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Polarización

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Un día uno se levanta provacunas y al siguiente lo hace en plan negacionista convencido de que pueden ser nocivas. Muchos no se aclaran. Es lo que hay. La polarización ha colonizado nuestras mentes. Quizá sea fruto de la llamada “infobesidad” mórbida, el resultado de atiborrarse de más diarios que nunca porque muchos son gratis, porque otros están llenos de reclamos como si fueran anuncios de seguros de vida, porque otros apelan a las vísceras con los sucesos macabros o porque otros celebran a todo color el nacimiento de un nuevo vástago de Sergio Ramos. Nos creemos la mar de cultos y sabios.

La desinformación aguda, resultado de asomarse sin ton ni son a periódicos de todo tipo muchas veces al día para hacernos los interesantes en el Metro, provoca que la población se segmente al gusto de cualquier editor sin escrúpulos vendido al mejor postor. Hay pardillos que se creen que llega el fin del mundo, mequetrefes que ven más conspiraciones de las que realmente existen (que son muchas), adoradores de las redes sociales intoxicados por unos bulos caducados e indigestos. La pandemia ha originado cambios vertiginosos en nuestro modo de vida y nos obliga a situarnos entre el bien y el mal (cada cuál piensa que los suyos son los mejores, excepto los del Barça y los del València que andan de capa caída).

La dichosa polarización lo invade todo. Una selección de jueces españoles va a disputar en esta legislatura un partido contra el resto del mundo y lo van a hacer sin la presencia de ningún árbitro ni la supervisión del VAR que medie entre la sociedad y el equipo de togados, que van completamente a su bola: la cancha es toda suya. Nos significamos gratuitamente, por la cara. Así, para defender la contradictoria gestión de la presidenta Ayuso uno debería hacerse previamente una lobotomía; rendirse al reino del absurdo y de la tergiversación. Los presupuestos que están al caer van a ser el nuevo campo de batalla. Los políticos afilan sus garras: hay carnaza, fondos europeos y elecciones catalanas a la vuelta de la esquina. Messi y Juan Carlos I de España y V de los Emiratos Árabes. ¿Más polarización extra?

Los padres, los maestros y los sanitarios temen la vuelta al colegio; los niños, en cambio, anhelan volver a ver, aunque sea con un tapabocas de colores en los morros y a una distancia prudencial, a aquella niña tan mona de las trenzas. Sobre cada asunto polémico se forman de inmediato dos bandos en el bar, en el curro, en casa y toca tomar posiciones en la trinchera adecuada. No vale confundirse de enemigo y disparar sin criterio un tuit aberrante.

Europa anda revuelta. Los alemanes pronazis, ataviados con viejas banderas hitlerianas, proclaman su admiración por el envenenador del Kremlin. Los polacos retro ganan por los pelos, y no se dan por aludidos. La Nobel de Literatura, una cabal periodista bielorrusa, ha sido llamada a declarar por adherirse a movimientos sociales que reclaman tan solo que no amañen las elecciones. A Hungría, mejor no mentarla.

En América, falta muy poco para “Salvar al soldado Trump” y todo vale: achacar a los ¿anarquistas? las protestas por la violencia racial de la policía o arremeter contra la OMS, contra el cambio climático, contra el vino de Burdeos, contra un móvil chino, contra los periodistas, contra los virus de diseño fabricados en los laboratorios del doctor Cannibal Lecter  o contra un constructor de muros por no cumplir los plazos de entrega. Los timoratos demócratas solo se acogen a las encuestas. Trump demanda ley y orden e impondrá, al menor descuido, otra vez desmadre y caos.

Este otoño, créanme, se llevará la polarización extrema. Desenfunde su móvil raudo. Usted lleva la razón de su parte. No lo olvide. Hoy ha destinado un montón de horas a ingerir extravagantes noticias interesadas. Usted sí sabe de qué habla. ¡No deje que un familiar indocumentado le rebata nada! ¡Hasta ahí podríamos llegar!

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Publicado el
2 de septiembre de 2020 - 10:40 h

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