CV Opinión cintillo

¿Nos quedamos sin playas?

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Quienes solicitan actuaciones urgentes en las playas después de un temporal (fenómeno cada vez más frecuente), en particular los ayuntamientos, han de recibir respuestas coherentes que no agraven más la situación ni derrochen recursos públicos. Sin ir más lejos, hace poco, empresarios de la hostelería en Sitges reclamaban la aportación de arena “en gran abundancia” para salvar la próxima temporada veraniega. Recargar de arena una zona donde la hubo y desapareció no es la mejor solución, ya que se volverá a repetir el desastre.

Una respuesta adecuada exige un diagnóstico realista que no siempre se da. Aportamos aquí unas cuantas ideas en la línea de subsanar errores y aclarar malentendidos.

El origen del problema

Para empezar, conviene saber que más del 95 por ciento de la arena de las playas procede de la erosión terrestre aportada por los ríos. El resto proviene de la erosión costera y de restos orgánicos. Es decir, hay que olvidar la idea de que “la mar cría arena”.

Estos materiales son arrastrados por las lluvias y la corriente fluvial, depositándose por tamaños y llegando finalmente, los más finos, a la desembocadura. Una vez allí, están sometidos a la acción del oleaje, que los irá repartiendo por la costa.

Durante siglos, desde los grandes ríos hasta los pequeños barrancos han venido aportando materiales que han rellenado marismas, creado deltas y por supuesto playas y dunas. La regulación de los ríos, útil para prevenir avenidas y suministrar agua o energía, ha reducido drásticamente su aportación de áridos a la costa. Sin embargo, la capacidad de erosión del mar sigue siendo la misma, o quizá mayor, debido a los efectos del cambio climático, como la subida del nivel del mar.

La acción del oleaje

El oleaje es una oscilación del mar, debido a la acción del viento. En grandes profundidades solo transporta energía, no masa de agua y únicamente al llegar a profundidades reducidas, rompen las olas y generan corrientes que arrastran materiales en suspensión.

Este arrastre tiene dos sentidos, uno por la pendiente de la playa, arriba y abajo, y otro a lo largo de la costa. El primero depende de la altura de ola, pero el segundo, además, del ángulo de incidencia de la ola rota, sin olvidar la gravedad.

Como la altura de las olas varía a lo largo del año, el perfil de la playa también lo hace, siendo distinto en verano o en invierno. Si las olas llegan perpendiculares a la playa, se pierde poca arena porque la masa de agua que sube y baja es la misma y además ha perdido su energía.

Las corrientes debidas a la incidencia oblicua, que arrastran la arena a lo largo de la playa, tienen distintas direcciones y alturas y tiempos, no se equilibran, y la arena va corriendo en el sentido de los oleajes dominantes. En el golfo de Valencia este desequilibrio es elevado y de sentido norte-sur.

Esta corriente de arena llega a los accidentes de la costa, naturales o artificiales, se acumula y busca una salida, que siempre es hacia abajo, por lo que al final la arena llega a una profundidad que el oleaje ya no la mueve.

Las playas estables

Hay playas aparentemente sin problemas, aquellas que no sufren los efectos que hemos visto, o lo hacen muy poco. Unas son playas encajadas, es decir las limitadas por accidentes que evitan que salga la arena por sus extremos. Si su forma hace que el oleaje siempre llegue perpendicular a la orilla, como en la Concha de San Sebastián, la forma se conserva casi fija. En las más abiertas su forma cambia con las estaciones, basculan, pero siguen conservando su estabilidad.

Otras, las playas colgadas, son las que su pie se apoya en un arrecife, continuo o discontinuo, más o menos paralelo a la costa, que por un lado evita que la arena se pierda por el fondo, y por otro limita la energía del oleaje al provocar una rotura previa a su llegada a la playa. El caso más conocido es el de la playa de las Canteras de Las Palmas, que se mantiene estable pese a estar enfrentada a los temporales del Atlántico.

El efecto humano

Visto lo que sucede por causas naturales, conviene ahora repasar el impacto de las obras artificiales. Fundamentalmente son dos, la construcción de obras en la costa y la ocupación de las dunas, reserva fundamental para el equilibrio litoral.

Para encauzar desembocaduras, abrigar puertos o ganar terrenos al mar, se han construido obras que cortan la corriente de arena provocando una acumulación a un lado, mientras el otro no recibe los aportes necesarios. Véase los puertos de Burriana o de Valencia, en los que, dada la profundidad a la que llegan sus diques, cortan totalmente ese flujo. En el caso de algunos puertos pequeños, con diques más cortos, se produce su aterramiento.

La ocupación de las dunas con obras rígidas, paseos marítimos, chiringuitos, u otras construcciones, además de sustraer la reserva de arena, hace que en los grandes temporales las olas se reflejen en esos obstáculos, provocando una mayor corriente hacia abajo, lo que aumenta considerablemente la erosión. La playa ya no elimina la energía.

Soluciones

¿No hay solución? Por supuesto que sí. Debemos fijarnos en cómo hemos abordado los problemas producidos por otros fenómenos, especialmente uno tan parecido, para evitar los efectos negativos de las riadas, con intervenciones que reducen su fuerza y su capacidad de erosión, limitando caudales y pendientes por tanto, las actuaciones deben procurar que la costa, al final del proceso, se asemeje a una de las formas estables, es decir, que tengan la forma de playas encajadas, aprovechando elementos naturales o creándolos imitando sus características. En otros casos, con arrecifes más o menos sumergidos que reduzcan la altura de ola y eviten las pérdidas por el fondo. La técnica actual permite una ejecución cuidadosa de estas obras, procurando su integración en el ecosistema costero, con alteraciones mínimas en el paisaje, sin más cambios que los de evitar el déficit de aportes.

Sabemos que el mar no distingue fronteras administrativas, y que por tanto estas actuaciones deben partir del tratamiento global de cada unidad geomorfológica completa. Cualquier acción puntual improvisada acaba siendo peor que no hacer nada.

En cualquier caso, se seguirán produciendo pérdidas, aunque mucho menores; y por tanto serán necesarias las aportaciones, a recabar de los materiales que se pierden y no de una erosión adicional de la costa. En los tramos encajados es fácil redirigir la arena depositada de un extremo al otro del mismo tramo, o transferirla al contiguo, reproduciendo, a la inversa, los movimientos naturales. Naturalmente, parece lógico que estas obras y su conservación deben asumirse por los responsables de romper el equilibrio o por los beneficiarios de la presencia de las playas que, no lo olvidemos, son bienes de dominio público estatal.

Los grandes programas para evitar un retroceso generalizado, pueden exigir recurrir a depósitos fósiles, en grandes profundidades. Esta actuación debe ser muy cuidadosa, por afectar a zonas fuera de la parte activa de las playas. Dada la magnitud del problema y la escasez de fuentes, estas reservas se deben destinar exclusivamente a ese fin.

No olvidemos, finalmente, que la costa no son solo playas y acantilados, marismas y ensenadas, pues hay que contar también con aquellas partes que las aguas nos impiden ver, los fondos marinos y las comunidades vivas. La Directiva Marco del Agua de la UE ha cambiado la percepción mercantilista que teníamos de los ríos como “fábricas de agua”, pues la ley los considera ecosistemas a preservar. Debemos aplicar el mismo criterio las costas, pues son ecosistemas vivos de incalculable valor, que protegen el territorio, al paisaje, a la pesca y a la calidad de vida, no espacios solo aptos para atraer turismo intensivo, caso de las “playas de toalla y chiringuito” como las califican los ecologistas.

*Pascual Pery Paredes, Dr. Ing. de Caminos, profesor emérito de la Universidad Politécnica de Madrid.

Joan Olmos, Dr. Ing. de Caminos, profesor titular de la Universidad Politécnica de Valencia

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Publicado el
3 de febrero de 2021 - 10:05 h

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