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Salir de una guerra para caer en otra: el periplo de un refugiado olímpico afgano para escapar de Ucrania

Nesar Ahmad Abdulrahimzai muestra una fotografía de cuando ganó el bronce en los Juegos Olímpicos Juveniles.

La guerra persigue a Nesar Ahmad Abdulrahimzai desde que nació en un pueblo cerca de Kabul, capital de Afganistán, el 24 de septiembre de 2001, recién caídas las Torres Gemelas. La invasión estadounidense y la insurgencia talibán condicionaron su vida, siempre pendiente de las bombas, de los atentados terroristas. Siempre con una sensación de temor latente, en la que el deporte fue un respiro de adolescencia.

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A los 16 años empezó a practicar taekwondo. Se le dio bien, y un año después, en 2018, ganó un bronce en los Juegos Olímpicos de la Juventud. Pero la victoria talibán del año pasado fue un golpe duro. Poco antes de que el Ejército de EEUU abandonase Kabul, su padre le animó a escapar. “Coge a tu hermano y márchate”, le dijo. Nesar huyó a Moscú. De allí a Odesa, en Ucrania, ya con su documentación de refugiado. Encontró trabajo de taxista. Tenía motivos para el optimismo. Hasta hace una semana.

Nesar cuenta ahora por teléfono desde Berna, donde llegó este miércoles tras siete días sin dormir, que su hermano y él se dieron cuenta de la invasión rusa cuando dos cohetes cayeron al lado de su casa. “Estoy harto de las armas, de los tanques, de los cohetes, de los RPG, no quiero verlos más. Aún soy joven, puedo labrarme un futuro”. Al igual que han hecho más de un millón de personas desde el inicio de la invasión rusa, decidió huir.

Con 6.000 grivnas y otras 20.000 que le prestó su jefe (algo menos de 800 euros al cambio, en total), pudo pagarse un taxi a Leópolis y un poco más allá. Pero la cola de la frontera con Polonia era de casi 30 kilómetros, que tuvo que hacer a pie. Al llegar, un control cerrado y dos noches al raso, con temperaturas bajo cero. “La Policía de frontera de Ucrania es muy mala gente”, repite. Dice que intentó hacer de intérprete con los guardas para una familia que no encontraba a su hijo y pedía que lo buscaran. Lo despacharon a empujones. El niño acabó apareciendo.

El trato fue otro al entrar en Polonia. El lunes, en el paso fronterizo de Medyka, con una manta sobre los hombros, antes de subir al autobús camino de Przemysl, Nesar posaba para la cámara a pesar de la nevada que caía, mostrando en el teléfono imágenes de sus triunfos deportivos. De Prezmysl fue a Varsovia; de allí, a Berlín. Finalmente, Suiza.

“Quiero agradecer a Polonia el trato recibido”, dice. El periplo fue tan duro que cuando llegó, cayó rendido. Todavía no ha podido hablar con su familia, de la que hace días que no tiene noticias y que sigue en Afganistán. Su situación es precaria, porque existe el riesgo de que los talibanes los castiguen si entienden que colaboraron con EEUU. “Si encuentran cualquier papel te matan sin más; son animales”, dice.

Lo último que le dijo su hermana fue que ellos estaban bien, pero que temían por él. Esta mañana despertó pensando que todavía estaba en la frontera. Tardó unos minutos en volver en sí. 

“Soy un hombre sin suerte”, dice Nésar, que cree que ya es hora de que la fortuna le sonría. “Pasé 20 años de mi vida en Afganistán y en todo ese tiempo nunca nada ha ido bien. [Tras salir] pensé que podría construir una buena vida para mí y mi familia”.

Y sobre esta guerra, sobre la anterior o sobre cualquiera, en realidad, opina: “Son juegos de los gobiernos. Me dan igual los americanos o los rusos. No queremos sus juegos. Solo sirven para que la gente muera. Paradlos, por favor”.

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