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El gran prestidigitador

El Rey, Rajoy y la clase política destacan el ejemplo de consenso de Suárez

J. Ramón González Cabezas

Adolfo Suárez era un tipo chuleta y cordial de genuino corte mesetario. Carecía de mundología y cultura, apenas chapurreaba un presunto francés, fumaba de modo impenitente y cultivaba una insaciable pasión por hacer carrera política en aquella España irreconocible de los tiempos de Franco. Un genuino representante de la impaciente tribu funcionarial de jóvenes cachorros del Movimiento Nacional que, en aquellos tiempos sombríos y convulsos de fin de régimen, aspiraban a remozar a su modo el Estado surgido de la cruenta Guerra Civil. En su caso, Suárez llegó incluso a teorizar sobre la importancia geoestratégica del estrecho de Ormuz y a flirtear con el movimiento de los No Alineados como flamante primer presidente de la nueva democracia española, lo que da medida de su peculiar osadía. Sin duda, casi todo estaba por aprender entonces.

Cuando en julio de 1976 fue fichado contra pronóstico por el Rey para ejecutar desde dentro el desmantelamiento del Estado franquista y poner rumbo a la democracia y la monarquía parlamentaria, nadie sospechaba que aquel chusquero de la política, según su propia definición, adquiriría en solo 1.670 días una talla de auténtico estadista. Ha sido necesaria su muerte al ralentí para abrir una pausa en la operación de descrédito y derribo del colosal edificio de la Transición forjado por el duque de Ávila, iniciada no por azar coincidiendo con el desplome del boom económico y el abrupto final de la grande bouffe española del cambio de siglo.

Con buen criterio, Suárez se apeó de este mundo de hecho hace ya más de una década al amparo de su dolorosa enfermedad. Tal vez fue para evitar asistir a ese extenuante proceso de autoflagelación colectiva y ahorrarse de antemano las honras fúnebres de quienes hoy presumen de estadistas y hasta citan o reclaman su legado para exhibir sus aspiraciones. Causa sonrojo asistir a la glorificación post mortem de quien fue considerado por unos como un traidor y por otros un aventurero advenedizo, del que nadie se reclamaba hasta ahora deudor o heredero. Dice bien Miquel Roca cuando reconoce que “con Suárez no lo hicimos bien, no lo tratamos como se merecía”. Sin duda Adolfo Suárez duró el tiempo que la derecha pura y dura, por un lado, y la izquierda democrática, por otro, consideraron límite para las atribuciones y las propias capacidades del Gran Prestidigitador de Cebreros, una vez consumada la fase constituyente en 1978.

La pasión y muerte política de Adolfo Suárez arranca, en efecto, en las elecciones legislativas subsiguientes de 1979 y culmina de forma épica en su brusca dimisión en enero de 1981 y su enérgica actitud frente a la tropa golpista que irrumpió en el hemiciclo del Congreso pocas semanas después. Quienes pudimos seguir en vivo y en directo la increíble peripecia de quien pasó de Ministro Secretario General del Movimiento a primer presidente electo español desde el dramático final de la II República, aún apenas damos crédito al éxito –incontestable- de su enorme tarea. La gran aventura no fue cosa exclusiva de él, pero sin él no habría ocurrido. Se diga lo que se diga, habría sido para mal. El desencanto de hoy es obra de otros.

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