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Opinión – Vayamos aún más allá, por Elisa Beni

CV Opinión cintillo

Ya puedo decirlo: fui podemita

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Hace un par de semanas quedé con amigos de distintos partidos. En el transcurso de la comida, una persona con altas responsabilidades institucionales nos contaba que creía que Isabel Bonig estaba pasando aceleradamente por las 5 fases del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Esa referencia al duelo y sus fases, se quedó aleteando en mi mente y me ha servido para hacer un ejercicio de introspección.

Podemos fue mi primer amor militante. Fui uno de esos casos en los que se hacía real el mensaje del proyecto original, en parte herencia del 15M: “personas comunes que se acercan a la política por primera vez”, “aquellos a los que las instituciones y partidos les resultan totalmente ajenos”, “los que han decidido hacer política para que no se la hagan”.

No es que el mío fuera un caso especial. Era el perfil mayoritario entre las personas que desbordamos la política bipartidista y al propio Podemos desde sus círculos. Pero sí fue un perfil muy poco común entre quienes llegaron a ejercer realmente la representación institucional.

El caso es que en ese ejercicio de introspección, he confirmado que el primer amor no se olvida fácilmente. Dos años va a hacer desde que hice pública la ruptura y sin embargo las fases del duelo se han alargado y entremezclado, incluso desde mucho antes del divorcio formal.

Me negué a reconocer que la deriva con respecto al proyecto original no tenía vuelta atrás, que íbamos directos al espacio tradicional de IU. La ira apuntó primero a quienes me intentaban hacer ver que era irremediable y después hacia los verdaderos responsables de la dirección política. Negocié una y otra vez en mi mente la defunción del proyecto que me había apasionado, primero salvando al líder (“esto no puede ser cosa de Pablo, no debe saber a quién ha puesto a los mandos”), después intentando salvar pedazos (“Estatal está perdido, pero en lo local podremos trabajar, intentemos cambiarlo”.).

La depresión ha sido la fase más larga. Celebré el “pacto de las empanadillas” (Carmena - Errejón) y la alianza de Más País con otras fuerzas como Compromís, pues por un lado entendí que lo peor que se podía hacer era no hacer nada, y por otro me seducía el horizonte que esbozaba. Sin embargo, la fase de depresión seguía ahí. Mi pareja, amistades y familiares pueden dar fe de ello. Creo que la frase que más escuché a mis seres queridos en 2020 fue: “si quieres deprimirte, habla de futuro político con Berto”.

El caso es que hasta hace poquísimo estaba convencido de haber llegado a la fase de aceptación, que no era negativo en exceso, simplemente hacía un análisis realista. Pero había cosas que no cuadraban con la aceptación. Si elegía camiseta para estar por casa, nunca era la desgastada camiseta morada con círculos en ella. Cualquier otra tenía preferencia. Recordar lo que fue y pudo haber sido, seguía siendo doloroso.

La noche electoral del 4M me alcanzó la aceptación de forma inesperada. Él, que formaba parte de un comando mediático que me hizo soñar, estaba en el atril. Detrás suyo había muchas personas, seguro que válidas, pero ya no eran ellos, hacía mucho que no eran ellos. Y entonces lo dijo: lo he hecho lo mejor que he podido, no es poco aunque no es lo que queríamos, no es lo que os prometimos ni como lo prometimos, pero he podido llegar hasta aquí.

Quizás no os dijo eso a vosotros, pero sí a mí. Vi en su cara la derrota y el cansancio del asqueroso acoso sufrido. El ciclo del Podemos original se cerró hace mucho. Mutó a su ciclo, al ciclo de Pablo Iglesias, y con el final de su ciclo, pude reconciliarme con mi propia experiencia. Pude volver a sentir orgullo de lo vivido y realizado por encima de cualquier otro sentimiento.

El duelo acabó y maldije los resultados. La televisión conectó con otro partido, con otro atril. En él, una mujer sonreía tímidamente. No podía estar totalmente satisfecha pese a su éxito. A su lado, manteniéndose en un estudiado y discreto segundo plano estaba él. El de los análisis certeros y eficaces, el de las formas agradables. El que se creía el Podemos original porque lo había teorizado primero.

Tras días convulsos en los que el PSOE parece decidido a marcar algún tipo de récord de errores no forzados en el menor tiempo posible, la mañana del lunes 11, Ferreras llevaba a Íñigo a su tertulia.

Íñigo dibujó con palabras un futuro optimista en el que el espacio que nacía estaría anclado a los valores del feminismo y el ecologismo (sí, los espacios políticos pueden crearse, crecer, evolucionar y también pueden morir). Cuando mencionó la ola verde europea y sus previsibles éxitos, Ferreras le cortó: “Pero usted ya sabe que los Verdes alemanes son una fuerza muy transversal, que no se apuntan a bloques, que contraponen como usted decía en Podemos a los de arriba y los de abajo, no a la izquierda contra la derecha”. Íñigo no pudo evitar una media carcajada. “A mí me vas a asustar con la palabra transversal, que llevo 10 años dando la paliza con el tema.”

En el nacimiento de Podemos algunas personas nos dedicamos a ir barrio a barrio y pueblo a pueblo ayudando a crear nuevas asambleas, nuevos círculos. El mensaje que difundíamos era claramente hijo del 15M: “autoorganización”, “no nos representan”… Mensajes que se siguieron repitiendo mucho después por personas que no estuvieron allí y poco las creían.

Sin embargo, había un mensaje que causaba cierto estupor en algunos militantes experimentados. No entendían que lo dijéramos tan abiertamente y mucho menos que nos lo creyéramos. Un mensaje que sí fue borrado en cuanto pudieron:

“Podemos es una herramienta, es nuestra herramienta. Una con la que queremos transformarlo todo. Y el día que deje de ser útil, la tiraremos y usaremos otra.”

Percibo entre la gente con la que me encuentro y me contacta estos días (me ha sorprendido cuánta) que mi historia personal tiene más de generacional (la generación que se indignó, sin importar su edad) que de particular. Que hay mucha gente que se siente centro, o izquierda, o animalista, o ecologista o desencantada, o parte de ese 99% del que se aprovecha el 1% más poderoso. Mucha gente que desde hace algún tiempo ha vuelto a hacer algo que el Podemos inicial impugnó: “¿No estás cansada de taparte la nariz para votar?”.

Hay mucha gente triste con los resultados del 4M y también otra que cree que ha votado la menos mala de las opciones pero que no cierra la puerta a una oferta mejor en el futuro. No conviene olvidar que en las elecciones que se produjeron el año del 15M, Mariano Rajoy arrasó. El fruto electoral de la indignación llegó después, cuando unas personas imaginaron una alternativa que no era posible. Una alternativa de infinito potencial que le hablaba a la mayoría, al 99%. “No vamos a pedirle el carné de pureza ideológica a nadie”.

Nos dicen, de nuevo, que no queda espacio para otra alternativa. Dicen que construir pegados al territorio desde sus peculiaridades no tiene andamiaje posible. Dicen que la gente vota por bloques. Dicen que no es posible que una persona cambie su concepto de caridad por el de justicia social, o que alguien transite de libertinaje y egoísmo a libertad compartida y solidaridad. Dicen que la idea de una España plurinacional nunca será atractiva. Dicen que todo ya se intentó.

Llevo puesta la desgastada camiseta morada con círculos mientras escribo. Sigo creyendo que los partidos o coaliciones son herramientas a nuestro servicio, que pueden existir, crearse, evolucionar. Que sí se puede. Ya puedo volver a decirlo: fui parte de aquel Podemos.

Terminen su duelo. Hagan lista de lo aprendido. Que la ilusión nos atraviese de nuevo.  

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Publicado el
12 de mayo de 2021 - 12:44 h

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