El secreto de La Plata, el histórico bar que resiste en la Barcelona turística a base de pescado frito y tomate
No son más que seis mesas y una barra en un reducido espacio de 30 m², pero la fama del bar La Plata, y en especial sus archiconocidas tapas, se extiende por toda Barcelona y más allá. Sus 81 años de historia, ajenos a las modas gastronómicas y al boom turístico, fieles a su pescado frito y a su ensalada de tomate, les avalan, y quedan ahora recogidos en el libro La Plata. El bar de Barcelona.
Fundado en 1945 por Pepito Marjenet y Quimeta Planas, en la estrecha calle Mercè del barrio Gòtic, La Plata ha sobrevivido a las cartillas de racionamiento de la posguerra, a crisis económicas de toda índole, a los cambios urbanísticos de los Juegos Olímpicos, a la pandemia… Y desde hace un tiempo resiste al turismo masivo.
“Barcelona ha cambiado casi toda… Menos la Plata. Nosotros seguimos igual”, proclama Anna Marjenet, dueña y cocinera hoy jubilada.
Por este minúsculo bar, que conserva los mismos azulejos que heredó de una bodega del siglo XIX, han comido desde el futbolista Cholo Sotil hasta el líder de Tame Impala –los visita cada vez que toca en Barcelona–, pasando por Allen Ginsberg o Juan Luis Guerra. Pocos clientes tan queridos como Pau Donés, que fue su vecino y les dedicó una canción –“por un peixet de la Plata daría lo que fuera”–, o los hermanos Adrià, que no dudan en recomendar su “magia”.
A las 12:00 horas de un jueves, Anna Marjenet y Roger Pascual, madre e hijo, segunda y tercera generación de plateros, atienden a elDiario.es justo antes de la hora punta. Roger, periodista de oficio, es el autor del libro La Plata. El bar de Barcelona, un ejercicio de memoria histórica familiar y gastronómico, testimonio de una ciudad ya desaparecida. Se suma a la charla, aunque sin salir de la barra, José Gómez, el “tío Pepe”, incombustible camarero desde los 15 hasta sus 69 años actuales.
“El alma de La Plata es difícil de describir, es el espíritu del esfuerzo de mis padres, su dedicación absoluta, y es el lema de mi padre, que era muy generoso: cuanto más doy, más tengo”, explica Anna, que lleva tatuada la frase en el antebrazo.
La Plata es un bar que abraza el ruido y la jarana, pero que al mismo tiempo ofrece la seguridad de un menú popular que tiene 80 años de historia (solo modificado ligeramente en 1994). “El éxito es la continuidad de la idea de mis padres: poco producto, pero de mucha calidad”, dice Anna. Son cuatro tapas, como cuatro hijas tuvieron Quimeta y Pepito: boquerón frito, anchoas del cantábrico, ensalada de tomate, cebolla y aceitunas arbequinas, y butifarra.
Los precios, además, son de otra época. Entre 2,50 y 3,50 euros la tapa. 12 el menú completo. “Podríamos subirlos, poner la tapa a 10 euros como el resto, y los turistas lo pagarían, pero queremos mantener el público popular”, reivindica Roger. Los visitantes que se acercan lo hacen casi como a un museo. “Para conocer cómo eran las tascas de la Barcelona auténtica”, explica el autor del libro.
El sacrificio fundacional de una pareja joven
Pepito, avispado camarero que sirvió como cocinero en la Sexta Brigada republicana durante la guerra, decidió montar por su cuenta La Plata junto a su mujer, Quimeta, en plena posguerra. Una detención en la comisaría de Via Laietana y posterior encarcelamiento en La Modelo estuvieron a punto de darlo todo al traste. Pero le salvó, cómo no, su clientela, entre la que se contaban estibadores, soldados norteamericanos… Y altos cargos policiales.
“Los inicios fueron tremendos, mis padres dormían en el altillo”, explica Anna, en referencia al diminuto espacio de apenas un metro de altura detrás de la barra. “Se levantaban a las 5:00, para hacer el desayuno a los portuarios, y cerraba a las 23:00. Trabajaban muy duro”, recuerda la mujer.
Habiendo crecido entre mesas y tapas, Anna llegó a la edad laboral sin querer saber nada. Su juventud daría para otro libro. Asidua de ambientes izquierdistas durante la Transición, fue amiga de figuras tan diversas como Salvador Puig Antich y de Isak Andic, incluso de una mujer que acabó condenada por el atraco del Banco Central en 1981. Anna trabajaba aquella época de secretaria, pero se quedó embarazada y la echaron, y se refugió entonces en los fogones de La Plata, de donde ya no saldría.
Más de una vez los clientes y amigos les animaron a ampliar el bar, a montar otra sucursal. “Pero entonces La Plata ya no sería única”, dice Roger.
Además del menú, el otro gran secreto de La Plata es no haber perdido la identidad a pesar de modas y crisis. Ni siquiera ha cambiado Pepe, el camarero, desde que se puso a servir tapas en 1972.
En la Barcelona de 2026, y con una ubicación a cinco minutos del mar y de la Rambla, esto es nada menos que una proeza. Durante los 60 y 70, su calle, la Mercè, era conocida como la senda de los elefantes, porque en ningún lugar como allí se veían tantas trompas, pero de todos aquellos locales solo queda La Plata. Para Roger, que creció en esa misma calle, es una pena: “La ciudad pierde personalidad, cierran muchos locales, y los que abren son todos iguales”.
Pero Anna es más optimista sobre las bodegas con solera. “Ahora hay un repunte, ganas de recuperar y conservar los sitios antiguos, y de hacer más caso a la personalidad que a la moda”, afirma.
Sea como sea, el gran reto ahora será dar relevo a la barra cuando Pepe cuelgue definitivamente el delantal. El plan es que lo lleve Max, hijo de Roger, cuarta generación platera. Tiene ahora un año y medio. “Pepe solo tiene que aguantar 18 años más, ¡pero es que está más en forma que yo!”.
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