Cuidar en la España vaciada: cómo dos mujeres colombianas y una red vecinal hacen posible el deseo de Felisa de envejecer en su pueblo
Al mismo tiempo que Felisa hacía la mudanza, convertía aquel traslado en una verdadera declaración de resistencia. Tras su último ingreso hospitalario en Cáceres, decidió que el final de su vida no podía desarrollarse lejos de su origen. Eligió regresar a la casa donde nació, al lugar donde aprendió lo que significaba una familia y donde, con los años, disfrutó en pequeñas dosis de la suya propia. Este regreso no ha sido por simple nostalgia, sino con la convicción de que si le quedaba un capítulo por vivir, quería hacerlo allí donde todo empezó; en su pueblo, en Torrejoncillo.
Su rutina en el pueblo cacereño está lejos de la soledad que tantos temen en la vejez. Su día a día es una coreografía de cuidados y afecto. El servicio de enfermería a domicilio del centro de salud de Torrejoncillo mantiene a raya su salud, combinando la medicina moderna con la cercanía de quienes conocen su nombre y su historia.
En casa, Margarita —su cuidadora interna, colombiana— es mucho más que apoyo doméstico ya que además de compañía, es su confidente y amiga. Y los fines de semana, cuando ella descansa, otra Margarita, también de Colombia y con la misma calidez y profesionalidad, toma el relevo. Una coincidencia que parece confirmar que el destino de Felisa está sostenido por manos generosas y corazones abiertos. “Son una maravilla mis dos Margaritas, limpias, trabajadoras, ordenadas y me quieren mucho. Sin ellas, todo esto no sería posible”.
Una puerta siempre abierta
La casa de Felisa es un enclave de puertas que se abren y se cierran, una rareza en tiempos de recelo. El tránsito es constante: primas, sobrinos, hijos, sus parejas, nietos y nieta… todos confluyen en ese espacio que se ha convertido en el epicentro de la familia. A Felisa le encanta esa vitalidad. Conserva una inteligencia rápida, una ironía fina y un humor templado por años de sacrificios y apreturas.
Rodeada de sus recuerdos —la foto de su madre riendo en el patio, los objetos de su hija fallecida, los recuerdos de sus hijos ya adultos— se siente plena. “Es muy emocionante verla feliz, descansando en su sillón entre sus recuerdos. Ha recuperado la libertad de no tener que llamar para ser visitada; cualquiera entra, saluda y se sienta a compartir un rato, un café o simplemente la compañía”, se comenta en casa.
El entramado social que la rodea hace posible este pequeño milagro. Personas de la iglesia le llevan la comunión; el cura del pueblo, cuando su agenda lo permite, se desvía de su camino al asilo para charlar con ella; uno de los “manitas” del pueblo le arregla una cortina o una lámpara con la misma diligencia que si fuera su propia madre.
Las vecinas, sin ser familia directa, actúan como tal. Las primas ejercen como tales. Además no dejan de llegar regalos de la huerta: calabacines, tomates, frutas… pequeñas ofrendas que son, en realidad, recordatorios de afecto comunitario. “En el mundo rural, una no desaparece: nos recordamos, nos atendemos, nos cuidamos”. “Incluso el señor del bar de al lado, Pedro me trae una caja entera de botellines de cerveza para cuando tengo muchas visitas”, ríe Felisa.
El destino que firmaríamos
Felisa es plenamente consciente de su situación. Sabe que su cuerpo acusa el desgaste de los años —las curas, el oxígeno a ratos, la insulina que se administra con destreza y que controla su hija Teresa desde una aplicación móvil, — pero insiste en que es feliz. Tiene “por fin” recursos suficientes, el cariño de los suyos y la paz de estar en su lugar en el mundo. No quiere ni oír hablar de una residencia: entiende que para algunas personas es la única vía, pero para ella, su casa es su templo, su vida. Y va a hacer todo lo posible para mantenerse en ella. “No sabemos cómo va a ser el futuro, pero desde luego yo ya he preparado toda la logística para que mi futuro sea en mi casita”.
Verla así, gestionando su salud desde el móvil mientras recibe visitas, compartiendo ironías y disfrutando de la luz que entra por su patio, es un regalo de vida. Felisa demuestra que el mayor éxito de una vida de trabajo y dificultades es llegar a la meta con la libertad de elegir dónde cerrar los ojos cada noche, rodeada de la historia que ella misma construyó.
Lo que ocurre en la casa de Felisa puede parecer una historia sin brillo para grandes titulares, pero es casi un milagro en un tiempo que ya no facilita milagros. En un país donde la vejez suele vivirse entre ausencias, burocracias y residencias saturadas, ella ha logrado algo excepcional: envejecer acompañada, en su casa, en su pueblo, sostenida por una red humana que aún resiste. Lo sencillo —una puerta abierta, un qué tal estás hoy, un calabacín de la huerta— pertenece ya a un mundo que cada vez cuesta más imaginar.
Pero su historia guarda otra dimensión: Felisa es una de esas personas que regresan a la España vaciada cuando ya parecía que no quedaba nada a lo que volver. Y ese regreso solo es posible porque dos mujeres inmigrantes —dos cuidadoras que han hecho del pueblo su hogar— sostienen la vida cotidiana con una dedicación que desmiente el tópico de que el medio rural es impermeable a la diversidad. Ellas no solo cuidan; también fijan población, mantienen vivo un oficio imprescindible y encarnan la mezcla que permite que un municipio siga siendo un lugar habitable.
En esa casa, en esa rutina compartida, se cruzan dos movimientos que rara vez aparecen juntos en los discursos oficiales: el retorno de una mujer mayor a su pueblo y la llegada de nuevas vecinas que encuentran en la Extremadura rural una oportunidad de vida. Es ahí donde la historia de Felisa deja de ser íntima para convertirse en política: demuestra que la España vaciada quizás no se repuebla con grandes planes, sino con vínculos concretos, con cuidados, con la decisión de quedarse y de acompañar.
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