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Cuatro caminos hacia la convergencia

Tras las elecciones del 25M, la posibilidad de cambiar de raíz el panorama político del Estado por parte de las izquierdas transformadoras es real. Para ello resulta necesario alcanzar una confluencia entre todas ellas, eligiendo bien el instrumento adecuado para conseguir el fin del saqueo y el inicio de un proceso constituyente que lleve a una democracia merecedora de tal nombre.

Las elecciones del 25M han supuesto varios terremotos políticos de los que uno de los más importantes es el auge de las fuerzas rupturistas democráticas y la reconfiguración del mapa de éstas. Por primera vez aparecen en todo el Estado tales opciones con porcentajes de votos muy importantes: sólo en Ceuta y Melilla la suma de estos votos no alcanza el 10% (y no falta mucho) y en la mayoría del país supera el 15%. Nunca fue así: siempre hubo zonas blancas en las que no aparecía un voto cuantitativamente relevante que escapara a PP y PSOE, y este cambio muestra que la quiebra del sistema de partidos dominante es algo muy extendido. Si de lo que se trata es de cambiar el país, no se puede ser marginal en ningún punto del mismo: es la primera vez que se da esta condición.

El otro gran cambio en las fuerzas rupturistas es que por primera vez Izquierda Unida pierde el monopolio de su representación en el conjunto del Estado. La irrupción de Podemos, con un millón y cuarto de votos, supone un cambio importantísimo, especialmente si tenemos en cuenta que es compatible con la importante subida de IU (millón y medio de votos). Desde Izquierda Unida esta aparición ha sido entendida como algo positivo. Por un lado, por la propia reconfiguración del país, que hace más cercanos (muy difíciles, pero por fin claramente posibles) los objetivos políticos de transformación democrática y social. Pero, también, porque se hace más realista (además de urgente) la configuración de ese nuevo bloque político y social que es política de IU desde hace tiempo (desde 2008, si lo entendemos como prolongación de la refundación de la izquierda aprobada en la IX Asamblea de IU). Hasta ahora esto se había topado con la dificultad de gestionar encuentros entre bloques de una desigualdad cuantitativa gigantesca que dificultaban conjugar la democracia de lo que surgiera con la necesidad de que el encuentro no supusiera que el pez grande fagocitara a los peces chicos. En ese sentido, la aparición de un pez de notable peso es una gran noticia, porque arrasa las dificultades técnicas y los recelos que se han planteado hasta ahora. El éxito de Podemos da la razón al diagnóstico y posibilita que por fin se haga realidad lo que IU pone en sus documentos desde hace años.

Nadie previó una reconfiguración del panorama tan rápida y contundente. Por eso desde la noche electoral han surgido tantas reflexiones, debates y llamamientos al encuentro fundamentalmente entre IU y Podemos. El hecho de que las europeas abran un ciclo electoral (el año que viene hay elecciones municipales, autonómicas en casi todo el Estado y después generales) hace urgente la reflexión y que, por fin, ésta vaya acompañada de los pasos reales.

Que toca pisar el acelerador es evidente. La discusión está en qué carretera conduce mejor hacia gobiernos democráticos que enfrenten el saqueo, que es para lo que conducimos. Probablemente hay más carreteras que las cuatro que aquí esbozo: no pretendo más que abrir una reflexión que cerremos entre muchos. Las posibilidades que se me ocurren son:

- Un Polo Democrático: Da igual el nombre. Se trataría de organizar un espacio político y social que trascendiera las organizaciones existentes. Un espacio en el que cupieran Izquierda Unida, Podemos, mareas, plataformas de lucha, espacios ciudadanos, activistas sociales, ciudadanos no organizados… Tal espacio necesitaría partir de unas pocas líneas políticas que definieran la ruptura democrática (auditoría de la deuda, impago de la deuda ilegítima, exigibilidad de todos los derechos humanos, recuperación de los servicios públicos, convocatoria de una asamblea constituyente...). Obviamente ninguna organización tendría que disolverse en el Polo si no lo desea y preservaría su autonomía. Habría que trabajar por un discurso, acciones, programa, candidaturas, estrategias comunicativas y formas de organización comunes. No hace falta mucho más.

Esta propuesta tiene bastantes antecedentes en América Latina, pero también en Europa (Syriza es el ejemplo más evidente) y en España (Alternativa Galega de Esquerdas es algo parecido). Tiene un potencial transformador gigantesco por la evidencia de que tal bloque tiene posibilidades reales de conquistar el poder institucional, y desde él y la movilización popular recuperar el poder político para nuestro pueblo y construir una nueva democracia digna de tal nombre. Más allá de otras consideraciones, allí donde se ha hecho este tipo de apuestas no ha habido suma de los votos de las partes, sino multiplicación gracias al entusiasmo e ilusión generados por una posibilidad real de cambio.

- Una suma de siglas, esto es, un pacto electoral para ir conjuntamente en candidaturas electorales Podemos+IU+Equo… y lo que surja. Sería algo parecido a lo que desde 2011 ha conseguido fraguar IU con otras fuerzas; algo que se ha consolidado y ha dado buenos frutos electorales e institucionales: La Izquierda Plural. De nuevo habría que buscar un programa y unas candidaturas comunes y acordar un posterior funcionamiento en las instituciones, pero poco más.

Personalmente no creo que esta propuesta fuera positiva ni siquiera en este momento viable. Podemos, Izquierda Unida, Equo… no tienen sus votos en espacios sociales ni políticos homogéneos. Respecto a la fórmula del Polo Democrático, dificultaría la incorporación de activistas y tendría muchísimo menos impacto social. En lo electoral es previsible que una fórmula de este tenor lejos de multiplicar no llegara siquiera a sumar los votos que obtendría cada fuerza por separado. Y además es seguro que esta fórmula no sería aceptada por Podemos, pues rompe buena parte de su estrategia comunicativa, que pasa por reestructurar los componentes identitarios de la política. Por ello creo que para una convergencia de este tipo es mejor la siguiente: una convergencia postelectoral.

- Una convergencia postelectoral, que consistiría en repetir algo parecido a lo sucedido en las elecciones europeas: ir cada uno por su lado y el día siguiente de las elecciones encontrarse en un nuevo gobierno o en una nueva oposición. En las elecciones europeas es lo que ha sucedido en buena forma, dado que Podemos e Izquierda Unida se encontrarán en el Grupo de la Izquierda Unitaria (GUE) apoyando a Tsipras. Si nada cambiara, es previsible que los distintos grupos por separado suban algo o bastante de aquí a los procesos electorales de 2015 por la propia deriva de la crisis, la difícilmente parable descomposición del PSOE, la evolución judicial de la corrupción estructural del PP, etc. Probablemente el resultado del 25M haga más aconsejable esta opción a Podemos (que seguro que subirá mucho en las encuestas que se hagan inminentemente después de las europeas); o puede que sea IU la más beneficiada (si Podemos se desinflara tras el protagonismo actual).

Esta opción más conservadora sería mejor para todos que el simple desencuentro permanente, pero beneficiaría mucho menos al pueblo que sufre las consecuencias del saqueo que la constitución del referido Polo Democrático. Terminar el ciclo electoral de 2015 sin haber subido otro escalón (acaso el definitivo) en la sustitución de las ruinas de la Transición por un proceso constituyente hacia una nueva democracia aplazaría tal posibilidad hacia otros ciclos, quizás lejanos, lo que puede suponer el agotamiento de la energía constituyente y quién sabe si la emergencia de una respuesta fascista a los partidos del régimen como en gran parte del resto de Europa.

- Un pacto de San Sebastián del siglo XXI, es decir, la puesta sobre la mesa de un conglomerado de fuerzas y activistas que apuestan por construir conjuntamente un nuevo país. Se trataría de reflejar con cierta solemnidad que, aunque por las razones que sea no haya sido posible llegar a la constitución del deseable Polo Democrático, existe la confluencia social y el compromiso de lanzar un proceso constituyente en cuanto se reúna la fuerza necesaria. Asimismo, podría proponer y coordinar acciones sociales y políticas más allá de lo meramente institucional. La estructura de este pacto sería parecida a la del Polo Democrático, aunque sin la unidad electoral, e incluso podría ser un embrión del mismo. Evidentemente sería compatible con la convergencia postelectoral y, en caso de ser demasiados los obstáculos para el Polo Democrático, sería un buen paso.

Seguramente hay más opciones. Probablemente cada una de las opciones propuestas tiene más implicaciones y posibilidades de las resumidas aquí. Se trata de ir abriendo una reflexión que es urgente: si queremos darle la vuelta al país, tenemos que pensar y hacer las cosas con mucha cabeza pero con cierta celeridad. Y siempre con una cosa clara: que tanto las organizaciones actuales como lo que vayamos construyendo en la necesaria convergencia son instrumentos para conseguir el fin del saqueo y la construcción de la democracia. La elección de qué instrumento escojamos se debe guiar por un principio de eficacia: cuando uno pisa el acelerador no escoge la carretera que ofrezca un paisaje más bello, sino la que conduzca mejor al destino que se busca.

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