Llegan a Vallecas tres kilómetros de 'piedras de la memoria' como homenaje a vecinos deportados en campos nazis
Parece mentira que hasta este martes 28 de abril no hubiera ningún Stolspereine en el distrito de Puente de Vallecas. No solo por el conocido carácter combativo de sus barrios sino porque los vecinos del entonces municipio (y arrabal de Madrid al otro lado del arroyo Abroñigal) jugaron un importante papel en la política de izquierdas de los años treinta.
Esta era una de las razones que hacía tan especial la colocación de siete piedras de la memoria para otros tantos vecinos deportados a campos de concentración nazi. La otra era la presencia de Gunter Demnig, el artista alemán que diseño los Stolpersteine. Ya estuvo en 2019 en Madrid, cuando Isabel Martínez y Jesús Rodríguez (almas del proyecto en la capital) comenzaban con las colocaciones. Pero entonces los adoquines dorados no eran conocidos en nuestra ciudad y lo que los dos activistas memorialistas llaman “la familia Stolsperteine” apenas estaba naciendo. Por ello, la presencia de Demnig en España no tuvo el impacto informativo de esta vez.
La llegada de piedras de la memoria al distrito vallecano se venía rumiando desde hace varios años en el entorno de distintos colectivos, como la Cofradía Marinera de Vallekas –sus reconocibles camisetas de rayas estuvieron muy presentes en la jornada– o la asociación Kascoviejo, que lo han impulsado de la mano de Isabel y Jesús.
“Nosotros les decíamos que necesitábamos contactar con familiares de los deportados para poder traer la experiencia a Vallecas. En diciembre de 2024 conocimos a dos familias y empezó todo. Por entonces, teníamos localizados seis deportados y ahora ya son quince”, explica Isabel, dando cuenta de la investigación rigurosa que han llevado a cabo en los últimos años para reconstruir la memoria vallecana en los campos de concentración nazis.
“Solo fueron liberados dos de los quince que conocemos, lo que supone una mortalidad aún mayor de la habitual, pues solían morir dos de cada tres personas internas”, explica Jesús en otro momento del recorrido.
La primera de las colocaciones tendría lugar a las nueve de la mañana en la calle Mendivil. Allí vivía Esteban Díaz Baides, asesinado el 7 de enero de 1942 en el campo de Gusen. Inés es vecina de Vallecas y nieta del homenajeado. En su familia, al contrario que en otras, se ha hablado sobre el tema, pero les falta información. “El que más ha hecho por ello es mi tío Francisco, el único de los hermanos que queda vivo. Buscó mucho en archivos cuando se jubiló”, explica. Inés es profesora de secundaria jubilada y, con motivo de una actividad en la que le pidieron que hablara de su familia, comenzó también investigarlo.
Durante la colocación de la calle Mendívil apareció la policía municipal pidiendo explicaciones por la aglomeración de personas. El contratiempo quedó en anécdota, pero da cuenta de la descoordinación administrativa con un acto aprobado en la Junta Municipal.
Para Isabel, Jesús y el resto de implicados, la colocación de Vallecas ha supuesto un gran esfuerzo. Nadie puede imaginar todas las cosas –administrativas, documentales, afectivas – que hay que hacer para llegar al día del recorrido. Un día antes de la colocación, los agujeros donde han de incrustarse las piedras todavía no estaban hechos y aún flotan en el aire los nervios ocasionados por el extravío de 35 piedras procedentes de Almenia por parte de la empresa de mensajería SEUR,. A pesar de haberse solicitado, no se cortaron temporalmente las calles en las que se han colocado las piedras.
La segunda de las paradas de la mañana tuvo un gran simbolismo. Se recordaba a Julián Fernández López en la calle de la Concordia. Excepcionalmente, la piedra no se colocaba frente a la casa donde vivió el deportado. Su rastro se ha perdido dentro de los terrenos que hoy ocupan las cocheras de la EMT y el puerto seco de Abroñigal. Otra situación excepcional: Julián fue el único de los homenajeados el 28 de abril que salió con vida del campo, en el que resistió cinco años antes de establecerse en Francia.
Se barajó poner la piedra junto a la Junta Municipal de Puente de Vallecas pero la propuesta no prosperó y hubo que buscar una nueva ubicación cargada de simbolismo: junto a la vieja Casa del Pueblo de la calle de la Concordia. Aunque esta pequeña vía de Puente de Vallecas ya se llamaba así antes de los años treinta, su denominación resulta muy adecuada, como resaltaba in situ el historiador José Moreno-Aurioles. En el edificio neomudéjar que está justo enfrente de la Casa del Pueblo, compartieron espacio el Ateneo Libertario y el Radio Comunista. Muy cerca, estuvo también el antiguo Ayuntamiento de Vallecas, donde hoy hay una biblioteca pública. “Un sitio donde olía a libertad y olía a república en este barrio”, dijo Luis Sánchez-Grande, presidente de la asociación Kascoviejo.
Desde estas primeras colocaciones quedó claro que Gunter Demnig no buscaba protagonismo. Fuera de foco, preparaba con mimo artesano el agujero y colocaba la piedra. Y salía de plano. Su centro de operaciones era una furgoneta roja con la que se trasladaba de un lugar a otro –cuanta ya con 78 años–. Cuando se abrían las puertas traseras del vehículo, quedaban al descubierto escoplos, cubos de cemento y otros enseres que convierten el coche en un taller ambulante.
Igual de reservado, protegido por el ala de su sombrero, se le vio en la recepción que se dio a continuación en el salón de plenos de la Junta Municipal de Puente de Vallecas, donde se dejaron ver algunas figuras políticas de distinto color, escondidas entre una multitud que abarrotaba la sala y los pasillos de la vieja casa consistorial.
A continuación, tocó homenajear en la calle de Ramón Calabuig a Arturo Mera Vives, asesinado en Gusen el 15 de julio de 1941. Para llegar allí, paseamos por Peña Gorbea, Monte Igueldo o el mercado. Toda la mañana fue una ruta por las calles principales de Puente. Todos los trayectos eran puro Vallecas popular, con vecinos curioseando desde los balcones, saliendo a preguntar de los bares –“¿de qué es la mani?”– , con frases de apoyo y hasta algún “¡viva la República!”. Entregó la piedra Bego de la librería La esquina del zorro, que ha sufragado los gastos de este Stolsperteine.
En torno a las doce menos veinte le tocó el turno a Manuel Masiá Valdés (asesinado en Mauthausen el 19 de octubre de 1943). La placa se ha colocado junto a unas canchas de fútbol de la calle Francisco Laguna, enfrente de un colegio de barrio en el que estudiaron los miembros de la familia de Manuel. ¿La razón? La intensa remodelación de Vallecas ha borrado a su antojo calles y líneas de casas bajas.
Javier Masiá es sobrino de Manuel Masíá Valdés. Una distancia de una sola generación poco habitual en estos casos. “Tengo 54 años, es raro por edad, pero era uno de los hijos mayores de mi abuelo y, a su vez, mi padre era de los pequeños. Además, a mí me tuvo ya siendo mayor”, explica.
Su abuelo, Antonio Masiá, fue concejal de Vallecas en el consistorio de Amós Acero, el alcalde de Vallecas del Partido Socialista asesinado por el franquismo. “Aunque no sabemos exactamente por qué, parece que en previsión de lo que pudiera suceder mi tío Manuel escapó a Francia, con la mala fortuna de que después de año y pico acabó en Mauthausen”. En su familia, explica, siempre supieron que había fallecido en ese campo porque un superviviente vallecano regresó y lo contó. “Pero esa era la única noticia que teníamos al margen de las fechas”.
“Solo conservamos una foto que tiene muy mala calidad y cada vez que la miro pienso que no sabemos nada de estas personas. De los que quedamos vivos, nadie le ha conocido, no sabemos si en ese año y medio tuvo algún hijo, si era gay, que pasaba por su cabeza…es la impotencia de pensar que fue una vida truncada”, cuenta Javier, que sigue buscando imágenes de su tío. “Fui a la Imprenta Municipal, donde trabajaba de aprendiz antes de la guerra”.
En la calle Manuel Maroto espera, poco después, el recuerdo huérfano de Ramón Gallego Alarilla, asesinado en el campo de Gusen en enero del cuarenta y dos. La piedra se coloca junto a un taller mecánico (no será la única ocasión). El paso del autobús, una sierra de metal en las cercanías y el bullicio de la calle tapan las palabras leídas sobre Maroto. Pero el matrimonio que regenta la tienda de arte de enfrente sale a preguntar y lo mismo hacen muchos otros vecinos. La aglomeración que obstruye la calle llama la atención acerca del significado de la piedra. Es la primera de muchas otras llamadas de atención por venir, cuando los vecinos se tropiecen con un adoquín dorado que sobresale ligeramente del asfalto.
Esta conexión del barrio con su memoria perdida se reproduciría de forma especial en la siguiente parada, en la cercana calle de García Llamas, donde vivió José Sánchez Ugarte (asesinado en el campo de Stayr en 1942). Decenas de personas esperan frente a una casa baja de ladrillo, superviviente del avance inmisericorde de la urbanización. Gunter ha llegado pronto y se afana en preparar la oquedad del suelo. Hace calor y se ha despojado brevemente de su característico sombrero.
Se abren las puertas de la casa y queda a la vista un patio interior de vecindad característico de las viviendas obreras del extrarradio. De su interior sale una de las familiares de José. Es la tía de Mar, la nieta del homenajeado, que no ha podido venir por asuntos laborales pero ha hablado con nosotros.
“Puedo contar poco, tristemente”, cuenta Mar acerca de la historia de su abuelo. Estuvo buscando durante mucho tiempo información junto con su hermano, ya fallecido. El único contacto con la memoria de José fueron algunos detalles que les pudieron transmitir su madre y su tía, hoy presente. “Es cierto que he podido aportar la única foto que tenía de él”, explica. Para Mar, la llamada telefónica para informarla de la colocación fue una sorpresa cargada de emoción, “un día que no podré olvidar nunca, no me lo creía”, recuerda con el peso de la emoción en la voz.
La comitiva, aún muy nutrida al filo del mediodía, enfila luego por la Avenida de San Diego y otras calles hasta las inmediaciones de la Asamblea de Madrid, donde se habría de colocar la última de las piedras. José Galindo es sobrino-nieto de Alejo Gutiérez Sebastián, cuya piedra se ha colocado en la esquina de las calles Romeo y Julieta con Diligencia. La madre de José Galindo tenía un recuerdo tenue de él y apenas una vieja foto que no han conseguido encontrar. Él es de formación historiador y le late el gusanillo de la curiosidad, por lo que emprendió en su momento una serie de averiguaciones que tiene previsto continuar. Detalla con precisión cada cuerpo del ejército en el que estuvo Alejo y los frentes en los que le tocó luchar..
La hégira de Alejo después de la guerra se parece a la de muchos otros perdedores de la contienda. Exilio en Francia, paso por el campo de Argelés-su-Mer, compañía de trabajadores –probablemente terminando de construir la famosa Línea Maginot–, detención por el ejército nazi, Mauthausen y Gusen, donde fue asesinado el 7 de diciembre de 1941. Una letanía común a otro homenajeados este martes.
Gran parte de la familia ha permanecido en Vallecas durante todos estos años. Por eso saben que las calles de Palomeras han cambiado mucho, hasta el punto de desdibujar los contornos urbanos que una vez tuvieron, por lo que la piedra ha sido colocada frente un moderno edificio. “La casa debía estar en el interior, más o menos donde está la piscina”, comentan. A José, a su familia y al resto de familiares ya les ha supuesto un importante impacto el acontecimiento. “Este mes de agosto vamos a ir a Gusen a intentar poner allí una placa en su nombre”, cuenta con emoción.
Como ha sucedido durante toda la mañana, Demnig mira desde varios metros atrás, junto a su furgoneta. Los niños de la familia introducen piedrecitas traídas Mauthausen y Gusen en el hueco. Es Isabel la que va a por Gunter para que pose en la foto que reúne a familiares de deportados que han recibido el homenaje hoy y en jornadas anteriores. Hay aplausos. Hay emoción y hay alegría.
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