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Charo López, la actriz que se negó a ser solo el mito erótico de la Transición

Charo López en 'Me cuesta hablar de mí'

Javier Zurro


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“Sugiere el sexo”, “cara llenita”, “ojos avellana”, “su cara la ha marcado y la seguirá marcando hasta la muerte”, “guapa”… Así es como definía la prensa a la actriz Charo López en los años 70 y 80. Pocas menciones a su talento como intérprete, muchas a su belleza hipnótica. El machismo de la época hizo que durante muchos años se destacaran solo sus atributos físicos y nunca sus interpretaciones llenas de pasión y entrega. Charo López era, y es, un torbellino, una fuerza de la naturaleza que impone desde que pone un pie en un plató o un escenario. A ella le costó que vieran lo que había detrás de aquella joven que fue descrita por muchos como el “mito erótico de la Transición y la intelectualidad”. Había mucho más, y su carrera fue una lucha constante por romper con aquella imagen, por demostrar que era una actriz.

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Lo cuenta en el documental Me cuesta hablar de mí, dirigido por Chema de la Peña, que antes de su próximo estreno el 3 de marzo se presentó en la Cineteca de Madrid, donde la actriz acudió a un pequeño coloquio donde se enfrentó a uno de sus mayores temores, las preguntas y las reacciones del público a su trabajo. A pesar de llevar seis décadas actuando sigue sintiendo pánico a las entrevistas. De ahí el título de este trabajo donde repasa su vida y su carrera y donde consigue relajarse. Minutos antes de que acabe la proyección, la propia López reconoce que está “acojonada”, y delante de la gente subraya una y otra vez que tiene “pánico escénico” y que todavía no ha visto el documental. “Lo veré ahora, cuando ya lo habéis visto todos, y en mi casa a solas”.

De primeras dijo que no. No quería exponerse, abrirse. Es alérgica a mostrar sus sentimientos, como deja claro en un momento del documental cuando se emociona y lo único que acierta a decir es “dame un Kleenex y corta, joder”. Al director le dijo que no muchas veces. “Pensé que iba a ser una entrevista como las miles que he hecho y luego ya me di cuenta del compromiso. No sabía dónde me metía y lo he pasado muy mal a veces. No por Chema, pero a mí me cuesta no solo hablar de mí, sino estar aquí en este momento. Pienso que qué pinto yo aquí. Han pasado 60 años desde que empecé a esta profesión y he aprendido a estar delante de una cámara, a estar aquí todavía no sé cómo se hace”, contó tras la primera proyección del documental al público.

Charo López fue rompiendo poco a poco esa timidez, y acabó aceptando que era un poco “cobarde” y que le tenía “mucho miedo a determinadas preguntas”. Al final lograron que se sentara un día entero a repasar su vida, un retrato de una mujer pionera, fuerte y libre. Ella dijo entre risas que también había “puteado mucho al director” y confesó los tres temas que prohibió en el documental: “Interviú, Almodóvar y los hombres”. Lo de Almodóvar se lo saltó por la torera y explicó que le dijo que no a Matador, y que para arreglar su amistad le dijo que sí a un papel muy pequeño en Kika. Pero ahí lo zanjó.

El cine llegó a Charo López de forma casi casual. Había hecho alguna obra de teatro, pero ella estaba preparada para ser maestra. De repente, un día, gracias a su primer marido, conoce a Gonzalo Suárez. El director nada más conocerla supo ver que en su rostro había algo. Le ofreció el papel de Ana Carmona en Ditirambo. Ella no sabía qué estaba ocurriendo, y su pareja le dijo una frase que todavía recuerda: “Te está ofreciendo hacer una película, desde hoy eres una mujer libre”. Para aquella película tuvo hasta que ir a Roma a conocer al futbolista Helenio Herrera, que se convirtió en productor inesperado del filme.

Comenzaron a llegar películas, papeles en series, pero pocos que ella sintiera que sacaban su potencial como actriz. La prensa seguía destacando solo sus atributos. La incluía en las listas de las mujeres más bellas, y alcanzaba cierta fama. Muchos la calificaron como “el icono erótico de la intelectualidad”, pero eso no daba trabajo ni buenos papeles. En aquel momento había pocos de los que se sintiera orgullosa. En vez de arrastrarse en subproductos o rendirse a las mieles del cine del destape, Charo López rompe la baraja en el año 79. Decide dejar el cine tras dos años sin que la llamen y vuelve a su trabajo como profesora.

Si no me decían que estoy guapa me mosqueaba. Es un ratón que te come, te quita espontaneidad, te exige muchísimo. Yo me he obsesionado con la belleza

Charo López Actriz

“Ahí hubo una crisis económica muy fuerte en la que me planteé por primera vez qué es lo que pasa cuando no te llaman, así que me fui a un instituto y pedí trabajo, les enseñé los papeles y me dijeron que podía empezar la semana que viene. Cuando estaba preparando las clases me llamó el director y me dijo que el comité de profesores había decidido que una actriz no podía dar clases en un instituto”, recordaba la actriz. Por suerte, a la vuelta de la esquina estaba el papel que le cambió la vida, el de Mauricia 'la dura' en la adaptación televisiva de Fortunata y Jacinta que Mario Camus realizó en 1980. 

Ese papel fue clave, e hizo que enganchara una serie de personajes en los que interpretaba a mujeres libres, valientes, pasionales y que “no se convertían en víctimas”. Para ella eran “mujeres marginadas y hermosas de interpretar, porque no aceptan las reglas del juego”. Si uno de esos papeles de mujeres le cambió la vida fue el de Clara Aldán en otra adaptación televisiva, la de Los gozos y las sombras. Se comía la cámara a bocados, y en aquel año 82 donde todavía el país se sacudía el polvo de 40 años de dictadura, López protagonizó una escena que revolucionó el audiovisual, una masturbación femenina.

“Esa escena fue la mejor”, dijo entre risas en la presentación del documental, donde aclaró que nunca tuvo clara del todo la escena y mencionó el mítico discurso que dio este año Petra Martínez en los Premios Feroz hablando de un tema todavía tabú: “Eso sí que fue valiente y eso sí que es un techo de cristal. En TVE me dijeron que lo hiciera de forma que si lo veían los niños creyeran que me dolía la tripa, y que si lo veían los mayores, que dolían las muelas. Me dijeron que si ensayábamos y dije que no, que rodábamos al día siguiente. Yo no es que tenga mucha experiencia masturbándome, pero… le dije al director, 'tú coge la cámara y a ver lo que pillas'. Y salió adelante y fue un éxito grandísimo. Y nadie se escandalizó. O no nos lo dijeron”.

Para Charo López no vale con hacer un buen papel, sino que hay algo que aunque no se diga todos quieren, “repercusión popular”. Hacer “cosas bonitas y que la gente se acuerde”. Eso le ocurrió muchas veces después. En El detective y la muerte, o en Secretos del corazón, con la que ganó su único Goya como Mejor actriz de reparto. Una carrera marcada por una sombra enorme, la de su belleza, que hizo que siempre la consideraran un rostro bonito y que hasta ella misma se obsesionara. “Es una pesadez, pasaba todo el día, y si no me decían que estoy guapa me mosqueaba. Es un ratón que te come, te quita espontaneidad, te exige muchísimo. Yo me exijo y me obsesiono con la belleza”, reconoce en el documental, aunque también sabe que “me hizo la vida mucho más fácil”, expresa en el documental.

Sus frases lapidarias en Me cuesta hablar de mí demuestran su fuerza y la valentía para hablar sin tapujos sobre temas que todavía estaban casi prohibidos para las mujeres, como muestra en esa escena que casi cierra el filme en la que cuenta por qué prefería vivir sin pareja: “Estar sola es una desgracia, pero vivir sola es un privilegio al cual no se llega por azar. Cuesta muchísimo. Pero en España, cuando una mujer dice que vive sola siempre se oye 'pobrecilla, no ha encontrado marido', y hay otras opciones”.

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