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Un burofax trajo la trágica noticia: "Ante el inminente fin de su contrato, el dueño ha decidido subirle 225 euros el alquiler mensual"

"No estoy en contra de pagar por la casa donde vivo, sé que las cosas valen dinero, pero no el precio que pone el mercado. Porque cuando el mercado pone el precio y seguimos esta regla dejamos en la estacada a muchas personas"

"Tendremos que ser los inquilinos quienes demos el paso como nuestros antepasados en 1930, al comprender que el drama individual es colectivo, que dejaron de huir y miraron de frente a sus enemigos en forma de huelga del alquiler"

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Edificio de viviendas nuevas en venta y alquiler. EFE

Mi historia, por desgracia, es una historia compartida por muchas otras personas. Es una historia que tiene dos antagonistas: la precariedad laboral y la especulación inmobiliaria. Yo, el protagonista, he sido expulsado de diferentes lugares por la ambición de mis enemigas. De una ciudad me tenía que ir porque venía la precariedad y cuando estaba instalado en el siguiente lugar, llamaba a mi puerta la avariciosa especulación en forma de hombre trajeado.

Mi historia hasta hoy es una historia de huida, de búsqueda de ese pueblo galo que resiste a los invasores y que protege a sus ciudadanos de los enemigos del Estado. Pero estoy cansado de huir, no creo que exista ese pueblo galo irreductible y eso significa que las antagonistas de mi historia se han hecho con el poder de todo el territorio.

Así que no me queda otra más que enfrentarme a ellas, mirarles a la cara y decir que NO, que NO PASARÁN, que NO vivirán más de mí, que saldré a la calle y que me encontraré con otros buscadores cansados ya de huir y dispuestos a decir NO de manera colectiva.

Este cambio de rumbo viene empujado por el último ataque de mis enemigas. Esta mañana un mensajero me trajo en forma de burofax la trágica noticia: "Ante el inminente fin de su contrato de alquiler, el dueño ha decidido subirle el alquiler mensual 225 euros".

Hago números con la esperanza de poder asumir esta subida, utilizo la calculadora del móvil y a la nómina le resto todos los gastos necesarios para seguir trabajando: alquiler, comida, luz, agua, gas, transporte, internet…, y finalmente me sale como resultado: ¡VETE DE ESTA CASA, GILIPOLLAS, NO PUEDES PAGARLA!

Podría de nuevo recoger mis bártulos en bolsas de Ikea y buscar una caja de zapatos donde empezar por 29ª vez mi hogar, y estar a la espera de que volviesen a encontrarme mis enemigos. Con cada mudanza tendría una vida cada vez más precaria, esperanzado en que el mercado ya no pudiese sacar nada más de mí. Pero creo que esto tampoco haría efecto. Sospecho que aún sería útil para algunos de sus planes especulativos. Observo un liberalismo altamente creativo.

Así que viendo el agónico final de mi historia hoy he decidido decir: "BASTA, ya está bien, se acabó huir". Pero no quiero cambiar mi historia individualmente, no creo en las historias de héroes solitarios —suelen morir demasiado pronto—, soy más de las heroicidades colectivas. Como la huelga general de alquiler que ocurrió en Barcelona en 1930, cuando 45.000 personas dejaron de pagar el alquiler y un mes después la cifra aumentó a 100.000.

¿Qué les pasaría a mis enemigos si, en vez de uno, son 45.000 los que se enfrentan a ellos, o 100.000? El miedo cambiaría de bando. No estoy en contra de pagar por la casa donde vivo, sé que las cosas valen dinero, pero no el precio que pone el mercado. Porque cuando el mercado pone el precio y seguimos esta regla, dejamos en la estacada a muchas personas, como yo, incapaces de asumir alquileres de mercado.

Mi llamada a otros que huían y siguen huyendo es una llamada constitucionalista, aunque me pese el término; es una llamada para que siga respetándose la constitución en su Capítulo 3, Artículo 47: "Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias …".

Como parece que los poderes públicos también están acobardados por las mismas antagonistas de mi historia, tendremos que ser nosotros, los inquilinos, quienes demos el paso, como fueron capaces nuestros antepasados en 1930, al comprender que el drama individual es un drama colectivo, y de esta manera dejaron de huir y miraron de frente a sus enemigos en forma de huelga del alquiler.

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