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Fatih Akin, cineasta: “Alemania apoya a Israel por la culpa que siente por el Holocausto”

El cineasta Fatih Akin en el pasado Festival de Cannes, donde presentó 'La isla de Amrum'

Javier Zurro

28 de abril de 2026 21:43 h

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Fatih Akin llegó al cine como un terremoto. Aunque llevaba un par de películas a sus espaldas, fue con Contra la pared (2004) cuando el mundo le descubrió. Akin mostraba nervio y fuerza para contar cómo viven los turco-alemanes en Alemania. Tamizado en forma de un drama que buscaba abofetear al espectador, Akin contaba su propia experiencia, la de un hombre nacido en Hamburgo al que su ascendencia turca siempre le va a atravesar. No solo culturalmente, sino también en su integración en una sociedad que sigue señalándoles y etiquetándoles como ciudadanos de segunda.

Muchos le calificaron rápidamente como una nueva ola de un cine alemán que necesitaba nuevos referentes. Y más cuando Fatih Akin ganó el Oso de Oro y el Premio a la Mejor película europea del año. Desde entonces el nombre de Akin, aunque nunca ha desaparecido del mapa, sí que había perdido empuje. Su cine estaba demasiado marcado por las formas estéticas y narrativas de esa primera década del nuevo milenio, y por eso ha tenido que ir virando y encontrando nuevas historias en donde encajar sus intereses como creador.

Lo ha encontrado en una película que parece una rara avis en su filmografía, La isla de Amrum —que se estrena este viernes tras ganar el BCN Film Fest—, un drama histórico, algo que ya choca con el resto de sus películas, ancladas al presente de Alemania. Sin embargo, esta mirada al final de la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de posguerra a través de la mirada de un niño conecta directamente con el tema esencial de su filmografía: la identidad. Akin siempre se ha preguntado cómo se conforma la identidad. ¿Qué hace a una persona alemana, o turca?

En esta ocasión, la pregunta va más allá, y bucea en cómo la herida de las barbaridades cometidas por el nazismo han marcado y marcan la forma de actuar en el presente a Alemania. Akin coge el camino opuesto al de Wim Wenders en la pasada Berlinale y habla sin miedo de los temores y complejos de su país. Recuerda una frase de su propia película, cuando el niño protagonista le dice al fantasma de su tío que aunque no fuera su culpa lo que pasó en Alemania, sí que tiene algo que ver con aquello. Por mirar para otro lado. Por saberlo y callar. 

Tras recordar ese momento une aquello con el presente: “Ese es el destino de Alemania. Por eso Alemania está del lado proisraelí, porque todavía sienten la culpa, la vergüenza y la conexión con el Holocausto. Y para borrar eso deciden tomar esa posición, este enfoque político que viene de la Segunda Guerra Mundial, que viene de la culpa y de nada más. No es porque los alemanes sean judíos. No tiene nada que ver con eso. Al revés, es una forma de ocultar los crímenes de nuestro pasado, así que sí, esta película habla de la identidad de Alemania”.

Para el cineasta el tópico de que Alemania lidió bien con su memoria histórica es falso, y por supuesto no es algo “de lo que haya que tener envidia”. “En Alemania hemos vendido esa narrativa de que hemos manejado bien el pasado. Y eso fue así porque se perdió la guerra y la historia la escriben los vencedores y los que vencieron fueron los estadounidenses. Fueron ellos los que nos enseñaron. Los que nos mostraron el proceso de Núremberg, los que contaron la historia a través de películas. Fue una reinvención. En Alemania no lidiamos con el pasado en los años 40, porque nadie habló de eso. No manejamos el pasado en los años 50 porque estábamos en ascenso económico. Durante la Guerra Fría Alemania se opuso al bloque soviético, era aliada de los estadounidenses y nadie hablaba de la guerra, de cómo afrontarla ni de la culpa”, analiza Akin.

En el cine hay más realidad, más verdad, y menos manipulación que en las noticias

Fatih Akin Cineasta

En Alemania nadie reconocía que había participado en el Holocausto ni se mostraba culpable. Enterraron las vergüenzas bajo la alfombra. Para el cineasta eso empezó a cambiar en el 68. Fue la siguiente generación la que cuestionó a sus padres, la que les preguntó qué hicieron durante la guerra, si hicieron algo o no. Y en ese paso hubo un elemento que para el director fue muy importante: la serie Holocausto, que en los años 70 considera que fue fundamental para “la memoria colectiva” del país. 

La prueba de que aquello fue más un relato que una realidad la encuentra en el auge de la extrema derecha en Alemania. Cree que la sociedad alemana estuvo “en una especie de depresión, reprimiendo algo, ocultándolo bajo presión y ahora ha estallado”. “La película habla sobre el trauma. Y el trauma se trata con terapia. Creo que el cine es una especie de terapia. No la única, por supuesto, pero contribuimos a ello”, apunta y enfatiza que por eso es importante seguir hablando de estos temas.

Que a la gente le interesa lo confirma el gran éxito comercial del filme en su país. Un éxito que le ha sorprendido y que cree que muestra que “hay una necesidad, un deseo de hablar de ello”. Sabe que la extrema derecha no irá a verla, porque ellos “no quieren ir a terapia”. Pero no se engaña, sabe que el principio que rige todo es que las películas den dinero: “Mientras la gente vea estas películas, habrá más, es el capitalismo”.

Fotograma de 'La isla de Amrum'

Él no ha llegado a La isla de Amrum por un motivo mercantilista, sino para poder realizar la película que siempre soñó su amigo y colaborador Hark Baum, quien fuera su profesor de cine y en cuyos recuerdos se basa su filme. “Esta iba a ser su última película y yo iba a producirla. Habla de su infancia. Sus padres eran nazis. Me acuerdo aquel momento en el que todos los directores hablaban de su pasado, Alfonso Cuarón, Kenneth Branagh, Spielberg… y le dije a mi profesor que debería hacer una película sobre su pasado porque él tenía algo que contar. Cuando fue demasiado mayor y no podía rodar me pidió que la hiciera yo. Así que esta película ha sido un reto, pero también una misión y una tarea”, confiesa.

Aunque suene naif cree en que el cine puede hacer que la gente cambie la forma de enfrentarse a su pasado y a su vida, porque las películas cuenten “historias, conflictos internos y personajes”, de hecho, en un momento donde la verdad se ve amenazada y en cuestión, Akin defiende el cine donde el lugar donde “hay más realidad y más verdad, y menos manipulación que en las noticias”.

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