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Viento del Norte es el contenedor de opinión de eldiarionorte.es. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Juguetes rotos

La Fiscalía intensifica la inspección a los centros de menores

El asesinato de dos ancianos en el barrio bilbaíno de Otxarkoaga, el pasado 18 de enero, ha conmocionado a una ciudad que llevaba años generando orgullo por su aclamado proceso transformador iniciado con el 'efecto Guggenheim'. Quien más quien menos gustaba reconocerse en esa imagen de urbe actual, acogedora de la extranjería turística, generosa en sus aportaciones sociales –donación de sangre, recogida de alimentos- festiva y satisfecha de su Aste Nagusia, amistosa de la diversidad cultural y apasionada con la gastronomía local y su Athletic. Una ciudad moderna, actual.

Es el Bilbao de postal, trabajada con fuego y acero desde los poderes políticos de Ayuntamiento, Diputación Foral de Bizkaia y el propio Gobierno Vasco y apoyada en los esfuerzos político-empresariales por conseguirle hacer renacer de sus cenizas, de su tristeza, de su grisura y mediocridad, de su pasado industrial sepultado.

Es cierto que esta visión positiva y simple a la vez no conseguía hacer olvidar elementos presentes en el quehacer diario de sus barrios, no tan deslumbrantes: dificultades sociales para integrar a esa otra extranjería, la que acude sin medios de subsistencia; ciertos problemas de violencia machista en fechas festivas; emergencias económicas de infraestructura básica para humanizar vías y calzadas; e incluso culturales, como la oposición vecinal a la apertura de una mezquita, por señalar algunos.

La pugna entre ambas visiones –la oficialista y la cotidiana- quedaba decantada hacia la primera. El velo institucional propuesto ganaba con diferencia, confirmado además por la consecución de innumerables premios nacionales e internacionales otorgados al Bilbao renovado.

La imagen, sin embargo, saltaba hecha añicos tras el conocimiento de la trágica noticia de Otxarkoaga, que venía además acompañada por otros sucesos violentos muy presentes aún en la mentalidad colectiva. Y se encendían todas las alarmas (la inseguridad ciudadana, el abandono institucional de ciertos barrios, la irresponsabilidad de profesorado y educadores/as, la incompetencia del sistema policial y judicial). El color negro cubría el sol, las calles y el paisaje; la noche embozaba de desesperanza a muchos cientos de bilbaínas y bilbaínos.

En los días siguientes, los medios de comunicación se han llenado de artículos sesudos y entrevistas humanas de todo tipo. Nos hemos solidarizado con el dolor de las víctimas. Hemos aprendido los pros y contras de modificar la Ley del Menor. Nos hemos emocionado con las opiniones de vecinos/as del barrio que siguen animados/as a trabajar por evitar su estigmatización; simpatizamos con cuantas personas continúan en la brecha diaria de luchar por un mundo más habitable cada día. Las líneas que van a continuación pretenden ser una sencilla voz más que participa aportando dudas, preguntas y alguna reflexión desde el ámbito educativo.

Empecemos por las quejas y el reparto de responsabilidades ante el luctuoso suceso. Quien no sea capaz de volver hacia si mismo/a una mirada que, sin duda, ha sido dirigida en primer lugar –porque, además, así corresponde- hacia los poderes institucionales, es que está ignorando su propia responsabilidad. Es lógico recordar a quienes nos gobiernan que delincuencia e inseguridad ciudadana es un cóctel explosivo sobre el que no se debe bajar nunca la guardia. No caben relajaciones en las funciones administrativas ni ahorros presupuestarios ante un descenso puntual de sucesos delictivos. Los bordes de la ley siempre serán espacios frecuentados por cuantos/as se sientan ajenos a su respeto y una situación económica que tienda a mejorar no es argumento inmediatamente secundado por la ciudadanía en su totalidad.

También hay –y en mi opinión, mucha- responsabilidad en la propia ciudadanía. No entro en la graduación de la misma, sino en la falta de capacidad para reconocer la propia negligencia, cuando esta se produce (y lo hace diariamente). ¿Cuántas veces ignoramos, desatendemos, sucesos callejeros incívicos con la excusa de que son 'otros' quienes deben intervenir? Reprender a quienes cometen actos de ensuciamiento de vías públicas o comentarios denigrantes hacia personas de sexo, color o cultura distinta, por citar algún ejemplo, es una responsabilidad común que no está únicamente en manos de guarda jurados o policías.

Es cierto que hay un gran salto cualitativo entre este tipo de actos y un asesinato, pero no lo es menos que la falta de rectificación de actitudes incorrectas concede a ciertos jóvenes dudas profundas a la hora de diferenciar el bien del mal. Se cree que diferenciar tales valores es consustancial al ser humano y aprendido, por tanto por ciencia infusa, una mezcla de tradiciones y conocimientos sobrenaturales. Y que si no, la propia vida se encargará de enseñarles a diferenciar.

Esta insuficiencia educativa, que cita el sociólogo Javier Elzo en una reciente entrevista ( Deia, 27-01-18), es consecuencia de esa mal vista, en ámbitos concretos, educación en valores. Ámbitos exclusivamente interesados en una formación en contenidos evaluables que adjunten competencias conceptuales y que ignoren formación específica en componentes humanos que también se deben trabajar, como el respeto, la amistad, el perdón, la lealtad, la empatía o la humildad. La escuela no debe entrar en este capítulo, porque para eso está la familia, dicen los/as convencidos/as de tal idea. Pero se engañan, porque, en ocasiones –probablemente como en la que estamos aludiendo del barrio bilbaíno- la familia (desestructurada o no) es insuficiente motor de adquisición de conceptos morales, preocupada en obtener un empleo, en no depender de las ayudas asistenciales, en conseguir llegar a fin de mes,…

De ahí que sea la sociedad también la llamada a compensar estas carencias a través de la educación obligatoria y de la ayuda asistencial. En ambos casos intervienen profesionales, directamente especializados/as en esta tarea, que asumen su responsabilidad y que ponen lo mejor de su formación al servicio de los demás. A ellos/as y, por tanto, a la propia sociedad que les ha propuesto, les corresponde también parte del fracaso en el suceso mencionado. Y no tengo dudas de que así se sienten, de que así nos sentimos todos y todas.

Cada cual, allí hasta donde quiera comprometerse, pondrá su experiencia y buenas prácticas al servicio de tal objetivo. Pero que nadie espere soluciones mágicas, si las instituciones no acompañan en este objetivo. Que nadie piense en varitas de hechicera si las administraciones educativas solo actúan ante hechos trágicos que no tienen vuelta atrás (¿Será el momento de volver a clamar por la falta de compromiso de una Viceconsejería de Educación que lleva más de 6 años sin convocar el Observatorio de la Convivencia de Euskadi?). Sólo el trabajo continuado y convencido podrá dar frutos en el futuro. Sólo la inversión presupuestaria y en recursos humanos suficientes, sin exigencia de rendición de cuentas cortoplacistas, servirá para invertir tendencias que asoman peligros en el horizonte.

El pasado martes, 23, fui testigo directo en el Parlamento Vasco de una iniciativa del Consejo Escolar de Euskadi que, a modo de experiencia piloto, reunió a los distintos miembros de la comunidad educativa de los centros educativos públicos y concertados de tres municipios vascos (Urnieta, Santurtzi y por la Rioja Alavesa, Oion, Labastida y Laguardia) con el fin de debatir y acordar medidas que, a su juicio, necesita la enseñanza vasca. La iniciativa pretende llevar a pie de calle el debate sobre la Escuela futura. Si la experiencia, una vez evaluada, se considera exitosa, se propondrá al resto de municipios vascos como una práctica educativa que pueda ser interesante utilizarla.

El acto en la Cámara vasca era el punto final a un trabajo arduo que ha tenido a profesorado, familias y alumnado reunido durante varios meses con el siempre estimulante objetivo de opinar sobre la mejora de nuestro sistema educativo. La misión no por sencilla era menos interesante: traer el debate a las personas anónimas –niñas, jóvenes, hombres y mujeres, madres y padres- que participan en el día a día de la educación. Para ello valía la opinión de la profesional y del aficionado, del agente y del paciente educativo. Todas ellas son personas valiosas por el mero hecho de ser seres humanos con el único requisito de pertenecer a uno de los municipios citados.

Cada colectivo de cada centro presentó en el Parlamento un manifiesto que recogía las síntesis de sus debates. Como es lógico, se oyó hablar de clases aburridas, de trabajo colaborativo, de esfuerzo, de mayor participación e implicación de las familias, de mejora y cuidado de las instalaciones escolares, de actualización de los aprendizajes,… Nada que los y las parlamentarias allí reunidas no hubiesen escuchado en más ocasiones.

Algo, sin embargo, atravesó el salón parlamentario, como un fogonazo que iluminó un mensaje sobre el resto: una petición expresa de varios/as alumnos/as al resto de colectivos allí presentes (familias, profesorado y público en general): “no somos peores ni mejores que nadie, somos diferentes”. No se trataba de una apelación a la igualdad, sino al respeto. No pedían trato semejante, sino mejor, superior. Es muy probable que se lo estemos dando ya, pero ellos y ellas no lo perciben así. Y no podemos engañarnos, minusvalorándolo como una opinión más, sin mayor trascendencia, porque se convirtió en un deseo mayoritario en la finalización del evento. El último acto de la sesión parlamentaria consistía en una votación en la que los y las representantes de todos los centros participantes elegían los tres compromisos más valorados de entre los seis seleccionados previamente. El primero, a una larguísima distancia del inmediato seguidor fue: “Cuidarnos mutuamente, sin discriminar a nadie porque todas las personas somos importantes y valiosas”.

Si queremos que sucesos trágicos como el de Otxarkoaga sean tan solo un episodio irrepetible del pasado, si queremos que nuestra sociedad camine hacia una humanidad mejor, aprendamos y asumamos la importancia de la responsabilidad educativa. Entonces los proféticos versos de Amaral no serán sino una sola triste y bonita canción.

"Qué bonito es jugar a hacer estallar soldados de plomo./Cómo me gustaba escarbar en la arena y encontrar petróleo./Es estupendo comprar con dinero inventado un mundo imaginario./Si siguen jugando contigo y conmigo seremos dos juguetes rotos./

Qué alucinante apretar un botón y acabar con todos nuestros males./ Qué fácil es dividir entre buenos y malos, héroes y villanos./

Cuánta estrategia de altura se idea a diario desde algún despacho y ahora somos dos números que no ha cuadrado./

Somos dos juguetes rotos, tú y yo somos dos juguetes rotos".

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Publicado el
29 de enero de 2018 - 19:20 h

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