ADELANTO EDITORIAL | 'Irreversibles'

Rememorar el viaje a España en los bajos de un camión 15 años después: "Muchos chavales ven en mí la esperanza"

Abdellah Laroussi

Cuando tenía 14 años, Abdellah Laroussi (Tánger, Marruecos, 1989) se escondió en la parte baja de un camión para entrar en España. Ahora trabaja como educador social en la Fundación La Merced Migraciones, orientando y ayudando a jóvenes que han pasado por una experiencia similar a la que él vivió. Hablamos con él en uno de los pisos de acogida que la fundación tiene para estos jóvenes.

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¿Cómo era tu vida antes de venir a España?

Como la de cualquier chaval. Soy de una familia de clase media. Mis necesidades básicas estaban cubiertas por mis padres y no necesitaba nada más. Pero nuestro barrio estaba junto al puerto y los niños jugábamos allí mientras veíamos a la gente que se iba ilegalmente hacia Europa. Aprendíamos cómo lo hacían y después lo hacíamos nosotros.

¿Por qué?

Los chavales que venían a España a finales de los años 90 tenían facilidades para conseguir en dos años la documentación, un trabajo y ahorros. Después volvían a casa y tenían un futuro. Muchos niños en aquel momento soñábamos con hacer lo mismo. 

¿La idea era pasar a España, hacer dinero y después regresar?

No. Europa en aquellos momentos para nosotros era como otro mundo que veíamos por la tele y del que nos hablaban. Nadie viene a Europa con la idea de hacer dinero y volver. La gente rehace su vida aquí, conoce gente, hace amigos, forma una familia y vuelve a su país de origen simplemente de visita.

¿Cómo fue el momento en que decidiste venir?

Logré venir al tercer intento, el 10 de noviembre de 2003. En aquella ocasión había sacado malas notas en el colegio y no quería volver a casa. No quería que me regañaran.

¿Y viniste sin decirle nada a nadie?

Nadie dice nada a nadie. Ni las familias más pobres dejarían que un niño se fuera y arriesgara su vida.

¿Recuerdas cómo te sentías aquel día?

Al principio muy nervioso. Cuando haces eso de niño muchas veces es porque quieres que los demás vean de lo que eres capaz. Estaba nervioso porque no sabía lo que me esperaba. Nadie lo sabe. Y los nervios nos la pueden jugar. Se la han jugado a mucha gente.

¿Lo hiciste solo?

A mí siempre me gustaba ir solo, para pasar desapercibido ante la policía y los viajeros.

Y, ¿cómo viniste?

Había un tipo de camión, que creo que ya no existe, en el que vinieron muchos chavales marroquíes. Tiene una caja por debajo en la que se puede meter una persona muy pequeña. Todos nos queríamos meter ahí. Atravesando unas rejas, por las que no cabe un adulto, entré al aparcamiento donde están los camiones esperando para pasar la aduana. Me metí en un camión del tipo que te digo y éste pasó la revisión en la aduana. Nadie se dio cuenta de que yo estaba.

En el barco que va del puerto de Tánger al de Algeciras pasé dos horas, durante las que bajé del camión, fui al baño, me lavé y subí a la terraza. Cuando llegamos a la orilla me metí otra vez en el camión. En el puerto de Algeciras los perros de la policía ladraron bastante y me asusté. Yo sacaba la cabeza y los perros me veían, pero afortunadamente ninguna persona me vio. Finalmente el camión salió del puerto, paró en una gasolinera y me bajé.

¿Qué sientes cuando cuentas esta historia?

Me gusta recordar estas cosas. Si nadie me las vuelve a preguntar, algún día se me olvidarán. Me viene bien revivir la historia. Ya no siento esos nervios.

¿Y ya en España qué pasó?

Cuando bajé del camión, vi a un hombre de mi tierra, un marroquí. Le pregunté si me dejaba hacer una llamada a mi hermano, que estaba ya aquí, en un centro de menores. Viajé hasta Madrid, donde él me esperaba y me llevó a su centro.

Allí me dieron de comer y después hicieron las gestiones para el traslado al centro de primera atención de menores, en el barrio de Hortaleza. Allí pasé un mes. Luego me derivaron al centro donde estoy trabajando ahora, de la Fundación La Merced. En aquel momento, con 14 años, no pensaba en llegar a España y empezar a trabajar. Simplemente quería comer, dormir, juguetes, una PlayStation… Una acogida y poco más. Y es lo que encontré.

En tu caso el tránsito entonces no fue una mala experiencia.

La verdad es que los viajes, ya sea en patera, debajo de un camión o saltando una valla, son peligrosos. Casos como el mío, de gente que vive junto al puerto y sabe perfectamente cómo venir, hay pocos. Somos muy pocos los que hemos tenido un viaje agradable. Nosotros lo teníamos bien preparado.

Teníamos un lugar donde guardar cartón para ir cómodos en el viaje, íbamos con un walkman escuchando música… Pero en realidad todos los viajes son peligrosos. En el puerto a veces vimos cómo llegaban ambulancias y medios de comunicación porque alguien había muerto.

¿Cómo fue la reacción de tus padres?

No lo sé, la verdad. Pero creo que mi padre estaba tranquilo cuando se enteró, porque sabía que la gente del barrio éramos conscientes de lo que hacíamos. Creo que no se asustó ni se esperaba una mala noticia. Sabía que su hijo lo tenía más o menos controlado. Aunque en realidad no hay nada controlado.

Hablemos de La Merced Migraciones, la fundación que te ayudó y en la que ahora trabajas.,

Como beneficiario, y ahora como educador, para mí La Merced lo es todo. Cuando llegué aquí recibí la orientación y la educación necesarias para llegar a los 18 años preparado para afrontar la vida fuera de manera autónoma. Creo que si no hubiera llegado a este centro habría acabado en el mundo de la droga.

Un niño con 14 años, si no tiene a sus padres o a unos educadores que le orienten, puede acabar así. Pero desde que llegué recibí una buena orientación por parte del equipo educativo, una oferta formativa para aprender el idioma, habilidades sociales y comunicativas, y posteriormente un oficio. Yo elegí cocina.

El equipo educativo de la fundación da una respuesta integral a las personas que estamos aquí, preocupándose por nuestra salud física, nuestra salud mental, por la alimentación, por todo. Como unos padres con sus hijos, pero con mayor preparación.

¿Cómo pasas a ayudar a otros jóvenes?

Pues fue en realidad decisión del equipo educativo y los responsables de la fundación. En cada piso gestionado por la fundación vive un grupo de chavales acogidos, y al frente uno de los propios chavales, generalmente uno que lleva ya un tiempo, que habla bien el idioma y que tiene algo más de habilidades. Esta persona tiene unas funciones como cuidador en la casa para mediar entre los chavales, ayudar al equipo educativo, hacer acompañamientos, traducciones, ocuparse de la comunicación con las familias en caso de que necesiten documentación…

Yo llevaba en uno de estos pisos más de dos años. Además de ser un referente para los chavales que acababan de llegar, hacía ese tipo de gestiones y de acompañamiento. Entonces me propusieron formarme en el ámbito de lo social. Empecé con un curso de monitor de ocio y tiempo libre, y poco a poco he ido formándome en la mediación, en la Ley de Extranjería y en la intervención con jóvenes en riesgo de exclusión. Después me contrataron como educador.

¿Cómo es tu trabajo en el día a día?

Los pisos son como cualquier casa de la sociedad española, donde conviven seis o siete chavales que van a pasar allí un tiempo. Los educadores tenemos que prepararles para que en un año, dos o tres puedan afrontar la vida que hay fuera. Que aprendan el idioma, que se formen, que sepan hacer trámites administrativos, que aprendan a hacer una compra, cocinar, limpiar la casa, que sepan renovar su documentación o ir a la consulta del médico.

¿Cómo es tu relación con ellos?

Muchos chavales que acaban de llegar ven en mí la esperanza de que pueden conseguir un oficio, documentación y un trabajo. Ven a una persona de su tierra, o en el caso de los subsaharianos, a una persona marroquí que habla un poco de francés. Eso facilita la acogida y se crea una relación de hermandad.

¿Qué es lo más importante que se les puede dar?

La acogida es lo más importante. La persona necesita cariño, sentirse en un ambiente familiar. Aquí va a pasar meses o años. Muchos vienen con la idea de irse a otro país, pero cuando encuentran un ambiente familiar, una acogida de verdad, unas personas que se preocupan por su situación personal, deciden quedarse. Un buen ambiente ayuda mucho a que el joven tenga motivación y siga luchando por su futuro. Porque cuando llegan aquí su camino acaba de empezar. Y es un camino largo.

¿Es fácil la convivencia entre ellos en los pisos?

No es fácil. Nuestro trabajo incluye proponer dinámicas de grupo y asambleas semanales para hablar de problemas que podamos solucionar, porque al final cada chaval es de su padre, de su madre y de su país, y puede haber malentendidos. A veces la diferencia de cultura o el idioma nos la juegan y suceden problemas graves por detalles absurdos, como discutir por la elección del canal de televisión. Pero en general hay un ambiente familiar.

¿Tú crees que hay futuro para estos jóvenes en este país?

Yo creo que ellos son el futuro de este país. Una persona lo pasa mal cuando llega, tiene que aprender el idioma y un oficio, pero es solo cuestión de tiempo. En cuanto consigue su documentación, empieza a trabajar y cotiza como cualquier persona, tiene una vida normal, sale de la casa de acogida, alquila un piso con un amigo o un familiar, forma su familia, es una persona más para nuestra sociedad.

¿Suelen tener claros sus objetivos?

Muy claros. La mayoría de los chavales que llegan han sufrido mucho durante el camino, sus viajes han sido largos, han gastado mucho dinero y cuando llegan es para trabajar y poder ayudar a sus familias. Para rehacer su vida.

Hay una parte de la sociedad que sigue viendo al migrante como un problema o como una amenaza. ¿Qué le dices?

Entiendo a esa parte de la sociedad que ve a una persona inmigrante como algo peligroso y que piensa que viene a hacer algo malo. Es ignorancia. No conocen la historia de estas personas, si huyen de su país por desastres naturales, una guerra o por pobreza. No saben que estas personas vienen a trabajar.

¿Cuál es tu gran sueño?

Tengo una familia, tengo un trabajo y salud. No aspiro a nada más. Pero sí pienso en los chavales que llegan y vienen con la esperanza de luchar por su vida, por su familia y lo que encuentran es una situación muy difícil.

Tienen que esperar mucho tiempo para conseguir la documentación y hacer demasiadas gestiones para acceder a un puesto de trabajo. Cosas que dificultan mucho la vida de una persona. Lo veo cada día en mi vida profesional. Y también tengo amigos que quieren renovar su documentación, pero no saben cómo hacerlo, que quieren seguir dando pasos y se les complican las cosas. Mi sueño es que a toda esta gente le vaya bien.

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Publicado el
23 de enero de 2020 - 21:37 h

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