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Mafalda y la medicina preventiva

Para mí nunca antes había supuesto un dilema saber. Por encima de todo siempre he querido tener información. Cuanta más y más rigurosa mejor. Como periodista me viene de serie. También fui una niña que en ese sentido se parecía a Mafalda. Preguntaba demasiado. Ahora, y eso me aterra, me he dado cuenta que con lo de saber tengo un dilema. Y me imagino al personaje de Quino preguntándose qué haría, y enfadándose con cualquier de las decisiones tomadas. El dilema es a cuenta de la tan de moda medicina preventiva, o lo que es lo mismo, el conocimiento precoz de las enfermedades que vendrán.

Me alegra empezar el domingo leyendo un nuevo avance acerca de la batalla contra el cáncer.  Se trata de una investigadora que está desarrollando un método de detección del cáncer de colón a través de un análisis de sangre. Mediante esta prueba el paciente podría saber si desarrollará un tumor maligno con 10 o 15 años de antelación. Me entran unas ganas irrefrenables de contactar con esta investigadora. E incluso busco en Internet el nombre de la start-up española para felicitarle por tal hallazgo.

Tengo que confesar que siempre he sentido devoción por la ciencia. En mi Olimpo, los dioses visten de blanco y no son chefs ni se mueven entre fogones, son científicos y médicos. Pero es la primera vez en mi vida que no sé si estaría preparada para escuchar un veredicto de mi dios y no sé si a usted, como a mí, todo esto de la medicina preventiva también le aturde.

¿Estaría usted preparado para escuchar que ha heredado una mutación genética dañina que le predispone al desarrollo de un cáncer? ¿Aceptaría que precozmente le anunciaran que enfermará de alzhéimer? ¿Cómo viviría con las consecuencias de saber que le ronda una enfermedad mortal? ¿Se imagina que un análisis único pudiera determinar sus futuros tumores? ¿Se realizaría una historia clínica antes de reproducirse y tener descendencia?

La medicina preventiva representa una revolución que me fascina y me aterra a partes iguales. Pienso en todos los avances. La de miles de vidas que previsiblemente salvarán ciertos descubrimientos genómicos. Esto unido a algoritmos de inteligencia artificial sobre nuestro estilo de vida o nuestra dieta permitirá predecir las enfermedades que vendrán. Pero si les digo la verdad, estoy muerta de miedo. No sé si estaría preparada para que un genetista me alertara sobre mis cálculos de riesgo.

Intento ponerme en la piel del último caso que me han contado. El de una adolescente que sabe que tiene un gen que le provocará el peor cáncer de mama en menos de 15 años. Ella y su familia lo saben. No sé cómo le afectará ese conocimiento psicológicamente, más allá del gran avance que supone la prevención mediante un seguimiento exhaustivo a través de estudios radiológicos  o decisiones más drásticas como la mastectomía de Angelina Jolie.

Por otra parte, y de momento, la mayoría de todos estos avances científicos están en mano de empresas privadas que comercializan unas pruebas que no están al alcance de todos, lo que abre otro debate: el de la medicina universal, pero eso daría para otra columna.

Con todo, lo que le ocurre a Mafalda, es que por primera vez en su vida se ha quedado muda al darse cuenta que sus preguntas puede enturbiar su propia existencia, que de paso, y a diferencia de las viñetas, es efímera.

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