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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

De las Leyes de Núremberg al análisis deportivo de Rajoy: la obsesión biológica de la derecha

Mbappé, Kounde y Doué van a saludara a los hinchas franceses tras su eliminación del Mundial por la derrota contra España.

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Vito Quiles, tras la victoria de España frente a Georgia en 2023, publicó una fotografía del partido en la que aparecían Lamine Yamal y Nico Williams celebrando uno de los goles. La imagen iba acompañada de un texto que decía: «¿Pero qué selección española es esta? ¿Parece una broma de mal gusto?».

Tres años después, M. Rajoy ha tenido a bien deleitarnos con uno de sus artículos de análisis futbolístico, en el que sigue una linde similar a la de aquel tuit. No entraré a valorar el nivel de redacción que caracteriza al expresidente —a mi gusto, bastante pobre para alguien que ha ocupado un cargo tan relevante—, sin embargo, asumo que esto es cuestión de opiniones. Lo que realmente me interesa es resaltar el fondo de sus palabras: su racismo.

Ya lo hizo tras el partido de España contra Bélgica, donde dejó claro que no le gustaban los «rojos», en alusión a que al equipo belga se le conoce como los «diablos rojos» y viste camiseta roja. El caso es que el expresidente entiende que los rojos «nada bueno han aportado nunca». Al señor Rajoy se le olvida que fueron esos «rojos» los que lucharon contra Adolf Hitler y Benito Mussolini —aliados de Franco— primero en España y luego en el resto del mundo. Son los mismos que terminaron presos en los campos de exterminio mientras los «azules», los de Franco, combatían bajo la bandera nazi en la División Azul. Los rojos son quienes lucharon por la democracia en la clandestinidad durante el franquismo, mientras que seis de los fundadores de su propio partido habían sido ministros de la dictadura.

Tras esto, llegó su frase racista: «Francia (...) tiene, además, una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses». Esta afirmación, que alude de forma implícita al origen étnico y familiar de gran parte de los futbolistas de la selección gala, generó una oleada inmediata de reacciones en Francia y España. Y no es para menos.

El racismo no es patrimonio exclusivo de España. De hecho, la embajada de Francia en Argentina declaró persona non grata a la vicegobernadora de Mendoza, Hebe Casado, tras un tuit sobre la selección francesa durante este Mundial: «Muy bien Paraguay. El equipo africano flojo de modales. No lo aguanto a Mbappe». En el caso patrio, dejar la puerta abierta al racismo y convertir los comentarios de barra de bar del cuñado fan de Abascal de turno en debate político trae estas consecuencias: que ya no sientan vergüenza por mostrarse tal y como son.

El debate sobre las palabras de Rajoy es el reflejo de una frontera ideológica muy clara: la que separa a una sociedad democrática de aquellos que añoran un concepto de patria excluyente

Lo que hace Rajoy es reducir la ciudadanía al origen étnico. Esta idea de asociar la ciudadanía y la pertenencia a una nación exclusivamente a la etnia o a los antepasados —conocida formalmente como nacionalismo étnico— es el núcleo doctrinal sobre el que se edificaron el nacionalsocialismo (nazismo) y el pensamiento de Adolf Hitler. De hecho, el nazismo rechazaba radicalmente la idea de que un documento (un pasaporte o un proceso de nacionalización) pudiera convertir a alguien en alemán; argumentaban que la identidad nacional era puramente biológica e inmutable. Esta obsesión ideológica dejó de ser teoría y se convirtió en ley el 15 de septiembre de 1935 con la promulgación de las Leyes de Núremberg, concretamente con la Ley de Ciudadanía del Reich.

Resulta curioso que no ande tan lejos de esta postura la frase del portavoz de Vox en el Parlament de Cataluña, Joan Garriga, quien el pasado mes de abril afirmó: «Es español el nacido de padre y madre española».

Desde el punto de vista del derecho internacional y los derechos humanos, la ciudadanía es un vínculo jurídico y político, no un rasgo racial o de linaje. Al afirmar que la selección gala «no tiene franceses», se está aplicando de forma implícita el concepto del ius sanguinis (derecho de sangre) en su versión más excluyente. Es decir, se niega la identidad legal y afectiva de deportistas nacidos y criados en Francia, sugiriendo que para ser «plenamente» de un país se debe cumplir con un determinado estándar fenotípico o de ascendencia. Esta postura choca frontalmente con el Artículo 15 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que protege el derecho a la nacionalidad y, por extensión, la dignidad que esta otorga.

Por este motivo, la respuesta de la Embajada de Francia en España fue tan contundente. Al recordar que los jugadores nacieron en Francia y son legalmente franceses, defendían el modelo republicano y democrático frente a las teorías que vinculan los derechos y la identidad nacional a la etnia o al color de piel.

A pesar de la gravedad, la respuesta del PP ha sido quitarle hierro al asunto. Rafael Hernando incidió en esta postura al escribir: «Rajoy hace una broma con la selección francesa». Y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, añadió: «y sale el papanatas de Sánchez, que va a regalar la nacionalidad española de forma ilegal a millones de extranjeros que ni viven ni contribuyen ni tienen arraigo en España, a dar lecciones en plan estupendo». A Hernando se le olvida que su partido, y su líder actual, hicieron campaña precisamente para dar la nacionalidad española a los descendientes de españoles en el exterior.

Por su parte, Borja Sémper —quien desde su vuelta a la política hace un par de años parece estarse ganando a pulso sus pagas extra—, poseído por el espíritu del propio Rajoy en aquel famoso lapsus de «el alcalde es el que elige al alcalde...», balbuceó: «Para jugar en la selección nacional de Francia hay que ser francés y si no fueras francés no podrías jugar en la selección nacional de Francia, como no puedes jugar en ninguna selección nacional si no eres nacional de ese país».

Lo que se critica de la frase de Rajoy es que cuestiona la legitimidad y autenticidad de la nacionalidad basándose en el origen étnico de los jugadores. Sémper defiende la frase amparándose en la legalidad del documento de identidad, cuando la columna de Rajoy hacía precisamente lo contrario: relativizar esa legalidad en función de la raza. Lejos de corregir al expresidente, de condenar sus palabras o de fijar una posición democrática en las antípodas de cualquier comentario xenófobo, Sémper insistió: «Es una columna, de estas que escribe el señor Rajoy, son sarcásticas, y son columnas que van sin mala intención, y son comentarios a favor de España». Utilizar el humor, el sarcasmo o la ironía como un cheque en blanco en el discurso político es una estrategia burda para evadir la responsabilidad institucional. El racismo y la xenofobia sutiles operan con frecuencia a través de «chistes» o comentarios pretendidamente inocuos.

Que una frase se escriba con tono irónico no anula su carga ideológica ni el impacto social que genera, especialmente cuando proviene de un exjefe de Gobierno cuyo eco público es inmenso. El racismo, Borja, no es una opinión: es un delito. Pero, sobre todo, tiene que volver a dar vergüenza de ser manifestado.

Dos semanas después del tuit de Vito Quiles, al ser preguntado por este en el Congreso, Patxi López le contestó firmemente: «Te lo voy a decir ya a la cara. He visto algún tuit tuyo cuando la selección española jugó y ganó a Georgia con un contenido racista, de tal manera que no voy a respetar a un racista respondiendo a sus preguntas». Notables diferencias las de López y Sémper a la hora de gestionar el racismo.

El debate sobre las palabras de Rajoy y la tibieza con la que algunos intentan justificarlas es el reflejo de una frontera ideológica muy clara: la que separa a una sociedad democrática, diversa y basada en el derecho constitucional, de aquellos que añoran un concepto de patria excluyente, biológico y obsoleto.

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