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eScholarium

Carmen Ibarlucea, coportavoz de Equo Extremadura

“Bienvenido a la primera plataforma de e-tutoring que permite personalizar la educación.” Estas son las palabras que acogen, también a las mujeres, cuando entramos a la web del programa eScholarium de libros digitales caducables cada curso. Quizás me notan un poco molesta, y no se equivocan. Y no es sólo la falta de lenguaje inclusivo, que no hubiera sido tan difícil decir, por ejemplo “Te damos la bienvenida a la plataforma … ” y así  ir practicando para construir un presente no sexista. Pero lo peor, lo más doloroso, es que si pones sobre este programa una mirada social las dudas no te dejan dormir.

Me escandaliza que las licencias caduquen cada curso ¿y las familias con dos hijos o más? ;  que el arreglo de los equipos informáticos sea por cuenta de la familia ¿es así como la era digital va a lograr acortar las distancias sociales? ¿Y cuando se estropee un tablet y la familia no lo pueda arreglar, quien asume el costo de la inversión realizada?; me pregunto como lo harán las profesionales del aula con tanto trabajo administrativo, evaluando trimestralmente de dos formas distintas ¿les subirán el sueldo ahora que deben dedicar más horas a la preparación de sus clases?  Creo que queda patente que esta plataforma de e-learning tan chula me genera muchas dudas y ninguna está relacionada directamente con el software que la desarrolla, salvo el hecho, claro está, de que no es un software libre de patentes.  

En esta región, en la que empezamos con tan buen pie, con el software libre, nos hemos quedado también desde el principio en el culto al dispositivo o la adoración a la dotación, parafraseando a mi amigo Ángel Vázquez (ex- Confederación Pirata) del que aprendo siempre  humanamente y, como no podría ser de otro modo, tecnológicamente.

No puedo comprender que una vez más, la planificación pedagógica no anteceda a la propuesta tecnológica y sobre todo a los Derechos de la Infancia. Erradicar el clasismo debería ser objetivo prioritario en esta región que aún hoy es Objetivo 1 de la Unión Europea.

Y como las desgracias nunca vienen solas, me cuentan también que de ahora en adelante, gracias a la humanidad de la Ley Wert es posible que el alumnado con dificultades de aprendizaje (como yo lo fui en su momento) puedan quedar sin titular cuando en su expediente aparezca un asterisco que lo delate como tal. La única trampa posible es que no se les derive, dejándoles sin el apoyo extra que el sistema debería garantizar como atención a la diversidad.

Treinta y tantos años han pasado desde que los profesores de la EGB, en el último claustro del curso, aceptaron que mi discalculia no podía poner freno a mi deseo de saber, y que mi amor a la lectura no podía quedar sin recompensa... y titulé; parece que treinta y tantos años después, las trabas burocráticas y el ahorro social están dispuestos a  devolvernos a un pasado de triste recuerdo.

 

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