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Tanto neo-estoicismo no puede ser bueno: ¿y si el remedio participa del problema?

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Miquel Seguró

23 de mayo de 2026 23:12 h

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Por aquí y por allá proliferan libros, cursos y charlas que tienen al estoicismo como gran reclamo: estoicismo para afrontar las adversidades personales, para superar una ruptura, para mejorar el rendimiento profesional o para sortear el estrés empresarial… Estoicismo para lo que haga falta, estoicismo como la fórmula mágica que hace que cualquier problema deje de sentirse como eso, como un problema.

Puestos a ir a buscar a la Antigüedad soluciones filosóficas para malestares posmodernos, bien podríamos habernos fijado en los sofistas. Aquellos artistas del palabreo fueron expertos en opinar sobre cualquier asunto, en sofisticar la retórica a conveniencia y en sacar rédito a la idea de que la realidad es lo que el interés personal quiere que sea, características todas ellas muy de nuestro tiempo. Pero no, ha sido el estoicismo el que ha aportado la base para una de las filosofías de moda.

¿Por qué el estoicismo?

El estoicismo es una doctrina filosófica que busca fortalecernos anímicamente para afrontar mejor las acometidas del mundo exterior y, como hoy sentimos que el mundo es especialmente hostil, tiene todo el sentido pensar que esta es la razón que explica su éxito. El credo estoico también propugna otras metas, como por ejemplo desarrollar una vida virtuosa que ayude a la humanidad a sentir que el mundo es su hogar común, pero aquello por lo que más se lo conoce es porque trata de reducir el sufrimiento interior. Si hoy la sensación de crisis es transversal y, además, roza lo apocalíptico, ¿por qué no echar mano de una filosofía indicadísima para momentos de crisis?

El argumento suena inapelable, pero no lo es. La humanidad siempre vive en un cierto grado de crisis, así que aplicando una sencilla regla de tres el estoicismo debería estar siempre de moda, y, sin embargo, la historia no nos dice eso. El estoicismo, los estoicismos, echaron a andar hacia el siglo III a.C. y se desarrollaron con holgura hasta el siglo II d.C. Aunque después han continuado teniendo presencia en la cultura occidental, han sido contadas las veces que la marca “estoicismo” ha tenido una reputación social similar a la actual.

Entonces, ¿por qué el estoicismo, y por qué hoy?

Creo que la respuesta la tenemos que buscar en el hecho de que el estoicismo es una filosofía que con solo un par o tres de retoques encaja bien en la mentalidad neoliberal dominante, esa que en teoría decimos denostar, pero que tan bien integrada tenemos en nuestras vidas, anticapitalistas incluidos. Unos retoques siempre orientados hacia un mismo logro, que no es otro que la exaltación del individuo en la creación de su propio bienestar, el siempre estimulante “¡tú puedes!”, y que transforman el estoicismo clásico en una versión neoliberal de sí mismo, el neo-estoicismo actual, cuyas características son diferentes a las de otros neo-estoicismos que se han dado en la historia.

Como todo buen producto, el neo-estoicismo contemporáneo aparenta ofrecer solo ganancias, pero a estas alturas de la película no hace falta que nos recuerden que las apariencias suelen engañar, así que en él también se esconden importantes costas.

Por ejemplo, este neo-estoicismo cotiza bien porque sí, es una filosofía de la crisis, pero de una crisis percibida en minúscula, soportable, de aquellas que con poco que se haga uno ya la siente menos crisis. Cuando la percepción de la crisis es profunda y llega a hacerse insoportable, uno no se conforma con cambiar de mentalidad para minimizar los daños. Cuando la crisis es realmente crítica, lo que se quiere cambiar son las realidades que duelen, no las percepciones que se tienen. En cambio, este neo-estoicismo es una filosofía de la crisis que se enfrenta a los desajustes del sistema, pero no al sistema como desajuste. Es como si en su balance final de pros y contras el resultado arrojase un saldo lo suficientemente positivo para encauzar solo lo imprescindible y permitir que todo pueda seguir igual. ¿Transformar la realidad? No, mejor nos reajustamos y dejamos que las cosas “fluyan”.

En este neo-estoicismo, además, se utiliza el “nos” solo como plural mayestático, simbólico, porque a la práctica cada cual debe operar en su vida como si fuera un rey sol. Antes a eso se lo llamaba egocentrismo, ahora se lo denomina priorizarse a uno mismo. Es verdad que en el estoicismo clásico se reclaman la amistad y la oikeiosis como resortes de una vida deseable. La oikeiosis es un concepto que puede entenderse como apropiación o familiaridad y tiene que ver con el proceso de cuidado que se propaga desde uno mismo hacia los demás. Según el estoico Hierocles, podemos imaginarnos la oikeiosis como un proceso de cuidado que empieza por uno mismo y va extendiéndose al resto de esferas de la vida hasta llegar a la alteridad universal, la humanidad.

La idea de la oikeiosis es bonita, quién puede decir lo contrario, pero en el fondo viene a decir que primero hay que cuidarse a uno mismo para poder cuidar a los demás y, como siempre hay quien cree que nunca se cuida a sí mismo lo suficiente, existe el riesgo de concluir que a los demás ya los cuidará otro. Por eso resultan más bellas y completas las éticas relacionales que insisten en que nadie se cuida a sí mismo sin a la vez cuidar y ser cuidado por los demás. Las éticas relacionales expresan mejor nuestra condición vulnerable y, por eso también, son las más indicadas para alejarnos de la soledad que tanto nos mina por dentro. Estamos hastiados de tener que comportarnos como Luises XIV de sofá y manta y fingir estar divinamente bien con solo instalarnos en la primera esfera de este sistema “solar”, la del autocuidado.

El neo-estoicismo del siglo XXI es una filosofía de la crisis individual pero no una filosofía de la vida en comunidad. Veremos qué recorrido acaba teniendo este caballo de Troya llamado neo-estoicismo, pero no creo que Séneca o Marco Antonio sintiesen gran paz mental al descubrir hacia qué se orientan sus principios. Aun así, dudo que se alterasen, pues no sé yo si la contención emocional estoica les permitiría alzar la voz para decir “¡basta!”. Es más, lo presumible es que optasen por adaptarse.

Así las cosas, quizás somos nosotros quienes debemos tomar cartas en el asunto e ir incluso más allá. Es innegable que para ciertos momentos de la vida el estoicismo es de gran ayuda, momentos en los que la salida del atolladero pide minimizar daños y luego ya se verá. Pero en otras circunstancias, el estoicismo suena más a triste resignación que a sabia aceptación, y eso, teniendo en cuenta que la vida no está hecha para ser soportada, no es una lúcida decisión.

No sé yo, a lo mejor de lo que ya va siendo hora es de que dejemos de comprárselo todo al propio estoicismo.

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