China y Estados Unidos convierten a los laboratorios de biotecnología en un nuevo campo de batalla
“El 90% de los antibióticos se fabrican en China, Europa no produce ni un gramo de paracetamol y no hay stocks de emergencia para crisis sanitarias”. Con esta contundencia se expresaba Josep Borrell, Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, durante los primeros meses de 2020, en plena pandemia de la Covid-19, para alertar de la debilidad occidental ante los laboratorios del gigante asiático.
Su afirmación anticipaba un nuevo frente de disputa entre China y Estados Unidos que se ha convertido en realidad seis años después: el de la biotecnología. Una rama de alta tecnología decisiva para alcanzar el liderazgo global, porque el país que domine esta disciplina controlará la economía, la salud y la seguridad del siglo XXI.
La competencia entre las dos mayores economías del planeta es máxima y ya no consiste únicamente en fabricar los semiconductores más avanzados o los mejores algoritmos para la inteligencia artificial. También pasa por dominar el campo de la biotecnología, una industria que promete transformar la medicina, la agricultura, la alimentación, los materiales industriales e incluso la defensa.
En Pekín y Washington son conscientes de que quien lidere esta industria estratégica dispondrá de una ventaja decisiva en la economía mundial, comparable a la que proporcionó el petróleo en el siglo XX. Esto explica que ambas superpotencias compitan por controlar esta disciplina y convierten a la biotech en un nuevo campo de batalla. Un escenario que sugieren los últimos movimientos de la Casa Blanca en respuesta a los avances promovidos por Zhongnanhai, la sede del gobierno chino.
No es casualidad que en los últimos tiempos Estados Unidos haya incorporado la biotecnología al reducido grupo de tecnologías consideradas críticas para su seguridad nacional. Como tampoco lo es que China la sitúe entre las llamadas “nuevas fuerzas productivas de calidad”, el concepto con el que el presidente chino, Xi Jinping, pretende impulsar una economía basada en la innovación y menos dependiente de la tecnología exterior.
La cuestión para Estados Unidos y Europa es que, en apenas quince años, los laboratorios del país asiático se han convertido en los grandes protagonistas del planeta. Han pasado de desempeñar un papel secundario en la producción de medicamentos genéricos a desarrollar fármacos innovadores y a autorizar licencias de producción a multinacionales occidentales. Un cambio de paradigma propulsado por una multimillonaria financiación pública, una regulación favorable y la cooperación entre universidades, hospitales y empresas. Una suma de factores que hace que las biotecnológicas chinas desarrollen fármacos de forma más rápida y económica que sus competidoras estadounidenses y europeas.
Las cifras son contundentes. Según la Administración Nacional de Productos Médicos de China, el regulador farmacéutico del país, las empresas biotech del gigante asiático firmaron acuerdos de licencia transfronterizos por un valor récord de 60.000 millones de dólares en el primer trimestre de 2026. Además, en lo que va de año, han protagonizado el 69% del valor total de las transacciones globales en este ámbito, según el banco de inversión Jefferies.
A ello se suma, según informes del sector, que más del 70% de las sustancias farmacéuticas utilizadas en los medicamentos genéricos consumidos en Estados Unidos y Europa provienen de China y de la India, cuyos laboratorios dependen de materias primas chinas. Además, las biotecnológicas del coloso asiático protagonizan actualmente más del 30% de la cartera mundial de medicamentos innovadores en desarrollo, frente al 4% que registraban en 2014.
Estados Unidos contempla esta rápida evolución de los laboratorios chinos con creciente inquietud. En Washington preocupa especialmente que, en 2024, China ya les superara en el número de ensayos clínicos registrados y que, un año después, las compañías estadounidenses firmaran acuerdos de licencia con empresas del país asiático por un valor récord de más de 45.000 millones de dólares, frente a los 3.500 millones del año anterior.
La respuesta de Washington ha sido contundente y ha levantado unas barreras regulatorias inéditas. El Congreso estadounidense adoptó el año pasado la denominada Ley de Bioseguridad. Esta legislación tiene por objetivo cortar la cooperación y los vínculos económicos con la industria biotech china. Prohíbe a las agencias federales de Estados Unidos financiar o contratar a empresas que utilicen los servicios de firmas de esta rama de alta tecnología del gigante asiático consideradas de riesgo.
Esta iniciativa ha afectado directamente a grandes compañías chinas que venían operando como socias de grandes multinacionales estadounidenses hasta hace pocos meses. Son los casos del gigante estatal BGI Group, dedicado a la secuenciación genética, o de WuXi AppTec y WuXi Biologics, socias estratégicas de las grandes multinacionales farmacéuticas de EEUU para producir medicamentos innovadores.
La Casa Blanca también ha reforzado la protección de los datos genéticos y ha promovido incentivos para recuperar parte de la producción farmacéutica considerada esencial.
La preocupación de la Administración estadounidense tiene fundamento. Quien controle las grandes bases de datos genómicos, las plataformas de inteligencia artificial biomédica y las patentes sobre nuevos tratamientos dispondrá de una enorme ventaja competitiva durante las próximas décadas. De ahí que, para las dos superpotencias, la biotecnología se haya convertido ya en una infraestructura estratégica de primer orden.
Todo indica pues que la rivalidad tecnológica entre China y Estados Unidos se intensificará en los próximos años. A la disputa por los chips más avanzados, la inteligencia artificial y el dominio sobre las tierras raras se suma ahora la biotecnología, incluida la investigación farmacéutica. La diferencia, sin embargo, es que este nuevo pulso no solo tendrá consecuencias económicas. También condicionará la salud, la esperanza de vida y la seguridad de sociedades enteras.
Hoy la desconfianza mutua entre China y Estados Unidos paraliza proyectos conjuntos. Mañana, estos recelos pueden convertir la salud pública en el rehén más vulnerable de una nueva guerra fría.
0