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ANÁLISIS

¿Es posible crear una red social no tóxica?

¿Es posible crear una red social no tóxica?

Juanjo Villalba

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Las redes sociales llegaron con el cambio de siglo y sus creadores nos hicieron la promesa de que nos ayudarían a conectarnos entre nosotros. En principio, así fue. Gracias a ellas, el mundo se hizo más pequeño y, de repente, era facilísimo reconectar con tus antiguos compañeros de colegio, a quienes les habías perdido la pista, o con personas que vivían al otro lado del mundo pero que, como tú, eran fans de, por ejemplo, Jean-Claude Van Damme.

Aquellas primeras redes (Friendster, MySpace, Facebook), también nos ofrecían algo muy importante: comunicación instantánea en un mundo en el que las llamadas, los SMS e incluso las cartas estaban todavía a la orden del día.

Pero no solo se trataba de comunicación: en unos pocos años se convirtieron en una manera de informarnos, de ligar, de divertirnos o de descubrir películas, música y libros interesantes. También de encontrar trabajo y de generar toda una nueva serie de oportunidades laborales: desde los community managers encargados de crear y mantener la presencia online de instituciones y empresas, a los influencers, que en su origen eran personas que ganaron muchos seguidores por mostrarle al mundo un estilo de vida envidiable, una belleza que podría parecer inalcanzable, un pensamiento sugerente o ciertas habilidades que conseguían atraer a miles de personas.

Con los años, todo se empezó a torcer. Al principio, muchos pensaron que les estaban dedicando demasiado tiempo. Luego, nos sentimos abrumados por la cantidad de información que recibíamos. Saturados. Fatigados. Nuestros feeds se llenaron de publicidad y de contenidos que no nos importaban demasiado. “¿Dónde están mis amigos?”, nos preguntábamos mientras seguíamos haciendo un scroll infinito e insatisfactorio. 

Empezamos a sentir de forma muy evidente que las redes sociales nos hacían daño y la ciencia corroboró esa desagradable sensación. Su uso parecía estas asociado a una mayor tasa de depresión entre adultos jóvenes. Instagram, en concreto, aumentaba significativamente las preocupaciones sobre la imagen corporal y empeoraba la cantidad y la calidad del sueño de los jóvenes, los más activos en el uso de estas plataformas.

Por no hablar de la cuestión del ciberacoso, el lado oscuro de ese 'fácil contacto' que nos permiten las redes y que tiene un impacto muy negativo en la salud mental de los adolescentes.

Los problemas de salud mental, el aburrimiento y la pérdida de atractivo para los usuarios no han pasado desapercibidos para las compañías que, desde hace años, buscan crear la 'next big thing' en internet

Odiamos las redes, pero vivimos atrapados en ellas

Tras revisar todos estos estudios científicos, decidí también revisar el sentimiento hacia las redes sociales a mi alrededor. Para ello, hice una pequeña encuesta –sin ningún tipo de validez científica, claro está– entre mis propios seguidores de Instagram.

Les planteé tres preguntas sencillas. La primera fue: “¿Te están aportando algo las redes sociales hoy en día?”. Un 38% de las personas que me contestaron, usuarios activos y la mayoría intensivos de la plataforma, me dijeron que no. Irónicamente, a pesar de esto, ahí estaban, contestando a mi historia.

La segunda pregunta iba ligada a la anterior, pero creo que aportaba un matiz interesante: “¿Te saldrías de las redes sociales si pudieras?”. Un aplastante 58% me contestó que sí, lo que denota un hecho muy significativo: la mayoría de nosotros dejaríamos las redes sociales si las obligaciones, fundamentalmente laborales, no nos obligaran a seguir conectados a ellas. Estamos, de alguna forma, atrapados en las redes; sumidos en un bucle infinito del que no podemos librarnos fácilmente.

La necesidad de unas redes sociales más positivas

Todo esto (los problemas de salud mental, la incomodidad, el aburrimiento y la pérdida de atractivo general para los usuarios), no ha pasado desapercibido para las compañías que, desde hace años, están buscando crear la next big thing en internet: una red social que supere a Instagram, que sobrepase a TikTok y que remate a Facebook y a Twitter.

Algunas de ellas, además, han decidido abordar todos los inconvenientes de los que hemos hablado y tratan de acabar con la negatividad de las redes sociales tradicionales proponiendo alternativas que sean más positivas para nuestra salud mental y nuestra vida en general. Este tipo de compañías ofrecen apps que supuestamente no son tóxicas en las que es posible conectar con personas con intereses similares a los nuestros con el objetivo de fomentar el contacto en el mundo real.

En estas redes sociales alternativas parece complejo que alguien acumule un gran poder de influencia ya que los grupos son, casi por definición, más bien reducidos

Una de las compañías clave en este segmento se llama Collective Media, una empresa fundada y gestionada por mujeres, con sede en Nueva York, que ya ha lanzado al mercado nada menos que 14 aplicaciones; cada una con sus características particulares.

En su página web, sus fundadoras se declaran hartas de las redes sociales tradicionales y explican que sus aplicaciones se proponen crear conexiones más profundas, herramientas más útiles, y formas de jugar más libres. “[Redes sociales] en las que te sientes más bien acudiendo a una fiesta que actuando sobre un escenario”. Entre sus creaciones, podemos destacar Landing, una herramienta para crear y compartir moodboards, Pineapple, una especie de LinkedIn para la generación zeta, Somewhere Good, una plataforma para conectarte con tus vecinos, o Diem, un motor de búsqueda social en el que los usuarios buscan, recopilan, descubren y comparten información de una forma que está inspirada en la forma en la que las mujeres se han estado transmitiendo conocimientos durante siglos, mediante conversaciones.

Es cierto que estas aplicaciones todavía tienen un alcance más bien limitado, poco más que unos miles de usuarios, y que siguen luchando por encontrar su espacio en internet. De entre todas estas apps, solo hay una que, además, no pertenece al grupo de Collective Media, y que ya cuenta con un número de usuarios destacable.

Se trata de Geneva, una plataforma de chat grupal, similar a Discord, pensada para conectarnos con personas con intereses similares a los nuestros: desde amigos o familia, hasta fans de equipos deportivos, movimientos sociales o grupos profesionales. También podemos encontrar eventos y quedadas de diferente índole o crear los nuestros propios. En Geneva, los grupos de chat se organizan en “casas” que dentro tienen “salas” (de chat, de audio, de vídeo, de correo o de emisión en directo), en las que puedes agrupar a los usuarios según desees. 

En su descripción, la aplicación presume de no vender nuestros datos personales y de no insertar publicidad. También de tener un sistema diseñado para reducir el trolleo y el abuso, al pedirle a sus usuarios que se registren con su número de teléfono y no con un correo electrónico, lo que hace más sencillo bloquear a los que se portan mal. Además, el propietario de una casa puede establecer sus propias normas dentro de la misma y cuenta con herramientas para que nadie se las salte.

Y lo cierto es que, tras un corto paseo por algunas de estas aplicaciones, podemos confirmar que cumplen lo que prometen. En ellas se agrupan personas con intereses comunes y que además tienen muchas ganas de que todo vaya bien. Son grupos reducidos de gente con gustos similares: amantes del cine de autor, interesados en la cultura de internet, en la cultura queer, en un determinado tipo de comida, en saber qué se cuece culturalmente en una ciudad… Tan parecidos son los usuarios y tal la voluntad de “vamos a llevarnos bien” que parece difícil o casi imposible encontrarse en ellas con la confrontación que se da, por ejemplo, en Twitter, donde se mezclan personas de todas las opiniones políticas. También parece muy complejo que alguien acumule un gran poder de influencia, ya que los grupos son, casi por definición, más bien reducidos. 

Parece que el presente le está dando la razón casi palabra por palabra a la predicción que el analista de tendencias en redes sociales John Brandon hizo en diciembre del año pasado en la revista Forbes: “Las redes sociales se están fragmentando (...), cambiando y creciendo, evolucionando de la mentalidad de una plataforma única que sirve para todos a algo altamente democratizado, segmentado y específico por edad. En 2023 veremos cómo surgen más y más aplicaciones nicho en el ámbito de las redes sociales”. No obstante, pocos se atreven a predecir a día de hoy cómo será el futuro de todas estas nuevas plataformas.

En Geneva, los grupos de chat se organizan en "casas" que dentro tienen "salas" (de chat, de audio, de vídeo, de correo o de emisión en directo), en las que puedes agrupar a los usuarios según desees

La dificultad de crear y mantener unas redes sociales más positivas

Quizá la principal duda que se plantea respecto al futuro de las redes sociales es si estas nuevas plataformas conseguirán en algún momento sustituir a Instagram, Facebook, Twitter o TikTok.

Hay dos aspectos que parecen importantes a tener en cuenta. El primero es la cuestión económica. Hoy en día, todas estas nuevas apps tienen un funcionamiento poco capitalista, no venden nuestros datos, no nos muestran publicidad todo el tiempo; no parecen tener esa necesidad de estar siempre creciendo que ha caracterizado a sus hermanas mayores. Pero, ¿qué pasará si crecen? ¿Podrán encontrar un equilibrio entre su viabilidad económica y su pureza anticapitalista? Si comienzan a despuntar, pronto el demonio del dinero llamará a sus puertas en forma de campañas de publicidad. Tal y como también señalaba John Brandon en su artículo de Forbes: “la fragmentación puede ser un problema muy serio para inversores y anunciantes” y si se ven en un callejón sin salida, probablemente intenten salir de él pagando astronómicas sumas de dinero.

El segundo aspecto es si realmente nos proporcionarán eso que necesitamos de las redes sociales. Reconozcámoslo, en el mundo real hay conflicto y la mayoría de nosotros disfrutamos con él, nos despierta y nos empodera y, en determinados momentos de nuestra vida, incluso forja nuestro carácter o nos hace más fuertes. Unas redes sociales sin conflictos se presumen blandas, sin vida, como una especie de realidad paralela dulcificada al estilo Barbie

Pero también es lógico que hoy en día nos apetezca algo así tras años de discusiones y troleos en Twitter, de sentirnos mal viendo una vida que nunca tendremos en Instagram. Quizás el ascenso de este tipo de redes más blancas, más tranquilas y útiles, responde a una reacción ante el hartazgo producido por las más hegemónicas y, con el tiempo, la balanza vuelva a inclinarse hacia el otro lado. O dicho de otra manera, puede que solo nos estemos tomando un descanso. El tiempo lo dirá.

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