Sobre este blog

Me dedico al periodismo, la comunicación y a escribir libros como "Exceso de equipaje" (Debate, 2018), ensayo sobre el turismo que se desborda; "Biciosos" (Debate, 2014), sobre bicis y ciudades; y "La opción B" (Temás de Hoy 2012), novela... Aquí hablo sobre asuntos urbanos.

¿Para qué quieres un coche (que se anuncia como un debate sobre la conveniencia del coche)?

Un debate real convertido en campaña un poco tramposa.

Hace unos días se descubrió el pastel. Alguien había decidido hacer una campaña teaser con el insinuante título Para qué quieres un coche. Una campaña con muchos posibles que ha invadido todos los canales. Dos semanas dando caña en redes sociales, con hashtags varios (#paraquequieresuncoche, #cochesí, #cocheno), tuits de pago de personajes públicos, persianas de comercios tuneadas, encuesta web, contenidos patrocinados en un montón de medios más o menos modernos… Finalmente, como se intuía, la pregunta que encabezaba el asunto ha resultado ser retórica porque todo respondía a una estrategia de reposicionamiento de marca, de la marca de un coche. De Skoda.

Leo en una de esas revistas más o menos modernas que el director de marketing de esa empresa del grupo Volkswagen asegura que “el coche sigue siendo sinónimo de libertad y de independencia”. Supongo que se refiere, en el caso de los coches en la ciudad, a la libertad de apestar a tus vecinos, de llevar un cacho de hierro a velocidad peligrosa, de circular de atasco en atasco y cosas así. Con independencia, entiendo que habla de las interminables búsquedas de aparcamiento o de las letras que te hacen tener una relación BDSM con la financiera de turno.

Con (mucho) dinero se puede hacer casi de todo, incluso atribuir valores a tu producto que son justo los contrarios a los que en realidad le pertenecen. Si además tienes una buena agencia que sabe darle la vuelta al calcetín, mejor. La industria del automóvil va sobrada de recursos. El año pasado se dejó 411,4 millones de euros en inversión publicitaria, el segundo sector que más gastó después de la distribución. Con esa pasta consigues, por ejemplo, que medios que habitualmente hablan de bicis y otras alternativas al cochismo cambien un rato su discurso, que líderes de opinión de imagen impoluta vendan sus mensajes en redes sociales por un puñado de billetes y que el barrio más moderno de Madrid —que por cierto espera como agua de mayo la puesta en marcha del Área de Prioridad Residencial (APR) y, por tanto, la limitación de circulación de vehículos privados— te ayude a comunicar lo maravilloso que es ser propietario de un automóvil.

Con esa enorme inversión, también, se consiguen otros efectos colaterales. Como que los medios, que viven en buena parte de tu dinero, se cuiden mucho de decir nada feo sobre ti. No es una teoría de la conspiración, es así. Basta mirar el tratamiento periodístico, con perdón, que está teniendo la chufla del grupo Volkswagen (repito: propietario de Skoda) a sus clientes y a la sociedad en general. De hecho, los mismos días que empezaba esta simpática y tramposilla campaña de Skoda, una radio rechazaba mencionar el nombre de la marca madre alemana en una cuña pagada por una organización para promover una acción colectiva para demandar a Volkswagen.

Resulta muy contradictorio que los gobiernos anden revisando las emisiones declaradas de las empresas, que los ayuntamientos se posicionen como adalides de la movilidad sostenible y que se le diga a la gente a través de reportajes buenrollistas que lo que se lleva ahora es moverse en bici e ir caminando mientras el sector de automoción anula todos esos mensajes a base de dejarse toneladas de euros en hacer del coche una necesidad.

En realidad, además de contradictorio, resulta muy peligroso. Porque, siento ser tan plasta, el uso del coche en ciudad es un generador de problemas muy graves: supone importantes pérdidas de dinero y tiempo por causa de los atascos y los problemas derivados de la contaminación, consigue que capitales de todo el mundo se pongan en alerta por las emisiones dejadas por el camino y acaba poniendo enferma y matando a mucha, muchísima gente.

Llegado a este punto, y si de verdad nos creemos que con menos coches circulando en nuestras ciudades viviremos mejor, ¿no tendría sentido hacer todo lo contrario a lo que se está haciendo y parar la barra libre publicitaria, limitar los mensajes y añadir los efectos negativos que tiene esto de la circulación excesiva?

Aquí lo dejo, que va a sonar el despertador.

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Me dedico al periodismo, la comunicación y a escribir libros como "Exceso de equipaje" (Debate, 2018), ensayo sobre el turismo que se desborda; "Biciosos" (Debate, 2014), sobre bicis y ciudades; y "La opción B" (Temás de Hoy 2012), novela... Aquí hablo sobre asuntos urbanos.

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Publicado el
27 de abril de 2016 - 20:48 h

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