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ENTREVISTA A PEDRO BRAVO

El libro que explica cómo superar el desamor por lo urbano: “Hay que cambiar las ciudades para cambiar el mundo”

Pedro Bravo, sobre la imagen de la portada de su libro.

Diego Casado

Madrid —
10 de abril de 2026 22:21 h

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“¿Se puede sufrir desamor en nuestra relación con la ciudad?” Es la frase con la que Pedro Bravo empieza a explicar lo que sienten los habitantes de urbes de todo el mundo. Lo hace en su último ensayo (Antes todo esto era ciudad, Debate), en el que además de trazar un minucioso mapa sobre la deriva distópica que padecen millones de personas a la vez en distintos puntos del planeta, intenta atisbar un camino de esperanza y soluciones al que aferrarse.

Bravo aborda este tema después de haber publicado otros libros sobre movilidad (Biciosos) y analizando el ascenso del turismo (Exceso de equipaje), y a la vez que lleva escribiendo mensualmente, durante años, una columna en Somos Madrid sobre lo que ve y siente durante sus paseos por la ciudad (Stories Matritenses), un blog en el que ha tocado parcialmente los temas que afectan a cualquier urbanita y que ahora analiza globalmente en su nuevo ensayo.

SOMOS MADRID: Arrancas tu libro hablando de nuestra relación con la ciudad como si fuera una pareja que nos ha dejado.

PEDRO BRAVO: Parte de una sensación personal que intuyo que es colectiva, o al menos de mucha gente. Es la sensación de sentirte extraño en lugares que antes te acogían, entendías, que te identificabas con ellos. Ese extrañamiento con la ciudad se parece muchísimo al desamor que uno siente cuando está en una relación de pareja. Pasas de estar en tu casa muy bien con una persona y, de repente, todo es extraño, hasta las propias cosas cotidianas. Es algo que yo creo que nos está pasando con las ciudades, que provoca desorientación, tristeza, y hasta una pérdida de sentido.

A diferencia de las relaciones de pareja, con la ciudad no hay una razón emocional para que pase esto, sino razones objetivas. Eso es lo que intento analizar en la primera parte del libro: ¿qué procesos son los que nos están provocando el desamor con nuestras ciudades, con las ciudades a las que les tenemos cariño, o incluso con ciudades que no conoces y, al llegar, también te resultan raras precisamente porque son muy parecidas a otras en las que ya has estado?

Al principio del libro también defines lo que es una ciudad. ¿Estamos tan perdidos que actualmente no reconocemos lo que es una urbe?

Me gusta empezar definiendo las cosas para ver si estamos hablando de lo mismo. La ciudad se puede definir básicamente de tres maneras: como espacio arquitectónico, las infraestructuras que conforman un territorio urbano; como la administración de ese espacio arquitectónico y sus infraestructuras; y una tercera forma, que a mí me parece fundamental y que tiene que ver con la etimología, que es el de la comunidad que vive en ese espacio arquitectónico manejado por esas administraciones. Ese es el sentido fundamental de por qué vivimos en ciudades, el de la evolución social que supuso para el ser humano pasar de estar en aldeas a lugares más grandes y más complejos.

Si las aldeas eran reuniones de gente muy similar, casi todos familiares, en las ciudades lo que hacemos es encontrarnos con gente que es distinta para hacer cosas juntos. Y eso es troncal en todo el libro y lo que tendríamos que tener como idea de ciudad: es una comunidad y por eso tiene éxito. De esa fricción, de ese choque entre personas que no necesariamente tienen que estar de acuerdo en todo, surgen ideas nuevas que hacen evolucionar las ciudades y la sociedad humana. Partir de esa base es fundamental para entender los procesos de los que hablo en el libro, por los cuales estamos inmersos en ese desamor, y entender cómo las políticas de buena parte de los administradores de los territorios y de las ciudades no están entendiendo esa definición de comunidad y están tomando la ciudad como un producto que se puede comercializar de diversas maneras, sin que esa comunidad que vive ahí se pueda beneficiar, lo que hace que sea perjudicada.

Uno de los grandes problemas de las ciudades es que son cada vez más desiguales.

Todos los grandes gurús de la economía que han analizado la desigualdad retratan cómo esta aumenta en Occidente a partir del inicio de la globalización, cuando empiezan a perder las clases medias, aparte de las clases trabajadoras. Cada vez hay gente más rica, pero sobre todo hay muchísima más gente con menos poder adquisitivo. En las ciudades ocurre de dos maneras: en las urbes que apuestan por atraer visitantes o inversores -eso que ahora se llama éxito- generan mucha desigualdad en su interior. Esto lo analiza Richard Florida, en The Global Crisis: lo que hacen los inversores, las políticas de atraer visitantes de todo tipo (turistas, expats, etc) es encarecer el coste de vida, incluido el de la vivienda, y que la gente no pueda acceder a cosas a las que podía llegar antes, lo cual provoca ese desamor del que hablábamos.

También ocurre una desigualdad entre esas ciudades de éxito y las otras del país que no lo tienen, porque se da un engrandecimiento a costa del empobrecimiento de otros territorios. Madrid, por ejemplo, está quitando posibilidades a otras ciudades intermedias que podrían estar muchísimo mejor.

¿También se da una desigualdad generacional?

No lo trato muy específicamente en el libro, aunque lo menciono. Sí que la hay, pero no porque haya unos que se lo han llevado muerto y otros que no tengan nada. El incremento de la desigualdad global y de la pérdida de futuro por parte de las nuevas generaciones suceden al mismo tiempo. A estas últimas les ha tocado vivir un proceso económico en el que ya no hay tanta productividad, el trabajo no rinde tanto y el mercado inmobiliario es algo internacional en el que se meten grandes capitales que no obtienen esas rentabilidades en otros ámbitos, y entonces están sufriendo todo un proceso económico internacional, global.

A mí no me gusta enfocarlo como que han ganado los mayores y hemos perdido los jóvenes, la dinámica lleva décadas y está empobreciendo a todo el mundo, pero especialmente a las generaciones que han crecido en este momento. Lo que tenemos que hacer es encontrarnos juntos para buscar soluciones porque los que las tienen que buscar parece que no están en ello.

En el libro analizas la búsqueda de la marca ciudad y del intento por atraer, ganar y crecer continuamente. ¿Por qué las urbes se están comportando como empresas?

A mí me parece inexplicable. Creo que hay un factor de imitación: a veces pensamos que la gente hace las cosas con un plan premeditado y los que gobiernan ven algo que se hace por ahí y dicen, vamos a hacerlo. Es así de triste. Creo que también hay un factor que es muy humano, que nos gusta ser percibidos por los otros como atractivos y esto nos pasa en individual y está pasando también en lo urbano. Y porque no se hacen los números: se dice que está muy bien que vengan visitantes e inversores y que eso es bueno para la economía, pero probablemente nadie haya hecho un excel que dé cuenta de si eso es así o no. En el libro cito un estudio que sí se publicó en Amsterdam y en el que no salían las cuentas para estas políticas de atracción. Luego está el problema de que muchas veces las administraciones no están formadas en asuntos empresariales o económicos y andan repitiendo cosas que vienen de ese ámbito.

También hay muchísima influencia de las grandes consultoras y de las grandes empresas, que se combina con una pérdida de poder político del poder político. No solo los municipales, también los regionales, los estatales y los internacionales están cada vez más ya no influidos sino sometidos a los poderes económicos. A la hora de tomar decisiones, aunque parezca paradójico, importan más los intereses de esos poderes que los de las personas que viven dentro. Esto no es demagogia, lo estamos viviendo: cuando se facilitan las operaciones de operadores internacionales de todo tipo de cosas -inmobiliarios, turísticos, de grandes eventos, de grandes plataformas- lo que se hace es facilitarlo, y lo que no se piensa en muchos casos es cómo mejorar la vida de las personas que habitan en la ciudad.

¿Cómo influye eso en el pensamiento de los ciudadanos?

Creo que todo eso es origen de la ira y la frustración con la que mucha gente está comprando los mensajes presuntamente revolucionarios de los nacionalismos populistas, autoritarios... de Trump a Orban o a Abascal, pasando por Ayuso. Si tú estás viendo que no pasa lo que te han dicho durante muchos años que iba a pasar, si no estás siendo cuidado y pierdes capacidad adquisitiva, estás en una crisis económica permanente, en una crisis existencial... pues estás cabreado.

Entonces, ¿el ascenso de los totalitarismos tiene que ver con lo urbano?

Yo creo que sí. Durante muchos años, los investigadores y los análisis electorales han venido diciendo que este ascenso tenía que ver con una lucha entre lo rural y lo urbano. Yo no estoy de acuerdo: el proceso se puede ver así en Francia, en Alemania, en España incluso, pero las ciudades no son solo las grandes ciudades, sino también las pequeñas y medianas. Esas son ciudades en las que la ausencia de futuro se ve primero y llega antes la desigualdad.

Cuando todas las políticas van a los grandes centros urbanos, los pequeños relacionados con lo rural viven una primera desigualdad y un primer sentimiento de olvido. En muchos casos empezó por ahí, pero ya está pasando en las grandes ciudades. En las últimas elecciones locales de Francia han seguido ganando políticas supuestamente progresistas, pero la extrema derecha sigue en aumento. Lo que me parece muy peligroso por parte de los políticos que no son los nacionalpopulistas y que presuntamente lo que quieren es esa progresía es que no se estén dando cuenta que la frustración está basada en hechos reales. Todos estos mensajes de cuidado que viene de la derecha... es verdad, pero cuidado con que gobiernos de la izquierda tampoco estén solucionando los problemas.

Defines la especie humana como una “especie urbana” y a la vez también cuentas que nos hemos desconectado de la naturaleza.

No creo que necesariamente los humanos tengamos que vivir en ciudades, pero lo estamos haciendo y la tendencia va a más. Lo urbano es fundamental en nuestra vida ahora mismo, pero tiene que entender que forma parte de la naturaleza. Hay un desapego hacia ella y una relación casi utilitaria, incluso por los que quieren salvar la naturaleza, que lo hacen como protagonistas. Yo creo que los humanos somos parte de la vida y las ciudades han de ser lo más acordes y armónicas con la naturaleza. No es el camino que estamos llevando. Hay un montón de proyectos de renaturalización en muchas ciudades, pero tenemos que intentar vivir en armonía con la naturaleza, algo que tiene mucho que ver con lo de la comunidad, estar atentos los unos a los otros, entendiendo los otros como humanos, pero también como las plantas y animales.

En un mundo en el que el cambio climático ya es una evidencia, actuar políticamente con todo teñido de verde es lo único que puede garantizarnos la vida en las ciudades

¿Qué acciones serían realmente radicales para conseguir esa renaturalización verdadera en una ciudad?

Hay un montón de cosas que se están haciendo bien en determinados departamentos, pero lo demás que se ejecuta va en contra de eso. Las políticas en una administración tendrían que estar teñidas por una visión desde y hacia lo natural. Esto no es ser hippie, debería ser una acción de supervivencia: en un mundo en el que el cambio climático ya es una evidencia, viviendo en nuestras carnes problemas de inundaciones dolorosísimas y olas de calor infinitas, actuar políticamente con todo teñido de verde es lo único que puede garantizarnos la vida en las ciudades.

Tú escribes en nuestro medio un blog sobre la ciudad, centrado en Madrid que es de donde vives. La capital de España reúne casi todas las características negativas que describes en la primera parte de tu libro. ¿Cuáles crees que son las más graves?

Todas las ciudades grandes reúnen muchos de estos problemas. Madrid lleva años inmersa en la búsqueda de atracción, en ser sexy, algo que quizá venga de un complejo de eso que se ha dicho siempre que esto es un pueblo grande. Y también quizá por observar cómo Barcelona estaba siendo sexy. Ha habido varios concursos durante los últimos veinte años promovidos por el Ayuntamiento y la Comunidad para hacer marca ciudad y fomentar esa atracción, de todos los gobiernos. Ahora es más evidente, en Madrid lo estamos oyendo día y noche por parte de los responsables del Ayuntamiento, que lo que quieren es atraer visitantes inversores. Así lo dicen ellos. Y lo que estamos viendo menos, oyendo menos, es si quieren que vivamos mejor.

Madrid está decidida a ser Londres, pero en Londres no se puede vivir. Comprar una casa es imposible, alquilar es una heroicidad

Madrid está decidida a ser Miami y a ser Londres. Y yo no sé si los que quieren que Madrid sea Londres han vivido realmente en Londres, o han ido más de un fin de semana ahí, pero en Londres no se puede vivir. Comprar una casa es imposible, alquilar es una heroicidad, porque tienes que vivir a 30, 50, 100 kilómetros de tu trabajo, incluso les pasa a los altos directivos de empresas. Esa ambición por brillar y por ser sexy, por ganar en esa competición de ciudades internacionales -una competición que no existe- ha hecho que las facilidades que se dan a los poderes económicos por parte de las administraciones en Madrid hayan sido una autopista. Procesos que en otras ciudades han durado años, en la capital de España se están viendo muy rápido. Y lo estamos sufriendo. Este extrañamiento, este desamor, lo estamos viviendo casi como un shock. Todavía se vende que Madrid es una ciudad muy acogedora, pero ahora mismo solo lo es si tienes muchísimo dinero. Las clases medias y algunas de las clases medias altas lo están pasando mal y se tienen que ir fuera, porque tiene alguien que tiene muchísimo más dinero se las come. El proceso de londresificación de Madrid es alarmante.

Una campaña municipal muy comentada fue la que hablaba de la movida de tener un hijo en Madrid para animar a aumentar la demografía madrileña. Pero las ciudades son cada vez terrenos más hostiles para la crianza.

Las políticas de aumento de la natalidad del te doy dinero porque tengas un hijo son muy discutibles en muchos aspectos, pero sobre todo son absurdas si lo que no hay detrás es una política de reducción de la desigualdad y de que podamos vivir en casas que no estén a 200 kilómetros de nuestro trabajo y tengan más de 30 metros cuadrados. Todas estas políticas de facilitar que la ciudad se la repartan a trozos grandes inversores y resulte cada vez más cara afectan directamente a la posibilidad de tener hijos. La población mundial está creciendo una barbaridad, pero no en Europa y Estados Unidos, que está descendiendo. Y los índices de decrecimiento son peores en las ciudades grandes que en otras más pequeñas. Las políticas sometidas a los imperativos de los poderes económicos están afectando a la creación de la familia.

En tu libro trazas este retrato de las ciudades, analizando muchos detalles en cada ámbito, y luego sacas una especie de inicio de las soluciones. ¿Por dónde pasarían?

No cito muchas soluciones concretas, bajadas a tierra, aunque algún ejemplo hay, porque eso es muy peligroso. Tú puedes saber lo que se ha hecho en una ciudad lejana porque lees un estudio académico, pero eso no es la realidad. Tienes que vivirla para saber si eso ha funcionado o no. Tampoco he querido decir que yo tengo la solución. Lo que sí hago en la segunda parte es pensar vías de acción entre lo político y lo filosófico para ver de qué manera conseguimos -no recuperar la ciudad en el sentido nostálgico de volver a lo que fueron las ciudades porque nunca fueron perfectas y siempre han tenido muchísimos problemas- ese cambio que necesitamos.

Yo, que tiendo a ser pesimista, aquí me acojo a la esperanza, que me parece algo bastante más útil que el optimismo, que es muy acrítico. La esperanza parte de reconocer que hay muchas cosas que se han hecho mal, para pensar cosas nuevas. Hay muchas líneas de pensamiento: la primera es no admitir como reales los relatos que nos vamos contando sobre qué es la ciudad, para qué sirve o qué es el éxito, por ejemplo. Debemos pensar sobre qué queremos nosotros de las ciudades, para qué nos sirven, con quién queremos estar, cómo queremos estar, cómo queremos convivir, de qué manera queremos usar nuestro tiempo, etc.

Hay muchos otros capítulos que hablan de pensar los futuros, no en singular sino en plural, de una forma imaginativa e innovadora, no siguiendo el pensamiento lineal, sino tratando de traer cosas nuevas. Hay muchas líneas de pensamiento que pasan por lo de rebelarse, no admitir según qué cosas. Se puede rebelar un político o un grupo político, como nos podemos rebelar los ciudadanos. No tiene que ser una rebelión violenta: se trata de decir no a muchas cosas que están pasando y empezar a pensar a lo que queremos decir sí. Se trata de ser valientes desde lo político, desde los que gobiernan, para administrar la ciudad de otra manera. Pero también nosotros como ciudadanos, de ser valientes para exigir y para exigirnos que sea la ciudad de otra manera.

No propones demasiadas cosas concretas, pero una de las que sí que dices es que a lo mejor las ciudades deberían dejar de pensar en crecer todo el tiempo.

Una de las cosas que propongo más filosóficas es el concepto de la renuncia. La renuncia es un ejercicio muy humano, un ejercicio de resistencia. Si hay una inercia impuesta de velocidad, crecimiento de PIB y de atracción, resistirse a eso es un ejercicio mucho más humano que dejarse llevar. Los humanos presumimos mucho de que estamos hechos para la aventura, para la exploración y la resistencia es un tipo de exploración.

Por otro lado, lo de que en las ciudades, si se junta gente pasan cosas, también lo vive el poder. Si se juntan poderes, pasan cosas buenas para los poderes, malas para los ciudadanos. Creo que el crecimiento de las ciudades -los datos lo dicen- es negativo para las ciudades. Tener una ciudad más grande significa que los gobiernos de las ciudades ya no administran la ciudad, porque la ciudad se desparrama por un montón de territorios que trascienden al ayuntamiento y a veces incluso al gobierno regional. En Madrid sucede, ya no es la ciudad, sino es la comunidad y parte de otras regiones. En Barcelona también sucede, en Londres y en muchos otros lugares. Esto hace que territorios de alrededor que podían ser florecientes no los sean.

Yo creo mucho en la descentralización y que con la capacidad de conectividad que hay, tanto digital como de transportes, sería fantástico que la gente pudiese desarrollar proyectos de vida en ciudades intermedias, conectadas con las grandes, sin tener que generar un monstruo gigantesco de megalópolis en la que la vida es cada vez más complicada y las desigualdades van a ser siempre más crecientes. Sería fantástico hacer una política de cohesión territorial en todo el Estado español, con la que uno pudiese vivir en ciudades intermedias y tener un proyecto de vida, porque se hayan planteado hubs de proyectos empresariales de emprendedores o para fomentar las familias, o modelos de empresa o de innovación distintos y no que todo tenga que pasar por Madrid, Barcelona y Bilbao. Pero no se está haciendo.

¿Hay salvación para las ciudades?

Hay que cambiar las ciudades para cambiar el mundo. Y la única salvación es cambiarlo. Porque si no, vivimos más rápido hacia ningún sitio, que es el camino que está llevando la sociedad humana. Yo sí creo que hay salvación. El momento en el que estamos es findemundista, con sensación de inexistencia de futuro y líderes autoritarios haciendo cosas que hasta ahora eran impensables. Es un momento que va a mucha velocidad, pero que va a pasar. Y lo que tenemos que hacer es que pase cuanto antes y que el impulso nos sirva para hacer las cosas realmente de otra manera. No como Sarkozy dijo en la crisis de 2008 de esto es el fin del capitalismo y luego a los cinco minutos decidió que no, y ahora tiene una pulsera en el tobillo porque está realmente preso. Pasa por hacer las cosas de otra manera pensando en el bienestar de las personas, no en los accionistas de las grandes empresas o en la atracción por la atracción. Yo creo que es el momento de empezar a pensar qué pasa después de todo esto, porque algo tiene que pasar.

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'Antes todo esto era ciudad' se presenta el martes 21 de abril a las 19.00 horas en la librería Antonio Machado de Madrid (plaza de las Salesas 11).

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