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El amor en los tiempos de Vox

Negar, hoy, de forma expresa y “sin complejos” la universalidad de los Derechos Humanos desafía el mínimo común democrático imprescindible para la convivencia

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La FAPE y la APM condenan el veto de Vox a La Sexta y Contexto

EFE

Vox en el cumpleaños constitucional 

El apoyo social recibido por el partido político VOX en las últimas elecciones andaluzas parece haber dejado estupefacta a nuestra sociedad: comentaristas, opinadores, politólogos… y gran parte de la ciudadanía intentamos comprender lo inesperado de este éxito electoral. 

El llamado “constitucionalismo” no supone admitir de forma absoluta y acrítica la literalidad de un texto, sino entender que se debe recoger la esencia democrática de la libertad, dignidad, igualdad y justicia social que inspiran este sistema. Criticar y promover reformas a un marco político de convivencia y a una norma jurídica es un valor positivo y necesario. Democrático. 

Como acertadamente expone  Javier de Lucas 

Lo que me parece inadecuado es aproximar esta conmemoración a una fiesta religiosa, más que ciudadana, por aquello de no tocarla ni mancharla,  como si la Constitución fuera un dogma caído del cielo o los diez mandamientos. Y es que este tipo de conmemoración desvela de nuevo una dolorosa paradoja. ¿Cómo vamos a creer a las autoridades que pronunciarán discursos una y otra vez sobre lo importante que es la Constitución, cuando en buena medida (hay excepciones, es cierto) son los mismos cuya falta de voluntad política para reformarla origina esa  paradoja de que conviva la conciencia mayoritaria de la necesidad de reforma con la conciencia de su evidente imposibilidad, habida cuenta del bloqueo impuesto por las propias fuerzas políticas? Esa paradoja es, por cierto, la raíz de una importante y creciente brecha entre ese texto y las necesidades reales de los ciudadanos, empezando por las nuevas generaciones...  

El problema es obvio. 

Cuando consideramos que la igualdad radical solo es la que otorga y reconoce una bandera, una religión o una frontera. Cuando entendemos que la dignidad de algunas personas o colectivos se puede graduar por sus características. Cuando nos agrede el ejercicio de la libertad que éstas pretenden. Cuando a la justicia social le exigimos que nos muestre su pasaporte. 

Negar, hoy, de forma expresa y “sin complejos” la universalidad de los Derechos Humanos desafía el mínimo común democrático imprescindible para la convivencia. 

 

Las fobias... 

Siempre me ha resultado especialmente llamativo el uso común del concepto “fobia” por lo paradójico que encierra su ambivalencia. Usamos en ese mismo significante dos significados que pueden ser opuestos: odio y miedo. El odio nos mueve al enfrentamiento y a la destrucción del objeto y el miedo nos paraliza o incita a salir corriendo despavoridos ante la amenaza. Contrapongan xenofobia/homofobia y entomofobia/claustrofobia, por ejemplo, para ilustrar esta dicotomía. 

El miedo de las poblaciones sólo es políticamente rentable en dos escenarios. 

1.- Cuando consigues aumentar la parálisis de los votantes mediante la abstención porque el “sistema” los ignora y los excluye. Las clases más desfavorecidas no los son solo en términos económicos, sino que lo son de manera correlativa en términos de cohesión social. Son esa pieza que tiene más dificultades para transformar y mejorar sus condiciones personales a través de los mecanismos de participación en las redes y servicios comunitarios. Los más excluidos en estos términos deben permanecer quietos. 

2.- Las clases medias y trabajadoras, empobrecidas y golpeadas por la crisis financiera y la desregulación global, se puede al menos permitir tener miedo. A diferencia de las anteriores han perdido algo en estos años: seguridad. La vivienda y el empleo han pasado a ser objetos de lujo y la protección social se ve menguada y amenazada. 

La ausencia de garantías públicas que permitan mejorar o mantener la situación particular genera angustia. Miedo que algunas fuerzas políticas pueden rentabilizar de forma rápida y sencilla a través del odio. 

Y lo más eficaz en estos casos es, como casi siempre, la mentira. 

Así que necesitamos que, para transformar el miedo en odio, fabriquemos falsos enemigos. VOX miente deliberadamente cuando afirma que hay una invasión de personas migrantes. VOX miente deliberadamente cuando afirma que la mayoría de los autores de asesinatos machistas son cometidos por hombres extranjeros. VOX miente deliberadamente cuando afirma la desprotección masculina y el número de denuncias falsas en esa violencia. VOX miente deliberadamente cuando afirma que las personas migrantes abusan de la sanidad y los servicios sociales. VOX miente deliberadamente cuando afirma que el matrimonio igualitario degrada nuestra sociedad. 

Y todo ello se demuestra en las estadísticas oficiales. 

Pero el discurso del odio es tremendamente eficaz cuando se extiende en el caldo de cultivo de ese miedo. Si aniquilamos al enemigo, la realidad cambiará inmediatamente y todo “volverá a ser como antes”. 

…y las filias 

Así que, como el pensamiento mágico necesita construir también amores irresistibles, se empeñan en promulgar su amor por entes imaginarios. Esos unicornios son la Patria inmutable, la bandera sagrada , la religión verdadera… el orden ·establecido”. Verdades reveladas y eternas, y por tanto falsas e inexistentes. 

Todo volverá a ser como antes. Una Arcadia feliz en la que los padres maltratan de forma normalizada a su pareja e hijos, en la que las personas LGTBI no pueden mostrar su orientación y afectos en público… Una sociedad en la que el clericalismo y el militarismo garantizan el orden. 

Toda persona que renuncia al amor incondicional a su Patria, Bandera, Religión… a los mitos que parecen configurar nuestra identidad individual y colectiva (¿!) son traidores que deben ser deshumanizados, destruidos moralmente para garantizar el bienestar de la ciudadanía. 

No solo debemos respetar unas normas jurídicas, también las “costumbres” nacionales. Normativizar el costumbrismo es otra de las falacias utilizadas: para vivir tranquilos y confortables, cuando miremos alrededor es necesario observar la uniformidad en los comportamientos. 

Las costumbres también se nos presentan como positivas e inmutables, cuando son las “nuestras”. El maltrato animal y las borracheras colectivas en fiestas populares, la sumisión del papel de la mujer en público y privado, la omnipresencia confesional en los espacios públicos… esos valores que han construido la mejor de las sociedades.

Solo esa Restauración nos devolverá algo que nunca existió. 

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