Elaine Vilar Madruga, escritora: “La rabia viene de escribir con las vísceras y de contar cosas incómodas”
En tres actos, como en una obra de teatro, se reproduce en el imaginario de aquel que lee esta novela el eco lejano de una inconexa saga de familias. Inconexa porque muchos de sus cerca de 35 personajes no tienen parentescos reales. Otros, sin embargo, sí. Y allí, en el umbral, en el “Llano” y en la “Montaña”, conviven linajes familiares rotos, soledades y comunidades elegidas que se forman en los márgenes para poder sobrevivir.
Contada con la cadencia de una oralidad sin filtros, una estética llamativa gracias a la portada del artista canadiense Ryan Heshka y la breve frase de José Saramago entre las primeras páginas: “Desde la aurora del mundo, siempre los incendios atrajeron a los hombres”, es el primer contacto con la tormenta literaria que desata la autora cubana Elaine Vilar Madruga en su última novela La piel hembra.
La trama nace de un milagro salvaje que fractura el ecosistema natural de los habitantes del valle: una noche de calor asfixiante en la que una “calentura” incontrolable empuja a las mujeres montaña arriba, para regresar al amanecer desnudas, cubiertas de polvo dorado y embarazadas bajo la convicción de que parirán al nuevo mesías. De esa paranoia colectiva no nace un salvador patriarcal, sino una mesías concebida mientras la comunidad se desploma en un claustro de fanatismo, violencia y control sobre la maternidad y los cuerpos.

Frente al asedio de un general cruel que desata la guerra en el territorio y la ceguera de las promesas de fe, la novela sigue la resistencia disidente de una joven nacida al margen del supuesto milagro. Y en este punto, la búsqueda ciega de la salvación será un opio destructivo y el cuerpo femenino se convertirá en el territorio definitivo de la contienda.
Esta novela de casi 700 páginas pertenece al segundo grupo de dos categorías no oficiales e inventadas: los libros que se leen con los ojos y los que se leen con el cuerpo. Esta se consolida como una obra fundamental para comprender la narrativa hispanoamericana contemporánea: heterogénea en etiquetas y sin la pátina de lo políticamente correcto.
Un estilo “bastardo” y “mestizo”
Antes de deshacer el entramado que, a la vez, devora y mantiene vivos a los personajes de La piel hembra, es imprescindible destacar el instrumento con el que Elaine Vilar Madruga levanta su universo: la palabra.
En un escenario literario a menudo dominado por la contención léxica y las exigencias del cálculo editorial, la autora concibe la escritura como un “acto de insumisión”. El idioma en esta novela funciona como un dispositivo que choca frontalmente contra las convicciones del lector sobre su lectura y de esta manera lo reta a entender un contexto que puede no serle propio.
En lugar de obedecer las divisiones del léxico entre lo culto y lo vulgar, la escritora abraza la impureza como un valor estético que cobra sentido al entender las raíces geopolíticas e insulares que conforman su universo. Para la escritora habanera, cualquier intento de encorsetar la literatura dentro de fronteras fijas supone mutilar su potencia expresiva y reivindicativa: “Mi estilo es bastante bastardo y mestizo, en el sentido que proviene del ser que soy”, explica Elaine Vilar en una entrevista concedida a este medio. “Un estilo isleño que es la influencia de muchas costas, de muchos mares, de muchos pedazos de terruño... Yo soy de las que creo que en estos tiempos definir es limitar”. De esa mezcla caribeña nace una forma única de narrar a plena libertad el gótico, el body horror y la espiritualidad.
Me interesa mostrar la poesía en lo que históricamente fue considerado desecho. Por eso hablo tanto de lo orgánico, de los genitales, de lo que tiene que ver con el cuerpo humano
Esa intencionada forma de la autora por no limitar el lenguaje hace relucir otros tabúes que condicionan la representación de lo cotidiano en la literatura. La novela rescata la jerga de la calle, exhubera la crudeza de la anatomía humana, de lo orgánico, para demostrar que la belleza se encuentra en ambos lados del antónimo: “Te dicen que esta palabra es la contraria de esta otra: luz y sombra, sagrado y profano, arriba y abajo. Y cuando creces te das cuenta de que la antonimia es una mentira del lenguaje”.
De ahí que la escritora rescate la belleza en lo que podría ser asqueroso, terrible y feo: “Me interesa mostrar la poesía en lo que históricamente fue considerado desecho. Por eso hablo tanto de lo orgánico, de los genitales, de lo que tiene que ver con el cuerpo humano... Eso que nos enseñaron a temer y a no nombrar”. Al reivindicar el valor de los cuerpos vivos, la autora desafía el pudor de los desnudos y sitúa la corporalidad, sobre todo femenina, en el centro de la escena.
La realidad al revés o del reverso
Esta extensa red temática que reluce en La piel hembra: la devastación del territorio, la maternidad como condena y trinchera, el desencanto político y la memoria de los cuerpos se entrelazan siguiendo la estela de sus anteriores obras –como La tiranía de las moscas o El cielo de la selva–, la autora vuelve a colocar el foco en la impugnación de la autocracia y de “esos machócratas generales con sus boticas de charol que están subidos encima de una montaña o dentro de sus búnkeres y no se mojan las botas en el fango”. A través de la peripecia de sus personajes en un espacio convulso, la obra cuestiona las jerarquías de poder y retrata las cicatrices que deja la violencia en una comunidad.
La autora no narra un mapa estrictamente ficticio en La piel hembra, aunque parezca que sí, narra una metáfora que dialoga directamente con el escenario político actual. El auge de los fascismos, un sistema dominado por el cinismo y el populismo mediático. Y, frente a las figuras de los líderes que acaban reducidos a la caricatura del espectáculo, Vilar Madruga disecciona el peligro de los “mesianismos modernos” construidos para el consumo masivo: “Pasa que los dictadores del presente son dictadores muy carnavalescos, ¿no? son personajes así como poco de máscaras de carnaval, con salidas muy absurdas”, y relaciona estos actores políticos que viven en el presente con los personajes de sus novelas y concluye: “¿En qué punto de la historia el absurdo se convirtió en realidad? Porque hasta donde yo sabía el absurdo era un género casi que fantástico”.
La novela expone cómo este teatro que protagonizan los poderes utiliza el lenguaje y la postura para enmascarar la decadencia de los dominadores y las auténticas consecuencias que arrasan a los cuerpos dominados, no solo porque estén sometidos, que también, sino por resistir y seguir adelante con la voluntad de Sísifo arrastrando una roca.
La memoria de las fosas en los huesos perdidos
Frente a las crónicas oficiales escritas por las cúpulas del poder, la trama se detiene en las vidas cotidianas de quienes sufren las consecuencias de la guerra sin haber firmado sus decretos. “Al margen de todo esto, que parecen ser los temas grandilocuentemente narrados en la novela, están los personajes pequeñitos que intentan sobrevivir al caos [...] La gente que al cabo de todo resulta que casi siempre son los vencidos. Porque las historias se cuentan siempre desde la perspectiva de los vencedores; las historias de los vencidos no son las contadas”, reflexiona la autora.
Esa fijación por la derrota frente a la historia factual da pie a figuras memorables en la novela como el coro de “las huesudas”, la autora cuenta en la entrevista que sus personajes favoritos son “un grupo de mujeres arrastradas por el conflicto que siguen la estela de los ejércitos” o el personaje de San Huesero, cuya persistencia por seguir adelante sintetiza la columna vertebral de la obra. San Huesero recorre la tierra desenterrando y catalogando restos de huesos para devolverlos a sus familias, encarnando una terquedad por un motivo ajeno que acaba dominando su vida de una forma trágica: “A mí me gustan mucho los personajes que están vencidos de antemano, que tú como lector puedes ver que su propósito no los llevará a ningún sitio, pero hay un grado de heroicidad importante en los personajes vencidos y tercos”.
El inventario de nombres y rasgos óseos que realiza este personaje conecta la ficción con las heridas abiertas de la memoria histórica contemporánea. “Esa persona mencionada que está convertida en hueso podría haber sido tu abuelo, tu abuela o una mujer en Latinoamérica, en México, en Colombia o en cualquier país del mundo en este momento desaparecida. Son las niñas arrojadas a los márgenes de la carretera, tanta gente en este mundo cuyo hueso todavía no aparece”, apunta Vilar Madruga demenuzando uno de los orígenes de la rabia en sus historias.
Encontrar la belleza en la rabia
La disección del autoritarismo en La piel hembra nace de la posición visceral desde la que escribe Elaine Vilar porque su interés narrativo siempre irá “del lado de las víctimas, fundamentalmente mujeres y niños”, canalizando una indignación directa contra el abanico de figuras opresoras que vertebran el conflicto dentro de la novela y fuera de ella: “Desde los machócratas o los machólogos que creen llevar la rienda del pueblo hasta los machócratas generales que están en el llano quemando la tierra, violando mujeres, matando niños y desplazando gente”. Dentro de todos esos, los “machócratas generales” que vienen desde un mundo del privilegio son “como los que más me incomodan”, explica la autora.
De esta manera, Elaine señala la impunidad y la desconexión emocional con la que se ejerce el dominio sobre los desposeídos, denunciando la postura de quienes dirigen la barbarie sin padecerla: “Yo creo que hay mucha rabia de mi parte hacia esa gente dictatorial que mira mira el destrozo que ha hecho de forma séptica”. Esa mirada fría frente a la devastación ajena provocada por una figura de autoridad y seguridad social se convierte así en el principal combustible político de sus historias.
Para la autora, la rabia acaba siendo el motor ético que sostiene toda la arquitectura de su unvierso estilístico y formal: “Yo no escribo con el cerebro, yo escribo con las tripas. La rabia viene de ese aspecto biológico, de escribir con las vísceras y de contar cosas incómodas”, porque cuando cuentas realidades sobre las existencias periféricas estás haciendo un “llamado a la justicia”. ¿Y si son esa furia y esa belleza sobre las que escribe Elaine Villar Madruga las que transforman el duelo en resistencia, las que convierten la memoria arrebatada en el relato central de la historia?
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