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OPINIÓN | En un país ordinario, por Antón Losada

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Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Tomar decisiones bajo presión

George Orwell en la radio.

El elefante había roto sus cadenas en pleno ataque de furia, había escapado y estaba causando estragos entre los puestos del mercado. El policía inglés en ese momento responsable de la seguridad del poblado de India salió a buscarlo, y la gente lo siguió. Al rato, el policía  encontró al elefante, junto al cadáver de un hombre al que acababa de matar. A pesar de ello, en ese momento el elefante estaba tranquilo, sacudiendo manojos de hierba antes de comérselos, así que el policía pensó que no hacía falta matarlo. Pero llevaba un rifle y dos millares de nativos lo seguían, interesados por el espectáculo y deseosos de la carne del animal. El policía se sintió incómodo. Se sintió idiota, con el rifle al hombro y una multitud que no dejaba de crecer tras él. 

Un elefante vivo es una enorme y poderosa máquina de trabajar, muy valiosa. Muerto vale lo que sus colmillos. El policía sabía que no era necesario matarlo. Y además, no quería. Pero allí estaba la multitud. Así que cargó el arma y disparó. Y una segunda vez, y una tercera. Y más adelante los dos tiros que le quedaban, para acortar la agonía del animal.

Abandonó el lugar antes de que el elefante muriera, porque no podía soportarlo más. El episodio lo disgustó tanto que abandonó su trabajo (que de todas maneras odiaba previamente), abandonó India y abandonó hasta su nombre. Dejó de llamarse Eric Blair y se hizo escritor con el nombre con que lo recordamos, George Orwell. Una de las primeras cosas que escribió fue «Matar un elefante», donde cuenta todo esto y termina diciendo que se ha preguntado muchas veces si los que lo vieron aquella mañana se dieron cuenta de que lo había hecho nada más que por no parecer idiota.

Esta historia nos lleva a reflexionar sobre dos cuestiones. La primera es si existe alguna insospechada relación entre matar elefantes y abandonar el trabajo, porque Juan Carlos de Borbón hizo lo mismo que Orwell hace unos años. La segunda, más relevante para la cuestión que nos ocupa, que constituye un magnífico ejemplo de cómo sentirnos presionados limita nuestra capacidad de reflexión y nos empuja con frecuencia a tomar decisiones equivocadas.

La mayoría de nosotros no matamos elefantes ni tomamos decisiones relevantes para la seguridad del colectivo; la mayor parte de nuestras decisiones tienen una trascendencia limitada. Pero nuestra capacidad de razonar con corrección sufre exactamente del mismo modo en presencia de presión externa.

Por ejemplo, el miércoles pasado sonó el teléfono cuando estaba en la cocina, pelando un ajo. Alguien quiere hablar conmigo. Inmediatamente tengo que optar entre dos posibilidades: una, posar el diente y el cuchillo que tengo en las manos, lavármelas a continuación para no proteger inadvertidamente al auricular contra vampiros, secármelas y descolgar el aparato, todo ello con mucha premura para evitar que el llamante se aburra y desista. O bien, posibilidad dos, pasar de todo y seguir pelando el ajo… resistiendo los insistentes timbrazos que parecen sonar con más autoridad cada vez. Pero para descolgar a tiempo hay que tomar la decisión con mucha rapidez, de ahí la presión. Y para decidir uno calcula las posibilidades del contenido de la llamada: ¿un familiar que precisa ayuda urgentemente? ¿Un amigo que quiere una charla que puede tenerse en cualquier otro momento? ¿Alguien que me ofrece una tarjeta de crédito «completamente gratuita para usted»? (Esta última llamada es muy frecuente. Pero no necesito más tarjetas, necesito dinero para pagar los compromisos que adquiero con la tarjeta que ya tengo. Pues, oyes, nunca hay oferta de dinero «completamente gratuito para usted». No sé si esta situación personal es extrapolable a todo el mundo, pero una pequeña encuesta entre mis amistades más próximas parece indicar que es bastante general. Es decir, hay un desequilibrio grave entre la oferta y la demanda: a la gente de este país le sobran tarjetas y le falta dinero. Al primer partido político que prometa hacer algo para corregirlo, le voto).

¿Que qué hice el miércoles pasado? Pues seguí pelando el ajo. Fue una decisión equivocada: la llamada era importante. Lo peor es que fue una decisión tomada por motivos nada pertinentes. Es lo que ocurre con la presión, que merma nuestra capacidad de razonar debidamente: Orwell se arrepintió toda su vida de haber matado al pobre paquidermo. En este caso, no cogí el teléfono porque recordaba la indignación que me produjo la última presión que sufrimos colectivamente los españoles, como si en esta llamada doméstica pudiera desquitarme de la otra. Me refiero a aquella llamada colectiva, con timbrazos cada vez más exigentes, para que permitiéramos a la banda de calzonazos que habíamos elegido diputados hacer presidente a Rajoy. Los timbrazos iban subiendo de volumen: el país se iba al carajo ya mismo si no teníamos corriendo un gobierno firme. Así que corrimos a dar el consentimiento. No nos dio tiempo ni a lavarnos las manos, no fuera que los llamantes colgaran. Por eso ahora todo el país apesta a ajo. Y agua.

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18 de enero de 2017 - 07:00 h

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