Entre la gastroenteritis y el “Gran Reemplazo”: el discurso migratorio del PP a examen
Este 27 de agosto, al más puro estilo sionista, un par de decenas de ceutíes se plantaron delante de un camión de la Cruz Roja que llevaba alimentos a los migrantes que quedan en Ceuta y cruzaron la frontera. El objetivo era no dejar pasar al camión al grito de “¡La Cruz Roja es una mafia!”. Es el ejemplo vivo de lo que supone proyectar sobre la ciudadanía constantes mensajes de odio, racistas y xenófobos.
El día anterior el presidente de la ciudad autónoma de Ceuta y miembro del PP, Juan Jesús Vivas, aseguraba que los polideportivos no se usarán como recursos para inmigrantes. A lo que añadió un rotundo “a mí me van a tener que sacar de los polideportivos”. En un arrebato de inconsciencia sumó un “y todos los que quieran venir conmigo”. Nada que no deseen los escuadristas fascistas que integraron la quema de refugios hechos por migrantes en la playa, más gasolina patriotera vacía. Desde luego no eran palabras que ayudaran a calmar los ánimos, que es lo mínimo que se le pide a un representante popular en este tipo de situaciones.
En realidad es lógico si observamos que cada vez que ha aparecido una solución humanitaria, Vivas se ha opuesto a ella. La crisis de Ceuta se ha convertido en algo así como su razón de existir. Por supuesto, para el PP es maravilloso porque así puede utilizarlo para intentar provocar un estallido social.
Tres días antes de que Vivas dijese esa barbaridad, Borja Sémper, compañero vasco del PP, solicitaba en rueda de prensa el confinamiento de los migrantes que estuviesen enfermos de gastroenteritis. Tal vez, por dentro, pensó que aquella frase era de lo más absurda después de que un periodista le preguntó si iban a proponer el confinamiento de todos los ciudadanos españoles que tuviesen gastroenteritis. Quiero pensarlo porque de lo contrario es un tremendo ejercicio de tragaderas para poder ganarse el pan.
Estos católicos apostólicos del PP tan duros con los malestares de estómago, pero tan blandos con el COVID-19 de cuyo confinamiento no paraban de quejarse. Tanto que Ayuso convirtió Madrid en la capital europea de la juerga con cientos de turistas de borrachera que quisieron aprovechar la apertura del horario nocturno. Otra más de Doña Ático.
Pero de esa rueda de prensa de Borja Sémper me quedo con esta frase: “Pedimos al Gobierno que estudie la posibilidad de proceder a medidas de confinamiento de esa parte de la población que tiene esas enfermedades”. En concreto el fragmento “esa parte de la población”. Terrible, se mire por donde se mire. La gastroenteritis se cura, la xenofobia es más complicada de curar. Por lo que veo ya no hay vergüenza en serlo.
Claro que debemos recordar que a principios de agosto el presidente del PP en el País Vasco, Javier de Andrés, dijo que le asombraba “que el Gobierno Vasco y el PNV le pregunten a Sanchez por un plan de migración como si no existiera un plan de migración por parte de Sánchez” porque es evidente que Sánchez “tiene un plan migratorio, lo lleva aplicando 8 años (...) son las regularizaciones masivas, es el papeles para todos, es la nacionalización porque sí”. Es decir, el líder de los populares vascos dejó entrever en sus palabras la teoría supremacista de extrema derecha llamada “Gran reemplazo” por la cual se sostiene que existe un plan deliberado de élites para sustituir a la población blanca y cristiana en Europa y Occidente mediante la inmigración masiva y la caída de la natalidad.
Estas palabras de Javier de Andrés fueron secundadas por la presidenta del PP de Bizkaia, Amaya Fernández. Curioso que viviendo ella, como yo, en un municipio en el que el 13% de la población ha nacido fuera de España plantee estas cosas. Sería muy interesante que se presentase a las próximas elecciones municipales con las palabras de Javier en su programa electoral. Así, los barakaldeses podríamos saber lo que realmente propone Amaya.
Nada nuevo en el ámbito municipal del PP ya que en enero de este año, Esther Martínez, portavoz del PP en el ayuntamiento de Bilbao, dijo aquello de «no es normal que tengamos calles en Bilbao que se han convertido en guetos en los que no se pueda entrar, en las que no podamos entrar los bilbaínos» mientras se grababa tranquilamente en la calle del 2 de Mayo del barrio de San Francisco. Trataba de denunciar la precaria situación laboral de los municipales ante lo que denominó como una “batalla campal” de aficionados que apoyaban a la selección marroquí tras la victoria en la Copa África. Le quedó un vídeo en el que demostraba que podía entrar a grabar sin problema incluso después de decir lo contrario. Además: ¿Con la frase “en las que no podamos entrar los bilbaínos” debemos entender que plantea que los ciudadanos de origen extranjero que viven y pagan impuestos en Bilbao no son bilbaínos?
En definitiva, estamos asistiendo a la adopción paulatina de premisas y marcos teóricos de la extrema derecha por parte de los cargos populares. No es un hecho aislado, sino una estrategia coordinada de deshumanización. Cuando la labor política sustituye la gestión pública por la estigmatización del migrante, no solo se erosiona la convivencia en municipios como Barakaldo o Bilbao, sino que se normaliza un discurso peligroso que acaba por materializarse en las calles (como pasó el verano pasado en Torre Pacheco o este verano en Ceuta). La responsabilidad institucional exige frenar esta deriva antes de que el daño a la cohesión social sea irreversible.
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