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Para aquellos que han investigado acerca de su vida, Horacio Echevarrieta (Bilbao, 1870-Barakaldo, 1963) era una persona con una inteligencia clara y un personaje incomparable. Para sus nietas, con carácter, pero cariñoso y que siempre las empujaba a abrir sus fronteras y conocer mundo. Sus empleados, desde el más bajo hasta el más alto rango, le guardaban una lealtad de admirar y desde el servicio hasta los empresarios de su mismo nivel, todos tenían una buena imagen de su persona.

Empresas como Iberia, Iberdrola o Cemex no existirían sin él. Tampoco lo harían el buque escuela de la armada española Juan Sebastián Elcano, el transbordador del Niágara y ni el prestigioso submarino E-1, el más avanzado de su tiempo. Sin embargo, el nombre de Horacio Echevarrieta no ocupa un lugar en plazas ni su figura da forma a monumentos. En lugar de eso, su historia amenaza con acabar en el olvido.

Republicano convencido, tuvo representación parlamentaria hasta 1917. A pesar de ello, tenía una buena relación con Alfonso XIII, quien le ofreció el título de 'marqués del Rescate' por liberar a cientos de presos españoles en Marruecos tras el Desastre de Annual. Título que rechazó por sus convicciones políticas.

"Nació en el momento, pero no en el lugar oportuno", coinciden en una entrevista con elDiario.es/Euskadi Gonzalo Arroita, María Peraita y Javier Amezaga, autores de ‘Las 150 vidas de Horacio Echevarrieta’, el libro que trata de resucitar la vida del empresario vasco. El propio Juan Ignacio Vidarte, director del Museo Guggenheim apunta en el prólogo del libro: "Si Horacio Echevarrieta hubiese nacido en Pittsburgh probablemente asociaríamos su figura con la de algún actor conocido de Hollywood como protagonista de una película basada en una vida extraordinaria (...) llama la atención que un personaje, que con las debidas cautelas bien pudiera ser comparado con los Howard Hughes o Randolph Hearst que inspiraron a Orson Welles en Ciudadano Kane, sea tan poco conocido entre nosotros y disfrute hoy de una falta de reconocimiento". 

Con lo que heredó las minas de su padre y algunos solares en el ensanche de Bilbao, podía haber vivido toda la vida sin trabajar, pero su lema era ‘que el dinero nunca duerma’. "Mi abuelo no se conformaba con vivir de las rentas de su fortuna. Decía que el dinero no tiene que estar parado en una cuenta bancaria, tiene que moverse, invertirse en nuevas empresas para generar actividad industrial y, sobre todo, crear puestos de trabajo", señala una de sus nietas, Alicia Echevarrieta, en el libro sobre su abuelo. Así, dio empleo en sus minas a cientos de trabajadores, a los que además, mejoró sus condiciones de trabajo reduciendo la jornada laboral a 8,5 horas, una acción por la que se ganó el nombre de 'empresario esquirol' por parte del resto de empresarios.

"En la huelga minera de 1910, ya la última importante, en la que pedían la bajada de la jornada laboral a 9 horas. Todos los empresarios mineros estaban en contra de ceder a los intereses de los trabajadores y las trabajadoras, pero Horacio Echevarrieta y Martínez de las Rivas dijeron que no, que era una cuestión de conciencia por una parte porque tampoco era una demanda excesiva y luego también era una cuestión práctica, si esas personas estaban trabajando en unas mejores condiciones, rendirían mejor y estarían mejor en su trabajo. Entonces ellos accedieron y convencieron al resto, por eso se ganó ese nombre", explica María Peraita, arquitecta de la Cátedra Unesco de Paisajes Culturales y Patrimonio.

En poco más de una década se vio encabezando los negocios más innovadores de España. Lo hacía además, en sectores distintos como pueden ser el hidroeléctrico, el urbanístico, el aéreo e incluso el periodístico, puesto que también fue propietario del periódico El Liberal y participó en Unión Radio, que años más tarde se convertiría en la actual Cadena Ser.

Echevarrieta mantuvo una relación de amistad con el monarca Alfonso XIII, supo atraer la simpatía de Primo de Rivera y contaba con el respeto del líder militar rifeño Abd el-Krim tras entablar negociaciones con él para acabar con el bloqueo que había prolongado hasta más de año y medio el cautiverio de los prisioneros españoles caídos en el Desastre de Annual. "Para ello, no solo pagó de su bolsillo parte de las últimas exigencias del rescate, sino que llegó a ofrecerse como rehén hasta que se resolvieran estas", señalan los autores en el libro, que está escrito en tres idiomas, euskera, inglés y castellano.

Supo mantener la amistad y el respeto de la casa real y de la dictadura aun siendo republicano reconocido y embarcarse en proyectos ambiciosos como la constitución de Saltos del Duero, actual Iberdrola, mientras el mundo sufría la pandemia de 1918 que causaba entre cincuenta y cien millones de víctimas en plena I Guerra Mundial. Sin embargo, fue encarcelado por una traición, la del que él consideraba su amigo hasta ese momento, Indalecio Prieto.

El declive de la exitosa carrera político financiera de Echevarrieta, llegó porque gran parte de su capacidad económica estaba atrapada en el proyecto del submarino E-1. A pesar de que el Gobierno de la Segunda República respetara varios de los pedidos comprometidos con Astilleros de Cádiz, deciden llevar a cabo una política pacifista y no apoyar la construcción armamentística por lo que retiran su apoyo al submarino. Para solventar la deuda, Echevarrieta va desprendiéndose de todas sus participaciones empresariales y en un último intento por salvar el proyecto del submarino, acaba participando en una operación que termina llevándole a prisión.

El propio Manuel Azaña le ofrece retomar parte del contrato de compra del submarino E-1 a cambio de que Echevarrieta, en uno de sus barcos, se encargaba de transportar armas a los exiliados portugueses que buscaban derrocar la dictadura militar de su país. Sin embargo, esas armas tenían como destino final alimentar la Revolución de Asturias de 1934, información que según los historiadores, Indalecio Prieto conocía. Finalmente, es juzgado y encarcelado en la cárcel Modelo de Madrid, donde coincide con Santiago Carrillo. ​

"En el momento en el que Horacio es diputado de la Conjunción Republicana-Socialista a partir de la huelga de 1917, una huelga revolucionaria, él deja el puesto Indalecio Prieto escapa, hace su primer exilio de los cuatro y cuando vuelve ocupa el puesto de Horacio. En el año 1930, otra vez, Indalecio participa en el pacto de San Sebastián y también inmediatamente escapa y Horacio se queda aquí. En 1934, en la Revolución de Asturias, Horacio acaba en la cárcel e Indalecio otra vez vuelve a escapar. En la Guerra Civil Horacio se queda en Madrid, donde lo pasa mal con la parte republicana y luego cuando llega Franco y Indalecio vuelve a escapar en 1938. En las cuatro ocasiones Horacio se queda aquí dando la cara y el otro se marcha", explica Gonzalo Arroita, letrado, urbanista y profesor de la Cátedra Unesco de Paisajes Culturales y Patrimonio.

"La Guerra Civil influyó mucho en que el personaje de haber sido lo que era durante los años anteriores a la Guerra fuese cayendo en el olvido. No estaba reconocido por nadie porque no tomó una parte decisiva sobretodo políticamente en ningún bando. Él era de personas, más que de partidos o bandos. Cuando tiene que ayudar de un lado, ayuda, y de la misma forma del otro. Durante la Guerra Civil a él le respetan en el Madrid republicano, pero él refugia a nacionalistas amenazados. Sin embargo, cuando llegan los nacionales, él también protege a republicanos", coinciden los tres autores.

El nuevo régimen le devolvió el control sobre los Astilleros de Cádiz, que pasaron a ser su única actividad empresarial. No obstante, una explosión en los Astilleros que se saldó con 17 muertos y decenas de heridos acabó con el imperio que Echevarrieta había construido, al no poder pagar la obra de los destrozos y tener que pedir al Gobierno la incautación de la empresa que terminó siendo expropiada en 1952.

La vida de Horacio Echevarrieta finalizó un 21 de mayo de 1963, con 92 años, en su mansión de Barakaldo, la que siempre dijo que jamás vendería. Su legado en España, entre otros, serán ese mismo Palacio Munoa en Barakaldo, las Galerías de Punta Begoña en Getxo, la línea 2 del metro de Barcelona, la Gran Vía madrileña o el Ensanche de Bilbao. Los restos de una historia que, con el paso del tiempo, la sociedad ha ido poco a poco olvidando.

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Publicado el
7 de febrero de 2021 - 21:15 h

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