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Sobre este blog

No sabemos muy bien adónde vamos, nunca lo hemos sabido, aunque a veces hemos creído que sí. Pero hasta aquí hemos llegado y desde aquí partimos cada día para intentar llegar a algún otro sitio, procurando no perder la memoria y utilizando el sentido crítico a modo de brújula. La historia —es decir, los que se apropien de ella— ya dirá la suya, pero mientras tanto nos negamos a cerrar los ojos y a dejar de usar la palabra para decir la nuestra. En legítima defensa.

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No sabem ben bé a on anem, mai no ho hem sabut, encara que de vegades hem cregut que sí. Però fins ací hem arribat i des d’ací partim cada dia per a intentar arribar a algun altre lloc, procurant no perdre la memòria i utilitzant el sentit crític a tall de brúixola. La història —és a dir, els que se n’apropiaran—ja dirà la seua, però mentrestant ens neguem a tancar els ulls i a deixar de fer servir la paraula per a dir la nostra. En legítima defensa.

Las pilas

Robinson Crusoe - N. C. Wyeth.

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Todavía prefiere las estilográficas a los bolígrafos, las máquinas de escribir manuales a las eléctricas, los relojes mecánicos a los de cuarzo, los mecheros de bencina a los de gas, los periódicos de papel a los digitales, los libros en rústica a los electrónicos, y del teléfono fijo le gusta el hecho de que, aunque se vaya la luz, siga funcionando. Le gusta lo que no depende de la corriente, lo que no necesita pilas, lo que se puede recargar con lo que hay a mano y no requiere inciertos suministros o recambios a medida. Prefiere cualquier buena herramienta manual al más moderno de los dispositivos, y aunque no tiene más remedio que utilizarlos, lo hace con una secreta aprensión. Le gustan las navajas suizas; siempre llevó una en el bolsillo por si había que cortar algún cordel, y también llevaba el cordel por si había que atar algo. Le gusta lo que funciona mediante unas leyes físicas elementales e intuitivas, todo lo que es autónomo, lo que se llevaría uno a una isla desierta y seguiría funcionando. Viene de un mundo que se bastaba a sí mismo, que producía lo necesario para la subsistencia de quienes vivían en él, en el que regía la máxima autosuficiencia personal y una solidaridad básica, de socorro mutuo.

Recuerda la sensación de libertad que sentía cuando salía del trabajo. Este quedaba atrás y el tiempo le pertenecía. Ahora está permanentemente conectado a los demás —los demás a él, más bien— y se ha ganado fama de esquinado porque no responde automáticamente a sus constantes interpelaciones. No entiende por qué todos dan por supuesta la disponibilidad de los otros en todo momento. No entiende por qué se ha ido perdiendo el respeto por la vida privada, tanto la propia como la de nuestros semejantes, y por qué ya no aquilatamos lo que decimos antes de decirlo. Supone que es porque pensamos que, si cometemos una estupidez, podemos repararla con la misma inmediatez con la que la hemos cometido, lo que implícitamente supone reconocer que lo que decimos no tiene la menor sustancia. Ni vigencia ni importancia, por eso hay tantos que se pasan el día largando sin parar, en una permanente huida hacia adelante. Le gustaba la compañía, pero nunca temió a la soledad, que daba lugar a una placentera intimidad, no a la melancolía. Siempre prefirió la amabilidad comedida a la excesiva solicitud, un gesto cómplice a cien consejos formularios, un gramo de verdad a mil mentiras piadosas, una discreta palmada en el hombro a cuarenta abrazos protocolarios, una sonrisa a una carcajada. Carecía de sentido gregario; aunque fuera en compañía, siempre iba a la suya. Prefería observar a ser observado, callar si creía que no era dueño de sus palabras, irse a estar por estar. Aborrecía la cháchara y amaba la música cuando era la forma perfecta que adoptaba a veces el silencio, no el banal ruido de fondo en que se ha convertido.

Un mundo como el de ahora en el que nadie, ni siquiera quienes lo construyen y modifican afanosamente, sabe cómo va nada, le parece inhumano y peligroso, y añora sin reservas aquel otro mundo analógico, ya desaparecido, cuyo funcionamiento todos entendían porque mostraba abiertamente su mecanismo, todo estaba visiblemente relacionado, todo funcionaba de modo parecido, una cosa ayudaba a entender otra, una te llevaba a la otra, el conocimiento perduraba y se amalgamaba con la experiencia, lo que se aprendía un día seguía siendo válido al día siguiente, y la vida era razonablemente predecible. No entiende cómo se ha dado en llamar era del conocimiento a una que nos hace cada vez más tontos. Cada vez más ignorantes son desautorizados, burlados y humillados mientras buscan los botones adecuados en una variedad de máquinas expendedoras, cajeros automáticos, parquímetros o retretes de pago, o se ven abocados a la pantalla del ordenador o del móvil para tratar de resolver problemas que no resuelven nada que no estuviera resuelto ya de otro modo. Ignorantes que para saber si han de cagar o dar cuerda al reloj, hacia dónde han de girar, qué día es hoy, cuánto es dos y dos, de dónde sopla el viento o si el corazón les late adecuadamente, lo han de consultar en una pulserita conectada a un satélite. Ignorantes que miran fascinados cómo las persianas suben solas, las luces se encienden automáticamente o un robot aspira el suelo por su cuenta. Ignorantes que hablan a un conjunto cada vez más numeroso de artefactos electrónicos convencidos de estar dirigiéndose a unos seres que, supuestamente, están tan vivos como creen estar ellos.

A veces piensa que los grandes males que aquejan al mundo se solucionarían con algo tan aparentemente sencillo como erradicar las pilas, pero sabe que eso no va a suceder, que el mundo ya no sabe vivir sin ellas, y que el día en que fallen todo se irá a hacer puñetas. Hasta ahora las bicicletas se libraban de la maldición, pero con la electrificación de todo lo que se menea, también eso se ha jodido. Visto lo visto, e intuido lo que está por llegar, solo una cosa agradece, y es la pérdida de todo interés por ese futuro permanentemente enchufado. No habría cambiado las caricias o las palabras amables de una cuidadora —en femenino, porque cada uno es como es— por el tratamiento más costoso y sofisticado, pero desde que tuvo aquello le hacen el seguimiento por teleconferencia y han puesto a su cuidado a un robot que tiene un inquietante aspecto humano, le habla con una voz monocorde, falsamente amable, y va viene por toda la casa con sus leds de colores y sus bip-bips, sorteando la aspiradora automática y haciendo crujir un montón de relés. Lo vigila con un celo implacable, le toma puntualmente la tensión y le recuerda cuándo y qué pastillas ha de tomar. Solo parece bajar la guardia cuando se conecta a la pared para recargar las pilas. Está calibrando si en esos momentos duerme o se hace el sueco, porque puede que sea el momento adecuado para abalanzarse sobre él y meterle la navajita suiza entre sus cibernéticas costillas.

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No sabemos muy bien adónde vamos, nunca lo hemos sabido, aunque a veces hemos creído que sí. Pero hasta aquí hemos llegado y desde aquí partimos cada día para intentar llegar a algún otro sitio, procurando no perder la memoria y utilizando el sentido crítico a modo de brújula. La historia —es decir, los que se apropien de ella— ya dirá la suya, pero mientras tanto nos negamos a cerrar los ojos y a dejar de usar la palabra para decir la nuestra. En legítima defensa.

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No sabem ben bé a on anem, mai no ho hem sabut, encara que de vegades hem cregut que sí. Però fins ací hem arribat i des d’ací partim cada dia per a intentar arribar a algun altre lloc, procurant no perdre la memòria i utilitzant el sentit crític a tall de brúixola. La història —és a dir, els que se n’apropiaran—ja dirà la seua, però mentrestant ens neguem a tancar els ulls i a deixar de fer servir la paraula per a dir la nostra. En legítima defensa.

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