

Hoy se casa mi amigo Chufi. Aviso por si le ven, para que lo feliciten. Mi amigo Chufi es menudito, le cuelga una sonrisa de la cara, y a veces dice cosas sin sentido como "Hola Periquito" o "Él vino en un barco". Por eso lo amamos. Más por las chorradas que por la sonrisa, vaya. O no.

Así que cuando ustedes lean esto yo, quizá, estaré asistiendo a una ceremonia. Nada ostentoreo, que diría aquel otro. Espero. En plan familiar, pero ceremonia al fin y al cabo, con su parafernalia, su ritualística, sus continuas referencias a la cultura popular escondidas aquí y allá. Vestido de traje, cómo no. Por obligación, como el resto, sospecho. Porque este asunto del traje hay que tocarlo solo en ocasiones especiales. Y, a ser posible, cuando uno realiza actos malignos, que es cuando mejor queda. Como si fuera parte de los gángsters en una peli de Tarantino (que le encantan a mi amigo Chufi, las pelis, no los gángsters), o algo peor. No sé, banqueros, o abogados.

Ponerse un traje para atracar un banco tiene pinta de ser un subidón, pero llevarlo todos los días mientras concedes hipotecas o citas el Código Civil no se queda atrás. Sospecho que el truco es la costumbre, que siempre da un puntito de chulería y una pizca de aplomo extra. También uno se viste así de bien al morirse. Guardar tu mejor traje para que te entierren con él y no estrenarlo nunca en vida, esa es toda una filosofía vital, nihilista o cosas de esas. Por no ensuciarlo, que en ciertas ocasiones hay que ir de punta en blanco, no vaya ser que te equivoques y haya alguien esperando. O algo, o muchos algos. Para una vez que vamos a estar en una reunión sin decir nada que pueda hacernos meter la pata hay que aprovechar, digo yo.

Contábamos que se nos casa el chaval, y parece que era ayer cuando trasegaba versos en forma de vino. O vino solo, que para el caso igual da. Y ahora mira tú… se reflexiona sobre la vida, sobre el pasar del tiempo, el río que nunca es el mismo y todas esas chorradas. Mientras tanto sube la marea, y a uno se le enredan los pensares como si pensar no tuviera suficientes enredos. Y el asunto torna tan oscuro que ni siquiera te sorprendes cuando el novio, pequeñajo, se acerca y te pregunta si llueve, Jose, que es como saluda mi amigo Chufi a veces, aunque tú no te llames Jose y no llueva desde agosto. Pero esas cosas son así, deliciosas por incomprensibles. O, quizás, solo incomprensibles.

En resumen, un auténtico cuadro. De los peores. De esos que se cuelgan donde las visitas no miran demasiado. Los de cacerías de ciervos o espantosas escenas de atardecer. Imaginen, todo el grupo con la impedimenta cambiada, con la americana colgante, con las corbatas que aprietan como si fueran promesas, las muy cabronas. Y el novio, que para eso solo es uno, descojonándose. Porque por ello paga, claro. Caminando como patos, zapatos nuevos de color negro que volverán a casa marcados de forma indeleble. Porque esa es otra. La descripción corresponde al principio. Unos minutos. Escasos. Mínimos. Tres fotos, o trescientas, que hoy en día nunca se sabe. Más tarde, el caos. Innominable, reptante, ominoso. Luces brillantes y bailes vergonzantes. El reino de la pachanga. Líbranos, por favor, de la ignominia. No nos permitas caer en ella. O no mucho. O déjanos olvidarlo rápido. Mejor esto último. Sin dolor.

Y entonces ya el pandemónium. Porque las camisas tornan manteles, los manteles tornan recuerdos y los recuerdos tornan bochornos. Y allí quien más quien menos anuda la corbata como si fuera la cinta de Rambo (John, posible candidato a la presidencia de Estados Unidos en el futuro, no se me pierdan) y estuviésemos perdidos en lo más profundo de los bosques de Minnesota. O de Wisconsin. Que, oigan, cambiando lo que haya que cambiar tampoco me iba a llevar yo las manos a la cabeza. Cosas más raras he visto en algunas bodas.

Pues eso, que mientras ustedes lean esto mi amigo Chufi se estará casando. Y entenderán que hoy no hable de política, ni de filosofía, ni de esas novelas pedantes que de vez en cuando me saco de la manga. No acompaña la fecha, claro. Es otra cosa. Así que sean comprensivos. Aquí y más tarde, si encuentran una panda de gañanes con traje. Pórtense bien, que somos buena gente, prometido. Ah, y feliciten a mi amigo Chufi si lo ven. Es el bajito que va vestido de novio.

Por cierto, su ya mujer a estas horas se llama Tamara. Es un cielo. Si con quien se cruzan es con ella… bueno, díganle que lo sentimos. Que lo sentimos mucho. No fue nuestra intención…

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15 de octubre de 2016 - 07:00 h

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