Jesús Bel, cura de la cárcel que visitará el Papa: “Ni la prisión ni la justicia punitiva sirven para nada”
Jesús Bel (Zaragoza, 1964) lleva toda su vida adulta metido en una cárcel. Pero no como delincuente, sino como párroco. Es miembro de la Orden Mercedaria, que se dedica a los cautivos y, desde que se ordenó sacerdote ha dedicado su tiempo a los presos. Tanto es así, que vive en un piso en el que acogen a presos que se encuentran en permiso penitenciario y comparte techo, plato y conversaciones con ellos. Sean católicos o no.
Ha pasado por cárceles de Lleida y de València. También fue el párroco de la Modelo cuando la cerraron. Pero eso fue justo cuando volvió de Venezuela, donde pasó 24 años en la cárcel de Maracaibo, considerada una de las más peligrosas de Latinoamérica. “Cuando volví a España, me parecía un colegio mayor”, bromea el padre Bel, que muestra en su teléfono un videoclip del grupo de rap Los Catedrátikos, grabado en esa cárcel donde estaba destinado. Mira la pantalla y va contando las armas que los reos muestran orgullosos ante las cámaras. “Era terrible, aunque a mí me respetaban”, cuenta.
Hace décadas de eso y ahora es el referente espiritual de la cárcel de Can Brians, que se ha convertido en noticia porque será el centro penitenciario que el Papa León XIV ha escogido visitar durante su estancia en España. Bel está “en una nube” y quiere aprovechar la llegada del pontífice para derribar prejuicios y evidenciar las carencias de un sistema que, dice, no sirve para prevenir la delincuencia.
¿Qué hace un cura en la cárcel?
Es el encargado de toda acción de la Iglesia y de atender al preso que lo solicite. Pero no nos cerramos a entrar en una conversación con cualquiera, sea creyente o no.
¿De qué habla con los presos?
La cárcel rompe mucho. Estoy en una prisión de preventivos, de gente que está a la espera de un juicio y que tiene mucho miedo. Son personas que pensaban que se comían el mundo, que lo dominaban todo. Y, de repente, van presas y el mundo se acaba. Tienen una vulnerabilidad muy profunda y mucha necesidad de contar con alguien que escuche sin juzgar.
¿Hay muchos creyentes en la cárcel?
Muchos, la verdad. Más que en la calle. Los porcentajes de asistencia a las misas son más altos entre la población presa. Cuando se cae todo, uno tiende a mirar hacia arriba y empiezan a salir intereses que antes no tenían porque estaban metidos en otras cosas.
¿Los presos tienden a sentirse abandonados por Dios?
Hay muchas personas que, para pedir ayuda, necesitan estrellarse muchas veces y muy profundamente. Cuando todo se derrumba, lo primero que aflora es la rebeldía porque los seres humanos tenemos la tendencia a buscar culpables fuera de nosotros. Y el culpable que más aguanta es el de arriba. “Si Dios me quisiera, yo no estaría aquí”. Bueno, igual tú tienes algo que ver con estar aquí, ¿no?.
Pero la cárcel pone a todo el mundo en su lugar, a veces de una manera demasiado dura, y la gente acaba reflexionando. Muchos que habían renegado, acaban en misa.
¿La fe aguanta un proceso penitenciario?
Es la que lo hace sobrellevable. La fe es el alimento de la esperanza y, si la esperanza se pierde, ya no queda nada. Pero no hablo sólo de la fe en Dios, sino también en uno mismo y en las propias posibilidades. Los creyentes decimos que la razón por la que alguien que ha caído en lo más profundo puede volver a creer en sí mismo es porque sabe que Dios sigue creyendo en él.
¿Y los que no creen?
También necesitan fe. El que cree, la tiene enfocada de manera más clara y directa, pero el que no cree en nada todavía puede creer en sí mismo. La fe no es exclusiva del cristianismo, es algo fundamental para no abandonarse.
En menos de un mes tendrán la visita del Papa. ¿Cómo recibió la noticia?
Estamos como en una nube, felices porque el hecho de que venga el Papa hará que el mundo ponga la mirada en la realidad de la cárcel y en esas personas que están al margen, de las que nunca nadie se acuerda. Y, cuando se acuerdan, nunca es para desearles lo mejor. Él les visibilizará y eso les ha dado un subidón de alegría. Les desborda saber que están en el corazón del Papa. Y a nosotros también: lo estamos preparando lo mejor que sabemos y podemos.
En la cárcel cabe todo el mundo, pero no todos los problemas deberían ser tratados en la cárcel
¿Qué mensaje espera que el Papa pueda lanzar al mundo para que cambie la visión que tiene la sociedad sobre los presos y las cárceles?
La pastoral penitenciaria nunca justificará el delito porque es malo y punto. Ahora bien, cuando conoces las historias de los presos, la ausencia de cariño, de familia y arraigo, y los maltratos que han sufrido... Insisto, el delito no se justifica, pero se entiende por qué han ido por el mal camino. Delinquir nunca es la solución, pero no sé qué habría hecho yo en su situación.
Aunque esto no aplica para todos los presos ni todos los delitos, sí los hay que son más víctimas que delincuentes. En la cárcel cabe todo el mundo, pero no todos los problemas deberían ser tratados en la cárcel.
¿Dice, pues, que la cárcel no es la mejor manera de pagar por un delito?
No. La pastoral penitenciaria lleva 40 años defendiendo la justicia restaurativa, porque ni la cárcel ni la justicia punitiva sirven para resolver nada. Sólo castigan el delito; llevan a alguien a la cárcel por algo que ha hecho, pero no resuelven el por qué lo ha hecho. La gente no se hace mejor a base de castigos y represiones.
Las vidas destrozadas pueden ser restauradas, pero sólo con aquello que no tuvieron: amor y comprensión. El Evangelio dice que el mal sólo se puede vencer con el bien. Si lo atacas con mal, el mal crecerá.
Los presos catalanes llevan años denunciando malas condiciones y malos tratos en las cárceles. ¿Qué le cuentan?
El control se consigue con disciplina, que puede ser mayor o menor. Y hay internos que la toleran más que otros. El reglamento penitenciario está muy bien para que todo funcione como la seda, pero no para permitir que nadie piense que las cosas podrían ser de otra manera. El preso entra en una maquinaria que lo modela al estilo de la cárcel. Por eso, cuando se sale, toda lo que se ha trabajado para la rehabilitación no da el fruto que se esperaba.
¿Qué cambiaría de la cárcel?
Haría que mirara más hacia afuera. La cárcel no resuelve el problema ni lo evita. Simplemente sirve para aislar a una persona que ha cometido un delito y estar tranquilos un rato. Pero luego va a salir y no sabemos si mejor o peor. La justicia punitiva no resuelve. La restaurativa, en cambio, estudia por qué alguien ha llegado al punto de delinquir y busca resolver el problema en origen, no sus consecuencias.
En todas las prisiones hay problemas y abusos que no se pueden controlar porque el preso tendrá que demostrar sus acusaciones y es muy difícil demostrar nada en la cárcel
Me gustaría insistir: ¿Le han llegado quejas de los presos relativas a malos tratos en las cárceles?
La disciplina no gusta a nadie y es verdad que puede ser un poco fuerte en determinados momentos. Eso puede llevar, por el lado del funcionario, a cometer abusos y, por el lado del preso, a percepciones un tanto extremas.
En todas las prisiones hay problemas y abusos que no se pueden controlar porque el preso tendrá que demostrar sus acusaciones y es muy difícil demostrar nada en la cárcel. En cualquier caso, los internos se quejan de todo: de la comida, del trato, de que el abogado no les va a ver o de que hay muchos internos para cada profesional.
¿Son quejas legítimas?
En cierto modo sí. Lo que falta, sobre todo, son profesionales. Cuando la custodia se hace con falta de personal, a veces, se tiende a evitar situaciones de colapso con técnicas que pueden llevar a un cierto maltrato.
Sí creo que hay un deseo de la administración de erradicar los abusos, los maltratos y las torturas en las cárceles. Es cierto que se dan, pero también es cierto que no es lo común… Bueno, yo es que he estado en cárceles muy extremas, como la de Maracaibo, en Venezuela y lo que he visto en un lugar y en otro no tiene nada que ver. Aunque es verdad que no debería relativizar tanto.
Un día, un recluso me hizo una reflexión que se me quedó grabada. Se quejaba de la comida y yo le dije que no lo hiciera, porque él, al menos, comía tres veces al día, mientras que en Venezuela, con suerte, se comía una. Y me dijo que él también vivía en una jaula, aunque la suya fuera de oro.
¿Qué es más difícil de conseguir, el perdón de la sociedad o el perdón de Dios?
El perdón de Dios es instantáneo. La respuesta de Dios al pecado, y el delito es pecado, es el perdón. El pecado nos puede parecer algo muy místico, pero para nada: es mucho más común de lo que uno piensa. El pecado es la avaricia que lleva a alguien a atracar, disfrazado de necesidad.
El perdón de la sociedad es otra cosa. Pero, al final, el que cuesta más de conseguir es el perdón de uno mismo. La sociedad condena muy fácilmente, por eso los sistemas penitenciarios restrictivos son los que tienen más éxito. La sociedad tiende a rechazar al delincuente, pero la persona es mucho más que el delito que ha cometido.
Dice que el pecado de la avaricia lleva al robo. Pero muchas veces el robo viene de la necesidad, y eso no es pecado. ¿Tendemos a moralizar los delitos?
Cuando hablo de pecado, hablo de la transgresión. Y eso no es justificable. Personas con la misma historia pueden tener respuestas distintas: frente a la necesidad, la solución no siempre es robar.
Pero hay robos que sí están motivados sólo por avaricia y no por necesidad.
Sí, y son distintos. Y cada cual debe reflexionar de acuerdo a su historia. Si no, creamos el mito de Robin Hood, que se hizo bueno porque ayudaba a los pobres, pero la motivación que le llevaba a robar estaba dentro del esquema de pecado.
¿Robin Hood era pecador?
Sí.
¿El pecado tiene graduaciones?
Naturalmente. Jamás será lo mismo el robo por avaricia que el motivado por necesidad. De hecho, Santo Tomás dice que, en caso de necesidad, todos los bienes son comunes. Por eso, el robo por necesidad es un pecado mínimo al lado del que está motivado por la avaricia, que es uno de los pecados arrolladores: quien lo sufre, nunca tiene suficientes posesiones, poder y placer. Y se mete en una espiral que lleva a toda clase de delitos.
Hay muchos tipos de delitos en la cárcel. Pero yo jamás le preguntaré a alguien por qué está preso. Puedo llevar años hablando con él sin saber qué ha hecho. A mí no me corresponde juzgar; eso es cosa de un juez, que aplicará la ley para una sentencia ajustada. Pero claro, todo depende del dinero que tengas: si puedes permitirte un buen abogado, seguramente la ley te beneficiará más.
Haré de abogada del diablo, si me permite el juego de palabras: Hemos quedado en que un robo motivado por el pecado de la avaricia es mucho peor que uno motivado por la necesidad. Pero, a su vez, es posible que quien roba por avaricia se pueda permitir un mejor abogado y, por tanto, tenga una condena menor que quien lo hace por necesidad. ¿Dónde deja eso la justicia divina? ¿No debería Dios ayudar al más vulnerable?
La justicia divina ya se ha aplicado perdonándolos a ambos. Si uno de ellos pasa más tiempo que otro en la cárcel, eso ya nos corresponde a nosotros. Dios no se tiene que meter en todos y cada uno de nuestros asuntos.
Pero se podría esperar de Dios que hubiera ideado algún tipo de sistema para que el pobre no fuera el más castigado.
Dios ya nos ha dado las herramientas para que nosotros seamos justos.
¿Y lo somos?
No. ¡Y así nos va! [Risas]. Tenemos las herramientas para fomentar sistemas más justos que eviten que se tenga que robar para comer. Pero si ambos tenemos dos manzanas y tú quieres cuatro, pues te vas a llevar las dos que son mías… Y eso no es culpa de Dios. No es justo que le culpemos de lo que no hemos sabido hacer bien nosotros. Pero es cierto que, teniendo esas herramientas, si las hubiéramos sabido usar, habría gente que jamás habría tenido que delinquir.
¿Cree en la reinserción?
Hay personas que sabes, desde el momento que cruzan la puerta, que reincidirán porque el contexto que les llevó a delinquir no se ha quebrado. Siguen siendo lo que eran. Se necesita mucho apoyo y comprensión para reinsertarte. Pero el sistema no siempre colabora.
Cuando existía el subsidio de excarcelación [que quedó substituido por el IMV], este no se cobraba hasta tres o cuatro meses después de salir de la cárcel. ¿Por qué? Pues porque no se podía tramitar hasta que el preso dejaba de depender de la prisión. Y claro, hasta que se formalizaba, eran meses sin ayuda para comer, dormir o vestir. Y hubo mucha gente que volvió a robar. No puedes abrir las puertas de la cárcel y echar a alguien a la realidad sin más.
¿Es por eso que crearon este hogar mercedario? ¿Cómo funciona?
Es nuestra manera de aportar un granito de arena. Damos acogida a los presos que no tienen arraigo o familia y les damos la oportunidad de tener una salida más sosegada. Cuando tienen permisos, sean permisos ordinarios, libertad condicional o tercer grado, los pasan e esta casa y van teniendo un contacto paulatino con la sociedad. Aquí tienen un ambiente tranquilo donde pueden acometer los siguientes pasos sin ansiedad porque, no nos engañemos, es difícil encontrar vivienda y trabajo si vienes de la cárcel.
Hay muchos prejuicios y estereotipos relacionados con todo lo que tiene que ver con la seguridad, como el que relaciona migración con delincuencia.
No hay ninguna relación entre una cosa y la otra. Y es muy injusto que se meta a todos los migrantes en el mismo saco. Claro que habrá algunos que no hayan aprovechado bien su estancia y cometan delitos, pero no son ni mucho menos la mayoría. Creo que tendría que haber un poco más de cultura de acogida, porque no vienen a fastidiarnos la vida a nosotros, sino que vienen huyendo de situaciones extremas. No es por caer en el tópico, pero España también tuvo que migrar una vez para buscar un futuro.
Muchas de las personas que tienen esos discursos lo hacen ondeando la bandera del catolocismo. Como párroco, ¿qué le parece esta instrumentalización de la religión?
Están equivocados. El Evangelio habla de acogida, no de exclusión. Es más, hay un texto en específico, Evangelio de San Mateo capítulo 25, que habla del Juicio Final. Las preguntas de ese examen están ahí y dice que, cuando llegue el final de los tiempos, Dios separará al rebaño y a unos les dirá: “Venid, benditos, porque tuve hambre y me disteis de comer. Y tuve sed y me distéis de beber. Y estuve enfermo y me visitasteis. Estuve en la cárcel y vinisteis a verme. Y era forastero y me acogisteis”. Si un cristiano ha leído eso, no puede señalar y criminalizar a un extranjero. ¿Qué Evangelio lee quien rechaza al inmigrante? Me lo tendrán que explicar.
¿Cree que los líderes de la extrema derecha católica suspenderían el examen del Juicio Final?
Tendrán que poner más interés en prepararlo bien si no quieren suspender, sí. Aunque están a tiempo. Concepción Arenal, que fue una gran criminóloga, tenía una frase muy bonita que, además, estaba en la puerta de entrada en la Modelo: “Odia el delito y compadece al delincuente”. Ni más ni menos.
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