Vivienda y salud mental: dos problemas que no pueden separarse
Nos hemos acostumbrado a hablar de salud mental como si fuera una cuestión exclusivamente individual. Estamos cansades de escucharque debemos aprender a gestionar el estrés, acudir a terapia, practicar ejercicio, descansar, meditar y cuidar nuestras emociones. Todo eso puede ser importante. Pero hay una pregunta que pocas veces nos hacemos y hacemos al resto: ¿cómo puede una persona cuidar su salud mental cuando ni siquiera sabe si podrá mantener su casa mucho tiempo más?
La salud mental no se construye únicamente en una consulta psicológica, ni depende de la responsabilidad individual de cada persona, la salud mental es una cuestión colectiva y sistémica y debe abordarse como tal.
Una vivienda digna debería ser mucho más que un techo. Debería ser un espacio de seguridad, intimidad, descanso y estabilidad. Sin embargo, para muchas personas, el hogar se ha convertido en una fuente de preocupación constante. El alquiler, las dificultades para llegar a fin de mes, el miedo a perder la vivienda, el hacinamiento o vivir en condiciones inadecuadas pueden convertir algo tan básico como llegar a casa en otra fuente de estrés.
Me resulta curioso que, viendo como el sistema trata a la mayor parte de la sociedad, nos sigamos preguntando por qué hay tanta gente que padece ansiedad.
Resulta contradictorio exigir a las personas que cuiden su bienestar emocional mientras aceptamos unas condiciones de vida que pueden generar incertidumbre permanente. No podemos decirle a alguien que se tome un descanso o haga actividades placenteras cuando vive preocupado por cómo pagará el próximo alquiler. No podemos hablar de tranquilidad cuando tener un hogar depende de una situación económica cada vez más frágil. Tampoco podemos reducir el malestar psicológico a una falta de herramientas personales cuando existen problemas sociales y estructurales que escapan al control individual.
Es importante recordar, entonces, que no todo lo que nos hace sentir mal puede solucionarse con fuerza de voluntad.
Hay problemas que requieren respuestas institucionales y la vivienda es uno de ellos.
Tener un hogar estable permite algo tan básico como poder hacer planes y organizarte la vida, porque la necesidad básica de tener un techo, te permite invertir energía en otros aspectos de tu vida. Saber dónde estaremos dentro de unos meses, poder mantener nuestras pertenencias, construir relaciones con nuestro entorno y contar con un espacio propio son elementos que generan estabilidad mental y física. Cuando esa estabilidad desaparece, también empeora con ella, nuestra salud mental.
Por eso, hablar de vivienda es hablar de salud mental. Y hablar de salud mental también debería obligarnos a hablar de desigualdad.
Porque no todas las personas parten del mismo lugar. Mientras para algunas familias una subida del alquiler puede significar tener que hacer algunos ajustes, para otras puede suponer elegir entre pagar la vivienda, comprar alimentos o afrontar otros gastos esenciales. La precariedad económica no desaparece cuando cerramos la puerta de casa.
Sin embargo, seguimos tratando la vivienda principalmente como una cuestión de mercado. Hablamos de precios, de oferta y demanda, de inversión y rentabilidad. Todos esos factores son relevantes, pero no podemos olvidar algo fundamental: detrás de cada vivienda hay personas y detrás de cada problema habitacional hay consecuencias sobre sus vidas y su salud.
Una vivienda no es un producto de mercado, es un bien de primera necesidad. Por eso, cuando el acceso a una vivienda digna se vuelve inalcanzable, las consecuencias van mucho más allá de las económicas, la salud mental empieza a mermarse.
Cuando hablamos de salud mental, debemos dejar de responsabilizar únicamente al individuo. Cuando hablamos de vivienda, debemos dejar de verla exclusivamente como un bien económico y de mercado y se debe prohibir que se pueda especular con ella. Ambas cuestiones están relacionadas porque las condiciones en las que vivimos condicionan, en gran parte, nuestra capacidad para vivir con bienestar.
Reivindicar una vivienda digna significa defender unas condiciones mínimas para desarrollar una vida con seguridad y dignidad. Significa entender que nadie debería vivir permanentemente con miedo a perder su casa, ni aceptar como normal que una persona tenga que sacrificar su bienestar para poder pagarla.
La salud mental necesita profesionales, recursos sanitarios y atención psicológica. Pero también necesita prevención. Y prevenir no consiste únicamente en enseñar a las personas a gestionar mejor sus emociones. También consiste en construir una sociedad en la que las causas sociales del sufrimiento no se conviertan en algo inevitable.
Porque quizá hemos cometido un error al vender constantemente que las personas podemos conseguir ser más resilientes con esfuerzo y trabajo.
Tal vez también deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo a nivel estructural para que necesitemos serlo tanto.
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