Auge, desaparición y regreso de Miguel Adrover, el diseñador que se negó a vestir a Rosalía por no condenar el genocidio en Gaza
La primera vez le dijo que no y, acto seguido, le tuvo una hora al teléfono. ¿Por qué quiere hablar conmigo si me ha dicho que no?, es la pregunta que se hizo Gonzalo Hergueta (Madrid, 1989), director del documental The Designer is Dead, un filme que repasa la trayectoria laboral y vital del diseñador Miguel Adrover. La vida del hombre que dijo que no muchas veces antes de decir, por fin, que sí. Que le podía visitar. Que haría la película, pero a su manera. Que solo podrían filmarlo en sus horas de trabajo y que estas horas de trabajo comenzaban a partir de las tres de la tarde. Un reto para quien busca luz natural para grabar. Hergueta, claro, aceptó las condiciones.
“Han sido casi cuatro años de curro”, confiesa el director en conversación con elDiario.es. Cuatro años en los que él (afincado desde hace 15 años en Nueva York) y su equipo han buceado en los rincones de la vida de un hombre que, salido de un pueblo mallorquín y sin un duro en el bolsillo, llegó a convertirse en la estrella más fulgurante de las pasarelas neoyorquinas muy rápido a fines de los noventa. Tan rápido como, después, se dice que cayó (tras presentar la colección multicultural Utopía en vísperas del 11S). Un hombre que lo conquistó todo, que le dijo que no a Anna Wintour cuando nadie lo hacía y que desapareció, aparentemente sin dejar rastro, después de que lo hicieran las dos torres. El mismo que hace unos meses saltó a las noticias de los periódicos al hacer público que le había dicho que no a Rosalía cuando la cantante le pidió vestirla para su gira. El motivo: que ella no había condenado el genocidio en Gaza.
Hergueta, que también viene del mundo de la moda, se encontró con la figura de Adrover cuando trabaja haciéndole el diseño gráfico a un montón de marcas de moda: “Era el momento en el que estaba estallando el ‘streetwear’, eso de llevar las calles a las pasarelas. Algo que ya había pasado antes, sí, pero no como entonces”, recuerda para sonreír al decir que él creía que estaba innovando, que estaban siendo muy vanguardistas.
“Yo pensaba ‘va, no estamos haciendo lo típico de la moda, esto es algo totalmente diferente’”, continúa para añadir que le flipaba estar buscando minorías para los castings de Adidas. Que eso era algo diferente, rompedor. “Y entonces me encontré con el trabajo de Miguel”, ríe. Él había hecho todo lo que ellos estaban intentando hacer ahora. Y lo había hecho de verdad. “No como nosotros, que era un montaje, una fotografía falsa. Él había cogido a gente de la calle y de su entorno y les había puesto a desfilar en las pasarelas de moda más importantes del mundo”, explica.
“Él no estaba intentando adaptar la pasarela a la calle (como sí estábamos haciendo nosotros), él metió la calle en la pasarela”, insiste Hergueta quien, desde su descubrimiento, quedó fascinado por la figura del diseñador mallorquín y quiso saber más. Saberlo todo. ¿Quién era Miguel Adrover? Por qué una persona que había tenido una carrera “tan brutal” había hecho un parón de repente y decidido desaparecer. Ahí, cuenta Hergueta, había una historia. Y quería ser él quien la contase.
El precio del éxito
El documental, que se alimenta de materiales de archivo inéditos, testimonios clave e imágenes de varios de sus icónicos desfiles (como el momento en el que desjarretó una gabardina de Burberry y la cosió junto al colchón usado de un amigo poeta recién muerto para hacer un vestido y que le valió la denuncia de la marca) es un retrato íntimo del artista que desafío las reglas del sistema de la moda. Pero no cuenta del todo qué le pasó, cómo casi se precipitó al vacío al asomarse a los lugares que se suelen asombrar quienes tienen éxito en las esferas culturales: la droga y el desenfreno.
Esa decisión de no contarlo es una elipsis que, Hergueta, hace a propósito. “Me gusta contraponer los dos mundos. El del artista que fue y del que se escribían crónicas en los periódicos yanquis más importantes de la época y el del hombre que sigue siendo artista, pero ahora desde la soledad de una casa pequeña en un pueblo en la que monta escenas, hace fotografías en la que él es su propio modelo y las sube a sus perfiles de redes”, explica el director quien opina que las fotografías de Adrover —quien muestra un increíble control de las poses y de su enorme cuerpo— merecen más estar expuestas en un museo que en un muro de Instagram. “Pero eso es, supongo, porque yo tengo una mentalidad más viejuna”, bromea.
Miguel Adrover es una persona muy política. Toda su moda y todo su arte están atravesados por su cosmovisión
“Miguel era un tío que, frente al ‘heroin chic’ de los noventa y todo ese machismo que destilaba el mundo de la alta costura, te plantaba a desfilar a una tía con un AK-47 y, además, esa tía era negra”, continúa Hergueta, señalando la importancia de los pioneros. “Ahora, en los últimos años, el nombre de Adrover ha vuelto a la conversación pública, pero esto es algo muy reciente” continúa el director quien declara que, para él, conseguir entrevistar y grabar al genio ha sido como “encontrarse con un Pokemon Legendario”.
Las mujeres que lo acompañaron
Adrover casi no habla en toda la cinta, sobre todo al principio. Después ya sí. Según avanza el metraje deja que el espectador se asome —apenas un poco— a sus ideas y reflexiones. Pero su historia no la cuenta él. La cuentan ellas, las mujeres que lo rodearon. Jennifer Hoffman, quien fuera su mano derecha y gran amiga durante muchos años y Robin Givhan, escritora crítica de moda y periodista estadounidense a quien Adrover admiraba.
“Quería hablar de las mujeres que le rodearon, que le ordenaron. Y Hoffman fue quizá la persona más importante en la carrera del diseñador. Ella le ayudó muchísimo, probablemente no habría llegado a donde llegó sin su ayuda”, explica Hergueta, que desea reivindicar a las mujeres en el mundo de la moda.
“Estaba buscando perfiles fiables que lo hubieran conocido y que fueran fiables porque, claro, cuando la cosa acabó, acabo muy mal. Drogas, deudas por todas partes, ya sabes”, comenta para señalar que todo el mundo, dentro del mundillo, le instaba a que hablara con figuras como Almodóvar o Rossy de Palma. “Almodóvar puede vender mucho nuestra película, sí, pero entonces ya no sería la historia que queríamos contar. Nosotros no queríamos un reclamo, queríamos hablar con aquellos que habían estado allí, que lo habían vivido todo desde dentro. Codo con codo con Miguel”, explica.
Fue entonces cuando, tras mucho buscar dio con una figura que lo sabía todo, que lo había vivido todo, que salía en cada foto, pero cuyo nombre le había costado localizar. Y Jennifer Hoffman tenía ganas de hablar. “Llevo esperando muchos años a que llegue un mensaje como el tuyo”, le dijo a Hergueta.
Y es su voz, a ratos emocionada y con los ojos al borde de la lágrima, quien cuenta buena parte de esta historia. Aunque ya no se hablen entre ellos, aunque sus vidas hace tiempo que tomaran caminos opuestos. “Se quieren, o se quisieron, y se nota muchísimo”, cuenta el director quien considera que tuvo mucha suerte al encontrarse con un testimonio como el de ella.
Posicionado políticamente
“Adrover es una persona muy política, toda su moda, todo su arte está atravesado por su cosmovisión”, explica Hergueta para desvelar que, hará un año, le pidieron que cerrara un importante desfilé y él accedió con una sola condición: poder llevar consigo una kufiya, el pañuelo palestino. Nunca contestaron a su mensaje.
Adrover tiene las cosas claras y lo ha demostrado en esa y en más ocasiones, como cuando se negó a vestir a Rosalía porque esta no había condenado el genocidio en Gaza. “Es un artista total”, aseguró Hergueta para añadir que, en ocasiones, “se ha dicho de él que volvió al Underground, que no triunfó del todo como sí lo hizo Alexander McQueen, pero el precio que este pagó fue mucho más alto: se quitó la vida”.
El tema de qué es el éxito y lo que puede significar es uno de los que han atravesado las largas conversaciones que el diseñador tuvo con Hergueta durante el rodaje del documental. Aquello de si merece la pena darlo todo, tenerlo todo un rato, para dejarse la vida en el camino. Cuenta Hergueta que ambos hablaban mucho sobre la vida de Mcqueen, quien si se mantuvo entre la alta sociedad: “Me decía: ‘Oye, sí, yo estoy aquí haciendo mis cosas en casa, no sigo en Nueva York, pero mi amigo murió, ¿sabes?, ese el mayor precio que uno puede pagar, su propia vida’. Es una pena que de ese asunto nunca quisiera hablar en cámara”, zanja.
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