Todos conocemos a gente que tiene alergia y vemos cómo estas personas la sufren en distintos escenarios. Estornudan sin parar en el parque en primavera, o evitan los gatos ajenos, o tienen que cerrar las ventanas de casa cuando florecen los olivos. La alergia, en nuestra cabeza, es eso que ocurre fuera de casa. Pero el hogar, ese lugar donde se supone que estamos a salvo, pueder ser un foco de alérgenos y otras sustancias irritantes que afectan incluso a quienes no tienen un diagnóstico de alergia.
Las alergias se han convertido en una de las enfermedades crónicas más extendidas del mundo. Según la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC), la rinitis alérgica por el polen afecta a ocho millones de personas en el país. De acuerdo con los datos de la Comisión Europea, en 2022, alrededor de 150 millones de personas en Europa padecían alguna afección alérgica, como rinitis alérgica, asma, eccema o alergia alimentaria. La tendencia es global: la OMS y otros organismos internacionales proyectan que en 2050 podría verse afectada la mitad de la población mundial.
Los culpables tradicionales son bien conocidos: el polen de gramíneas, olivos, cipreses y plátanos de sombra es el alérgeno más frecuente en España, un problema que se agrava con la contaminación y el cambio climático. Pero no todas las molestias aparecen al salir a la calle, y no siempre están relacionadas con la alergia. Pasamos alrededor del 90% del tiempo en espacios cerrados, según estimaciones del Foro Económico Mundial, y la contaminación puede venir de dentro de casa.
El mapa de los irritantes en casa, de la cocina al colchón
Dentro del hogar, el alérgeno estrella no es el polen sino el ácaro del polvo doméstico. Se calcula que sensibiliza a cerca del 40% de la población industrializada y está presente en la práctica totalidad de los hogares. Los ácaros se alimentan de células muertas de piel humana y prosperan en ambientes cálidos y húmedos, exactamente las condiciones de nuestro dormitorio.
“Aunque muchas alergias se asocian al polen o a factores del exterior, el domicilio concentra exposiciones muy frecuentes y sostenidas”, explica la doctora Gema García, jefa de servicio de Alergología del Hospital Universitario Sanitas La Moraleja. “Los ácaros del polvo son uno de los alérgenos más habituales, especialmente en colchones, almohadas, sofás, alfombras o cortinas, donde encuentran humedad y materia orgánica de la que alimentarse”, señala la especialista.
Los ácaros del polvo son uno de los alérgenos más habituales, especialmente en colchones, almohadas, sofás, alfombras o cortinas, donde encuentran humedad y materia orgánica de la que alimentarse
Junto a los ácaros, hay otros alérgenos habituales en el interior de las casas. Las escamas de piel muerta de animales domésticos (es decir, su caspa) puede permanecer en el ambiente semanas o meses, incluso cuando el animal ya no está en la casa. Los mohos y sus esporas, especialmente frecuentes en baños, cocinas y viviendas con humedad o condensación, son un contaminante que pasa a menudo desapercibido. Y lo mismo sucede con uno aún más desagradable, presente en determinados entornos: los excrementos de cucaracha.
La doctora García recuerda que “el problema no depende solo de la presencia del alérgeno, sino del tiempo de exposición”, algo especialmente relevante en el dormitorio, donde permanecemos más de ocho horas seguidas. Para la especialista, “pasar muchas horas en espacios cerrados puede favorecer síntomas respiratorios persistentes como congestión nasal, tos, picor ocular o empeoramiento del asma”.
Los contaminantes de todos los días en casa
Pero el problema del aire interior no afecta solo a personas con un diagnóstico de alergia. Los hogares modernos contienen una mezcla de compuestos que, si la casa no está limpia y bien ventilada, puede afectar a cualquier persona. Los principales contaminantes de interior son los compuestos orgánicos volátiles (COV), sustancias que se evaporan a temperatura ambiente y que se liberan de pinturas, barnices, adhesivos, la cola de los muebles nuevos, los ambientadores, productos de limpieza, velas aromáticas y cosméticos.
Un metaanálisis de 2021 basado en 49 estudios en países desarrollados como Francia, Japón o Estados Unidos desde 1970 a 2017 concluye que los COV tienen un efecto medio sobre el desarrollo de asma y episodios de sibilancias (silbidos al respirar). Otra revisión de estudios de 2022 encontró que algunos disolventes comunes como el benceno, tolueno y el butadieno se asociaban a un incremento del riesgo de diversas enfermedades, entre ellas el asma y la leucemia. Afortunadamente, estos productos se encuentran ahora estrictamente regulados en la UE, pero su efecto es acumulativo.
Pasar muchas horas en espacios cerrados puede favorecer síntomas respiratorios persistentes como congestión nasal, tos, picor ocular o empeoramiento del asma
La doctora García señala que, además de los COV, “conviene tener en cuenta el humo del tabaco, las partículas generadas al cocinar sin ventilación adecuada y el exceso de humedad”, y advierte de que “una mala calidad del aire interior puede afectar tanto a personas con alergia como a quienes no la padecen”. La doctora Julia Dorta, especialista en neumología, puntualiza que “en un hogar es posible llegar al nivel de exposición que produzca enfermedad, sobre todo por humedades y mohos, como el Aspergillus, o en países en vías de desarrollo y lugares donde hay una cocina y horno de leña”.
A estos se suman las partículas finas generadas al cocinar (especialmente con fuegos de gas sin extracción adecuada), y el radón, un gas radiactivo de origen natural que se acumula en plantas bajas y sótanos y es la segunda causa de cáncer de pulmón en no fumadores. Tampoco hay que olvidar el monóxido de carbono, un gas muy tóxico producido por calderas, estufas o chimeneas en mal estado, todavía responsable de más de cien muertes al año en España.
Los contaminantes de verdad y los que no lo son tanto
Si hacemos caso a los mensajes de las redes sociales, todo en nuestra casa es tóxico. El perfume de la vela aromatizada, el detergente convencional de la lavadora o el ambientador. En los últimos años, han proliferado los vídeos en Instagram o TikTok advirtiendo de que el detergente convencional, las velas aromáticas o el ambientador van a causar graves daños a nuestro organismo, para luego vendernos, claro, productos sin estos tóxicos.
La doctora Samar Elgeadi, internista, pone estos mensajes alarmistas en perspectiva: “No hay que obsesionarse con estas cosas porque al final vivimos en ciudades contaminadas. Hay que intentar evitar los excesos. Yo no he visto a una persona que haya tenido un problema en el pulmón porque haya pintado la casa”, afirma. Elgeadi apunta que el riesgo real corresponde a la exposición laboral crónica: “Gente que trabaja en una mina o en la industria, que sí que tienen riesgo y de hecho tienen que llevar protección”, puntualiza. La doctora Dorta coincide en que “vemos problemas por humedades, trabajos en la construcción o contacto con amianto, en función de la exposición hay un porcentaje diferente de incidencia de enfermedades”.
Esto no significa que los irritantes domésticos sean irrelevantes. La propia especialista reconoce que “a nivel respiratorio, cuanto más podamos alejarnos de estas cosas, mejor. Los ambientadores, las velas, los aromatizantes de los humidificadores, si tienes una sensibilidad pulmonar, quizás no sea lo más adecuado”.
La contaminación exterior (partículas finas del tráfico, dióxido de nitrógeno, ozono troposférico) supone una carga sanitaria claramente mayor que la mayoría de irritantes domésticos en un uso normal, por no mencionar los efectos de fumar tabaco. Dicho esto, pasar el 90% del tiempo en interiores hace que los efectos de la calidad del aire representen una exposición acumulada durante años.
Cómo respirar mejor en casa
Mejorar la calidad del aire interior no requiere reformas ni necesariamente instalar purificadores de aire. Las recomendaciones con mayor respaldo científico son sencillas. García propone distinguir si hay alergia diagnosticada o no. Para los alérgicos, “las medidas deben centrarse en reducir la exposición al desencadenante identificado: puede ser útil lavar la ropa de cama con regularidad, usar fundas antiácaros cuando estén indicadas, aspirar con filtros adecuados y controlar la humedad ambiental. La base siempre es combinar control ambiental con seguimiento médico”, explica. Para el resto, el objetivo es “preservar una buena calidad del aire interior: ventilar a diario, evitar exceso de productos perfumados, revisar zonas con humedad y no fumar dentro de casa”.
Ventilar es la medida más eficaz y la más barata de tener el aire limpio. Abrir ventanas al menos diez minutos al día (preferiblemente en horas de baja contaminación exterior, fuera de las puntas de tráfico) renueva el aire y reduce la concentración de COV, partículas y humedad. Controlar la humedad por debajo del 50% frena la proliferación de ácaros y mohos. Cocinar siempre con extracción o ventilación reduce drásticamente las partículas finas generadas por el calor. Y revisar periódicamente las instalaciones de gas y calefacción previene las fugas de monóxido de carbono.
El hogar no es una burbuja hermética que nos aísla del mundo exterior. Es un espacio que respiramos de forma continua, y que merece la misma atención que solemos dedicar a lo que comemos o a cuánto dormimos. No hace falta obsesionarse, pero sí prestar atención.
Darío Pescador es editor y director de la Revista Quo y autor del libro Tu mejor yo.
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