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Francisco Camps y el método de la tangente

Aunque histriónico donde el otro resulta displicente, el expresidente valenciano, como Rajoy, tiene práctica en buscar líneas de escape retóricas de ese círculo de la corrupción lleno de acusaciones

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El expresident de la Generalitat Francisco Camps declara como testigo en la Audiencia Nacional por el caso Gürtel

El expresident de la Generalitat Francisco Camps declara como testigo en la Audiencia Nacional por el caso Gürtel

Dos juicios de Gürtel y dos estilos, pero el mismo propósito de negar todo conocimiento. Los testigos están obligados a decir la verdad, aunque algunos se limitan a no mentir demasiado. Mariano Rajoy eludió en julio de 2017 las preguntas más peligrosas con un tono displicente que no llegó a camuflar su sorda irritación por tener que pasar aquel trance como presidente del Gobierno en ejercicio. Francisco Camps, descabalgado hace años de su peana, estuvo este marzo en otro juicio mucho más locuaz, pero con la misma prevención de no pisar charcos. Una prevención agravada por el hecho, que el juez le advirtió al inicio de su declaración, de que está imputado en otras tres investigaciones por corrupción, mientras que Rajoy sigue judicialmente libre de polvo y paja.

Cierto sector de opinión tiende a pensar que Camps es víctima de una visión delirante de la realidad como reacción a la maraña de casos de corrupción que le interpelan, pero no es así. La prepotencia partidista, un maniqueísmo correoso y una megalomanía impenitente fueron características de su ejecutoria como presidente de la Generalitat Valenciana. La diferencia es que entonces un coro de aduladores mamaba de los generosos caudales públicos y sacaba ventaja de las prevaricaciones que ahora se ventilan en los tribunales. Tenía poder y la máquina propagandística funcionaba a todo trapo.

Camps ya era así cuando gobernaba. Su histrionismo es un efecto inducido por el contexto. Se ha acabado la función, pero él sigue interpretando el papel de Coriolano, o de una especie de Jaume I redivivo, ante una ciudadanía atónita. ¿Qué otra salida le queda?

En la Audiencia Nacional demostró, apenas 24 horas después, que lo grotesco de su actitud en la comisión de investigación del Congreso corresponde a un registro que se atempera ostensiblemente en manos de la justicia.

En la comisión que investiga la financiación del PP exigió disculpas a los socialistas porque un jurado popular lo declaró no culpable de recibir regalos, cogió un berrinche infantiloide con Esquerra Republicana por el uso del término “País Valenciano”, amenazó a Ciudadanos con revelar de qué madera está hecha la trayectoria valenciana de su diputado estrella y se enzarzó con Compromís por la anécdota de si había visitado alguna vez la ciudad de su portavoz. Y no contestó a nada concreto.

En cambio, aunque ofreció algún destello febril cuando minimizó su relación con el “amiguito del alma” argumentando que un presidente, el día de Navidad, llama por teléfono a miles de personas (es de suponer que no las trata a todas afectuosamente de “hijo de puta” ni les exige lealtad eterna), Camps se cuidó mucho ante el juez de la Audiencia Nacional de decir nada que pudiera perjudicarle. Sin embargo, fue nítido al cargar el muerto de la financiación a su número dos en otros tiempos, Ricardo Costa, y al atribuir a Eduardo Zaplana la entrada de El Bigotes en la escena valenciana, la auténtica maldad de su declaración.

En uno y otro sitio, lo que hizo fue salirse por la tangente. La evasiva, al fin y al cabo, es una práctica muy típica de los políticos cuando falla el argumentario o las evidencias se resisten a esfumarse. Y Camps, como Rajoy, tiene práctica en buscar líneas de escape retóricas de ese círculo de la corrupción lleno de acusaciones.

El de la tangente es un método que dirigentes y exdirigentes, antiguos y actuales cargos públicos del PP, siguen para sobrevivir a esa estela abrumadora de delitos que su paso por el poder ha ido dejando en las instituciones. Los italianos vivieron algo similar a finales del siglo pasado. Allí la tangente, que quiere decir “soborno”, dio nombre a un escándalo, “tangentópolis”, que se llevó por delante a veteranos políticos y estadistas, a toda una casta de poderosos.

Para beneficio del partido o de dirigentes sin escrúpulos, o ambas cosas al mismo tiempo, la “tangente” ha sido algo más que una práctica puntual en los engranajes de la derecha española. Y si a Ricardo Costa se le ha puesto cara de Mario Chiesa, todavía queda por ver quién acabará como Bettino Craxi o Giulio Andreotti.

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