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OPINIÓN

Próspera en Madrid, o por qué nuestras ciudades son la maqueta de las “utopías” libertarianas

Duna Tower en medio de una zona de alto valor ecológico en el norte de Honduras

Luis de la Cruz

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Seguro que algunos lectores habrán escuchado hablar de Próspera, el experimento libertariano pensado como una ciudad-empresa incrustado en territorio hondureño. Un laboratorio de gobernanza privada y desregulación extrema que ha merecido un puñado de artículos en prensa en los últimos años. Otros muchos no lo conocerán o pensarán que se refiere al escenario de una serie clónica de Netflix (yo lo he recordado después de la mención que Pedro Bravo hace en su Antes todo esto era ciudad).

Próspera es una ciudad corporativa (una empresa, vaya) con un grado de autonomía que la convierte en una isla legal dentro del territorio que la rodea. En este caso en una isla dentro de la isla de Roatán. Es lo que llaman una ciudad chárter y fue fletada por el inversionista venezolano Erick Brimen. Empezó a ser pensada en 2017 y su construcción despegó en 2021. Pronto llegaron migrantes económicos de Sillicon Valley y el dinero de exégetas del trumpismo como Peter Thiel, cabeza de la parafernalia militar y de la IA en Palantir. Con todo, es aún un proyecto naciente.

Un vistazo a la página web de Próspera nos traslada antes a la retórica que anima los discursos de nuestras ciudades occidentales que a las distopías corporativas que leíamos con avidez hace algunas décadas. William Gibson y Bruce Sterling eran más sucios y divertidos que nuestra realidad.

La economía de Próspera descansa sobre la atracción de empresas tecnológicas –la fiscalidad casi nula y la “flexibilidad normativa” son los incentivos–, la organización de eventos y el sector inmobiliario. Su discurso incide en que la atracción de inversiones garantizará el estado de derecho y la supresión de la pobreza. La libertad no se les cae de la boca. ¿Nos suena? Madrid está lejos de Honduras todavía, pero mira a Próspera a los ojos.

Como en cualquier ciudad que se quiere neoliberal, Próspera es posible porque unas élites han captado esferas del Estado antes. Para darle una viabilidad legal, fue necesario aprobar la Ley de Zonas de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDEs). Juan Orlando Hernández, el presidente que las impulsó, fue condenado en Estados Unidos por narcotráfico y, en 2024, la Corte Suprema de Honduras declaró inconstitucional la ley, sumiendo el proyecto en un camino inconcluso de litigios con el Estado. Próspera también es viable porque el Estado de Honduras estableció en su momento un aeropuerto internacional en Roatán y por el resto de columnas que sostienen el día a día de una isla que, por otro lado, es desde hace muchos años un enclave turístico de lujo.

Roatán ya sirvió hace siglos para aterrizar una nueva sociedad, solo que entonces lo fue para los perdedores de otra globalización distinta a la actual. Los garífunas, descendientes de afrodescendientes y pueblos originarios del Caribe. Mezclados en los márgenes de una civilización construida desde los mimbres de la conquista española y en tiempos de la trata de esclavos. Una historia de deserción, refugio y cimarronaje combinada con otras de piratas e Hidrarquía –Rediker y Linebaught dixit– convenientemente recicladas para atracciones turísticas en la actualidad.

Próspera está ubicada sobre el que fue el primer asentamiento de los garífunas en Honduras, a donde llegaron después de ser desplazados de otras tierras por los ingleses. Ahora, temen volver a ser expulsados por los ¿prospereños? Una gentrificación sin matices culturales pero que también es impulsada por las lógicas del mercado.

Roatán es tan mestiza como Madrid y como la mayoría de lugares del planeta, construida por madrileños migrantes, procedentes de las dos Castillas, Extremadura, el Caribe, Marruecos o Filipinas, entre otros muchos lugares.

Se suele decir que este tipo de aventuras de diseño son los laboratorios de la gobernanza neoliberal de las ciudades por venir. Cabe pensarlo, sin embargo, al revés. La ciudad neoliberal lleva imponiéndose dentro de nuestras ciudades y convirtiendo sus lógicas desquiciadas en el marco de la normalidad desde los años ochenta. Próspera Honduras –especificamos porque ya han emprendido en África también– no tiene visos de ser un éxito.  Sin embargo, quizá, nosotros seamos figurantes de un prototipo de extractivismo destinado a preparar el futuro de las élites viviendo a su bola, mientras que el resto de los mortales nos dedicamos a generar plusvalías para pagar los delirios biohackers de las élites en sus  nuevas utopías urbanas.

Los habitantes afrocaribeños de Crawfish Rock, la zona al norte de Roatán donde está enclavada la ciudad en construcción, llevan tiempo organizando protestas frente a las escavadoras al grito de “go home!”. A nosotros, como a ellos, solo nos queda poner en marcha la rebelión de las ratas de laboratorio contra los dueños del laboratorio.

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